Cultura y Sociedad

Tres generaciones y treinta años: el grupo Puente Moros de Alcanadre está de aniversario

A veces todo empieza con una pregunta sencilla: «¿Y si lo volvemos a intentar?». Eso fue lo que pensó Rocío en 1996, cuando sintió que en Alcanadre se estaba apagando parte de su historia. Entendió que no podía quedarse de brazos cruzados y decidió ponerse manos a la obra. En su pueblo ya había existido un grupo de danzas. Ella misma fue de las últimas en bailar antes de que se disolviera. Después, silencio. Las jotas dejaron de escucharse en la plaza, los trajes quedaron guardados en baúles y la tradición empezó a diluirse, casi sin que nadie se diera cuenta. Rocío se marchó a Logroño, siguió bailando allí, pero siempre con esa espinita clavada. Hasta que su hija creció —también enamorada del baile— y el ‘gusanillo’, como ella lo llama, volvió con fuerza. Así nació el grupo de danzas Puente Moros que este año celebra su 30 aniversario.

La intención era clara: recuperar lo que había sido suyo. No inventar nada. Volver a las raíces. Empezaron casi desde cero, tirando de conocidos, de vecinos, de niños de cuatro años que apenas sabían atarse las zapatillas, y de adultos que guardaban en la memoria pasos olvidados. «Se nos apuntó gente de todas las edades», cuenta Rocío con una sonrisa.

Pero recuperar una tradición no es tan sencillo como ponerse a bailar. Había que reconstruir la jota de Alcanadre, rescatar su música, su letra, su traje. Y ahí apareció una figura clave: una mujer mayor del pueblo, en silla de ruedas, que guardaba en su memoria la jota que ya casi nadie recordaba. «Me dijo: ‘¿Y cómo no hacéis la jota de Alcanadre?’». Rocío llevaba tiempo buscando en archivos, preguntando, rebuscando entre papeles antiguos. Pero fue aquella mujer, cantándola desde su silla, quien les devolvió la melodía. Después, un profesor del conservatorio, Don José Fernández Rojas, la transcribió en partitura. Y así, paso a paso, nota a nota, fueron reconstruyendo la pieza.

La escena tuvo algo casi mágico: la mujer cantando, la hija de Rocío bailándole delante para confirmar los pasos, corrigiendo, probando. «No, ahí se arrodilla», decía. Y así nació de nuevo la coreografía. En el año 2000 presentaron oficialmente la jota al pueblo. Primero solo con música y baile; después, ya con letra cantada. Fue un momento emocionante. No solo una actuación. Un reencuentro.

Con el tiempo, el grupo creció. Llegaron a ser 60 componentes. Hoy rondan la treintena, entre pequeños y adultos. El número baja, sí, porque los pueblos también cambian y la población disminuye. Pero la esencia permanece. Cada año siguen entrando niños pequeños. Y lo más hermoso —quizá lo más potente— es que en Puente Moros conviven tres generaciones: abuelas, hijas y nietas bailando juntas. «El año pasado salieron a esperar a la Virgen las adultas… y bailaban con ellas sus hijas y las nietas iban en el pasacalles». Tres generaciones marcando el mismo compás. Es difícil no emocionarse al imaginarlo.

Porque el grupo no se ha limitado a conservar. También ha creado. Han organizado jornadas dedicadas a la jota, trayendo grupos de distintas comunidades en un maratón de doce horas de folclore. Han institucionalizado el Día de la Exaltación del Traje Regional, donde todo el que quiere se viste con indumentaria tradicional, incluso vecinos de otras regiones que aportan sus propios trajes. Han montado musicales, recopilado canciones antiguas del pueblo y les han dado coreografía. Y recientemente, han logrado el reconocimiento oficial de la jota y el traje de Alcanadre ante la comunidad autónoma, grabando y documentando todo el proceso para dejar constancia digital de su patrimonio.

“Es un poco para no perder lo que había en mi pueblo”, dice Rocío. Y en esa frase cabe todo. El nombre del grupo tampoco es casual. Puente Moros hace referencia a un antiguo acueducto romano que atraviesa el Ebro, conocido popularmente así porque durante siglos se creyó que lo habían construido los musulmanes. «En realidad es romano», aclara Rocío, «pero es patrimonio de nuestro pueblo que se llame así». Como la jota. Como el traje. Como la memoria.

Para celebrar el 30 aniversario, el grupo ha organizado una exposición de fotografías en el hogar del jubilado. Cinco años por mes, hasta junio. Las imágenes muestran a niños que hoy tienen treinta y tantos, pero que empezaron con cuatro años, con trajes casi improvisados y una ilusión enorme. También proyectarán los musicales que han hecho y preparan una comida de hermandad para el verano.

Treinta años después, Puente Moros no es solo un grupo de danzas. Es un hilo invisible que une pasado y presente. Es la prueba de que la tradición no es algo inmóvil, sino algo que respira, que se adapta, que se transmite. Y es, sobre todo, la historia de un grupo de mujeres que no quisieron que el silencio ganara al sonido de la jota. Que decidieron volver a empezar cuando parecía tarde. Y que, sin saberlo, han hecho que Alcanadre siga bailando su propia historia.

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