La Rioja

Trabajar más allá de los 65: cuando la vocación pesa más que la jubilación

Durante años, jubilarse era sinónimo de retirada, un punto final claro tras décadas de trabajo. Pero esa frontera ya no es tan nítida. Cristina Pérez levanta la persiana de su tienda, Versalles-Lacoste, como lleva haciendo desde hace cuatro décadas. Tiene 68 años y podría estar jubilada, sin embargo hace unos meses decidió acogerse a la jubilación activa.

Cristina creció entre cajas, mostradores y conversaciones con clientes habituales que entraban más a saludar que a comprar. El negocio lo fundó su padre y con el paso de los años, ella tomó el relevo sin plantearse que algún día podría ser la última. «Me daba pena cerrar», y en esa frase se condensa algo más que una decisión laboral. Porque en su caso jubilarse no era dejar un empleo, era apagar definitivamente una historia familiar. Sus hijos tienen otros trabajos y no continuarán el negocio. Si ella se va, la tienda baja la persiana para siempre.

Además, Cristina explica que «el comercio local está muy mermado, y cerrar algo que funciona no tiene sentido». Ella ha visto ‘morir’ establecimientos históricos, ha visto cambiar los hábitos de consumo y transformarse las calles (sobre todo las de su entorno, las Cien Tiendas). A eso se suma otra responsabilidad: las dos empleadas que trabajan con ella desde hace 25 años. «Son como de la familia».

Por ello, la jubilación activa apareció entonces como una fórmula intermedia, una manera de no romper de golpe. Cristina sabe que las condiciones ya no son las de antes. Ahora cobra el 70 por ciento de la pensión y paga más de 200 euros mensuales a la Seguridad Social. «Tengo que ver si me compensa», admite con franqueza. «Amor al trabajo tengo, pero tonta tampoco voy a ser». Hará cuentas cuando cierre el ejercicio. Si los números no salen, reconsiderará la situación.

Pero mientras sea viable y el cuerpo aguante, seguirá. No se imagina en casa sin rutina. «En mis 68 años no me he quedado viendo la televisión y no quiero empezar ahora». Además, la jubilación activa le da algo que valora mucho: libertad. Puede organizar sus horarios, entrar antes o después, marcharse unos días sin sentir que abandona el timón. No vive la prolongación de su actividad como una carga, sino como una adaptación.

«La medicina no es solo un empleo»

La idea de adaptación también fue clave para Pedro Marco. Llevaba más de veinte años coordinando el servicio de Urgencias del Hospital San Pedro cuando la jubilación empezó a dejar de ser una palabra lejana. Las guardias, la presión constante, la responsabilidad de decidir en segundos ante situaciones límite habían formado parte de su rutina durante décadas.

A los 66 años, cuando se planteó el relevo en la coordinación, la pregunta era inevitable: ¿seguir o parar? «Me lo planteé, claro que me lo planteé, pero no estaba nada convencido, me daba vértigo parar». La medicina no ha sido solo su profesión, ha sido el hilo conductor de su vida. Desde que decidió estudiar la carrera con la intención de convertirse en médico de pueblo, su identidad se ha construido alrededor de esa vocación.

Ganó la plaza en los años noventa, se especializó en medicina de familia y, casi sin darse cuenta, quedó atrapado por el mundo de las Urgencias. Cuando le propusieron pasar a Atención Primaria en la zona básica de salud de La Villanueva, entendió que podía ser una transición razonable: menos exigencia física, otro ritmo, pero la misma esencia: atender pacientes.

En su decisión no pesó el dinero. Sus hijas ya son independientes, la hipoteca está pagada y las necesidades económicas no condicionaban el paso. De hecho, «cambiar dinero por los últimos años en buena salud no sé si es buen negocio». Entiende que haya quien necesite seguir trabajando por obligación, pero en su caso la motivación es otra. Lo que le costaba imaginar era el vacío. «Es algo a lo que he dedicado toda mi vida. Cortar el nudo de forma brusca no me hacía gracia». La medicina no es solo un empleo, es una manera de estar en el mundo, de sentirse útil, de seguir aprendiendo.

Y eso último es clave. Ahora, con 67 años, no se ha puesto fecha límite. «Mientras me mantenga válido para hacer mi profesión y administrativamente se pueda, seguiré». Es consciente de que la edad impone condiciones y de que el futuro puede obligarle a tomar otra decisión, pero no siente prisa por fijar un horizonte.

«Hasta que el cuerpo y la mente aguanten»

Entre libros y manuscritos, Urbano Espinosa afrontó la jubilación desde otro lugar. Cuando cumplió la edad de retirarse como catedrático de Historia Antigua no vivió el momento como un final, sino como una transformación. Investiga, escribe, dirige publicaciones y da conferencias. Lo hace sin la presión de un calendario académico, pero con la misma curiosidad que le acompañó desde joven.

A sus 80 años continúa implicado en proyectos académicos. «Son objetivos que me autoimpongo, y como son producto de mi entera libertad, responden a mi concepto de la vida». Aquí el secreto: no trabaja por obligación ni por necesidad económica. Trabaja porque forma parte de su identidad. «No entiendo la vida si no es comprometida con algún tipo de actividad».

En estos años ha seguido vinculado como profesor honorífico, lo que le permite mantener contacto con el ámbito académico y acceder a los medios necesarios para investigar. Ahora trabaja en la recuperación de la obra de un fotógrafo itinerante que recorrió la sierra riojana durante la primera mitad del siglo XX, documentando paisajes, tradiciones y formas de vida ya desaparecidas. Esa tarea, casi detectivesca, le mantiene intelectualmente activo.

Es consciente de que la edad impone límites. «Se nota en la retención memorística», admite sin dramatizar. El cuerpo marca un ritmo distinto y la biología no se negocia. Pero mientras la mente responda y pueda seguir cumpliendo los objetivos que se marca, no contempla detenerse. «Hasta que el cuerpo y la mente aguanten».

No se ha fijado una fecha para parar. Tampoco se imagina una ruptura total con su actividad. Cuando piensa en su jubilación, la describe tal como la está viviendo ahora: menos obligaciones formales, más autonomía, pero la misma implicación intelectual.

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