La decisión no fue sencilla, pero viendo el resultado fue la más acertada. El Carnaval de Logroño, previsto inicialmente para el sábado, tuvo que aplazarse por la lluvia persistente que amenazaba con deslucir el desfile. Y, sin embargo, el cambio al domingo no ha restado ni un ápice de entusiasmo. Más bien al contrario. La respuesta ha sido rotunda: miles de personas —más de tres mil participantes— tomaron las calles y demostraron que, cuando hay ganas de fiesta, el calendario es lo de menos.
El domingo amaneció con un cielo más amable. Y eso bastó. Desde las once y media de la mañana, el centro de la ciudad ha empezado a llenarse de disfraces y de esa energía contagiosa que solo tiene el Carnaval. Familias enteras, cuadrillas de amigos, asociaciones, colegios y peñas se preparaban para desfilar con meses de trabajo a sus espaldas.

Ha habido propuestas para todos los gustos. Cocineros con enormes gorros blancos y cucharones imposibles compartían espacio con ratones traviesos que parecían salidos de un cuento. Tampoco ha faltado el universo de Harry Potter, con capas negras ondeando al viento y varitas mágicas.
Los llamados ‘glaciares del aprendizaje’, vikingos de largas barbas y cascos con cuernos irrumpían con fuerza nórdica, mientras comparsas brasileñas ponían el contrapunto tropical con plumas, ritmo y color. Una charanga multitudinaria… Los superhéroes tampoco se quedaron en casa. Capas rojas, trajes ajustados y poses épicas conquistaron al público más pequeño, que miraba fascinado a sus ídolos caminar a pocos metros. Y es que el Carnaval tiene algo de eso: de fantasía compartida, de juego colectivo en el que todos —participantes y espectadores— forman parte de la misma historia.

Un momento especialmente simbólico ha sido el protagonizado por el grupo que rindió homenaje a la cuna de la lengua. Con plumas gigantes, pergaminos y una escenografía que evocaba un auténtico scriptorium medieval, recordaron las Glosas y la tierra donde nacieron las primeras palabras del castellano. No era solo un disfraz; era una declaración de identidad. Un guiño a la historia, a ese orgullo sereno de pertenecer a un lugar que escribió algunas de las primeras líneas de nuestra lengua.


