Cultura y Sociedad

Ayuno, caridad y rezo: así celebra la comunidad pakistaní el Ramadán en Logroño

La comunidad pakistaní, asentada desde hace tres décadas en La Rioja, combinan fe, trabajo y familia durante el mes sagrado del calendario musulmán

Entrar en una mezquita en Logroño, en pleno Ramadán, tiene algo de ‘cambio de chip’ inmediato. No tiene una gran cúpula ni un minarete de postal: aquí, como en muchos puntos de España, el islam se vive en locales discretos, casi siempre a pie de calle, que por dentro se transforman en un espacio cuidado y sereno. Antes de cruzar la puerta hay un gesto que lo ordena todo: zapatos fuera. «La mezquita es la casa de Dios -explican-. Las zapatillas traen la calle: polvo, suciedad. Aquí hay respeto, limpieza». Después vienen las abluciones, el lavado previo al rezo, y ese silencio que, de repente, te baja las revoluciones.

La visita sirve también para entender una realidad más amplia. La Rioja cuenta con 66 centros de culto minoritario de nueve confesiones distintas a la católica, distribuidos en 20 municipios. En ese mapa, destacan los centros musulmanes (31), diez de ellos en Logroño.

Ese peso se entiende, sobre todo, mirando a la comunidad pakistaní. Llevan tres décadas asentados en La Rioja. Llegaron los ‘pioneros’ a principios de los 90 y, desde entonces, la población ha crecido de forma sostenida: si a comienzos de siglo apenas superaban las 250 personas, hoy superan las 2.500, con casi el 80 por ciento viven en Logroño. Es un grupo además bastante homogéneo: buena parte procede del Punjab, una región fronteriza con India. Ese origen compartido generó un ‘efecto llamada’ muy concreto: «Aquí había gente de nuestra zona, incluso familia. Es un sitio tranquilo», cuentan. La Rioja es, de hecho, una de las comunidades con mayor número de pakistaníes censados en España.

En el interior de la mezquita, el Ramadán no se reduce al ayuno. Eso lo repiten una y otra vez, casi con paciencia pedagógica, como si supieran de memoria el tópico: «La gente piensa que Ramadán es solo no comer. Pero no. Es un mes de rezo, de juntarnos, de leer el Corán, de mejorar». Alfat Hussain lleva media vida en España lo resume con una frase sencilla: «El islam tiene cinco pilares y el Ramadán es uno de ellos. Es obligatorio». Los enumeran sin titubeos: creer en Allah, rezar cinco veces al día, ayunar en Ramadán, peregrinar a La Meca al menos una vez si se puede, y la caridad (zakat), esa idea de que lo que tienes también obliga a mirar al de al lado.

Amin y Malik llevan dos décadas y media en Logroño.  Con ellos la explicación se vuelve más cotidiana cuando cuentan cómo es un día normal. Muchos se levantan alrededor de las cinco y media para comer algo en familia antes de que amanezca. Luego llega el primer rezo y, enseguida, la realidad: trabajo, turnos, fábricas, comercios. «Aquí no es nuestro país —dicen—. No siempre puedes pedir cambios. Te apañas con el turno que te toque». Durante el día, los rezos se reparten en momentos concretos. Algunos los hacen en casa, otros se acercan al oratorio, y quien va con prisa reza más breve. La idea es no perder el hilo del mes: estar «consciente» de lo que significa, no solo aguantar sin comer.

Y luego está lo que más se comenta fuera: el ayuno también es sin beber. «Cuando cae en verano es duro por la sed», reconocen. En cambio, cuando toca en meses con menos horas de luz, como ahora, se lleva mejor. Explican además por qué el Ramadán cambia cada año: se rige por el calendario lunar. «A veces te toca en febrero, otras en julio. Va rotando». Los niños, por ejemplo, no están obligados, pero viven el mes con ilusión: «Mi hijo quiere hacerlo. Aunque sea un ratito. Le gusta sentirse parte».

Cuando anochece llega el momento más familiar: romper el ayuno. No lo llaman ‘fiesta’, pero se le parece. Se prepara comida con energía —arroz con pollo o cordero, platos especiados, dulces— y se come juntos.  Y en Ramadán, dicen, el mes también funciona como un paréntesis para revisar hábitos: «Si has hecho cosas mal, cambias. Lees, aprendes, haces buenas obras». Esa parte de introspección, curiosamente, conecta bien con cualquier tradición religiosa: menos exhibición y más ajuste interno.

La mezquita, además, es comunidad. Se limpia entre todos, se organiza, se enseña a los niños a leer el Corán en horarios concretos. Hay espacios diferenciados para mujeres en algunos centros, algo que a un visitante le llama la atención, y que ellos explican como norma de organización y respeto dentro del rezo. Y, pese a que el imaginario colectivo piensa en grandes edificios, aquí insisten en una idea: «No son mezquitas como las de Andalucía. Son locales, oratorios». Lugares sencillos, pero muy vivos, donde la fe se practica en voz baja y con rutina.

Al salir, queda una sensación clara: el Ramadán en Logroño se vive entre dos mundos. El de la tradición religiosa y el de la agenda laboral europea. El de una comunidad que lleva años aquí —»más de 20″, «desde 2001», «mis hijos han nacido aquí»— y que ya forma parte de la ciudad, aunque a veces pase desapercibida. Quizá por eso la visita funciona: porque pone cara, nombres y palabras a algo que muchas veces se reduce a un simple cliché. Y porque, en el fondo, cuando te explican el mes con calma, casi todo suena a una idea universal: parar, ordenar, compartir y recordar que no todos llegan igual de fácil al final del día.

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