En una ciudad pequeña, la imagen no solo se ve: se comenta. Cuántas veces hemos dicho: ‘Si viviera en Madrid y me pusiera esta abrigo, nadie me miraría’ y con ese pensamiento el abrigo se ha quedado en la percha. Porque aunque afortunadamente vamos avanzando, la forma de vestir sigue siendo, para muchos, una tarjeta de presentación y también una fuente de inseguridad.
Quizás por eso la figura de la asesora de imagen todavía genera recelos, prejuicios y cierta incomodidad. ¿Es un lujo? ¿Una frivolidad? ¿O una herramienta silenciosa para atravesar momentos vitales complicados?
Ros Álvarez lo dice sin rodeos. «En comunidades y ciudades pequeñas como la nuestra cuesta más por el qué dirán». Con una larga trayectoria profesional fuera de La Rioja trabajando en Londres o Madrid para marcas y publicaciones de referencia como Vogue, esta riojana reconoce que la asesoría de imagen no termina de asentarse con naturalidad en una comunidad pequeña. «De nuevas es muy difícil, porque la gente cree que esto es ponerse un pantalón bonito y ya está».

Ese desconocimiento es uno de los grandes obstáculos del sector. «La gente confunde la asesoría de imagen con irse de compras». En su caso, ese enfoque no existe. «Yo no voy a comprar ropa por nadie. Mi trabajo es ayudar a encontrar su estilo y sacar su mejor versión». Para Álvarez, la experiencia y el criterio son fundamentales: «No se trata de lo que te gusta a ti como asesora, sino de centrarte en la persona que tienes delante».
La imagen, insiste, va mucho más allá de la ropa. «El estilo no es solo lo que llevas puesto, es una actitud: cómo hablas, cómo te mueves, cómo caminas o cómo defiendes una prenda». Para Álvarez, el trabajo no consiste en seguir tendencias ni en consumir más, sino en encontrar coherencia entre la personalidad y la imagen que se proyecta.
«La actitud lo cambia todo»
Esa misma idea aparece, desde un lugar mucho más cotidiano, en el discurso de Teresa Elguera. Su forma de trabajar es cercana, directa y profundamente humana. Antes de elegir una prenda, escucha. «El 80 por ciento de mi trabajo es escuchar», afirma. Y es que a ella no llegan personas buscando un armario nuevo, sino un punto de apoyo.

Divorcios, enfermedades, giros laborales o vitales. «Normalmente vienen después de un cambio importante». La imagen aparece entonces como una herramienta para recomponerse, no como un lujo. El proceso comienza siempre con una entrevista previa en la que Teresa intenta entender el estilo de vida, los gustos y la personalidad de cada cliente. «No es lo mismo alguien que trabaja en una oficina que alguien que lo hace en una fábrica, ni alguien que hace deporte a diario que quien no tiene tiempo. Todo eso influye».
El probador se convierte entonces en un espacio íntimo. No solo se prueban prendas, también decisiones. «Salen con otra actitud, empoderadas y emporerados». Porque no se trata de borrar la esencia, sino de resaltarla. «No estamos hablando de tapar lo que no te gusta, sino de realzar lo bonito. Muchas veces cosas que la persona ni siquiera ve».
Su trabajo consiste también en sacar a las personas de su zona de confort, siempre sin perder la esencia. «Nunca se trata de disfrazar a nadie. Cada persona tiene su estilo y hay que respetarlo». La actitud, insiste, es fundamental. «Puedes llevar la misma ropa que otra persona y transmitir algo completamente distinto. La actitud lo cambia todo».

En una ciudad como Logroño, donde el comercio local se reduce y las grandes cadenas tienden a uniformar la forma de vestir, Teresa defiende una relación más consciente con la ropa. «No hace falta tener un armario enorme ni gastar mucho dinero. Con básicos y sabiendo combinarlos puedes cambiar por completo un look». Los complementos, el color o el calzado juegan un papel clave. «A veces es solo una forma distinta de ponerse una camisa o añadir un pañuelo».
Ros Álvarez coincide en esa crítica al consumo acelerado y al impacto de las redes sociales. «Para esto son fatales. Nos empujan a comprar lo último sin pensar si nos queda bien o si va con nosotros». Frente a esa lógica, ambas defienden una relación más consciente con la imagen, más ligada al bienestar que a la apariencia.

Pero también hay una parte menos visible del oficio. La dificultad para vivir exclusivamente de él en una comunidad pequeña. «No es fácil», admite Elguera, que compatibiliza la asesoría con otros trabajos. Álvarez, por su parte, reconoce que buena parte de su actividad está fuera de La Rioja. «Aquí, de nuevas, es muy difícil. Hasta que no te conocen y entienden cómo trabajas, cuesta mucho».
Quizá por eso la asesoría de imagen sigapertura ue moviéndose en un terreno discreto, casi invisible, lejos de los focos y de los estereotipos de lujo. Sin embargo, para quienes recurren a ella, el cambio va más allá del espejo. No es solo verse distinto. Es, como dicen ambas, volver a reconocerse.


