De raíces donostiarras pero afincado desde hace años en La Rioja, Rubén Provedo apuesta por la experimentación en la vinificación, por pequeñas elaboraciones con las que probar y descubrir. Y así ha trabajado desde sus inicios en el sector, encargándose en gran medida de la definición de modelos técnicos y puesta en marcha de proyectos incipientes. Después de curtirse en denominaciones como Toro y Ribera del Duero, la trayectoria profesional de este químico y enólogo le llevó a Rioja hace ya dos décadas, donde pasó por varias bodegas antes de emprender su camino por cuenta propia, asesorando también a otras bodegas a hacer despegar sus sueños.
Un camino donde las inquietudes técnicas siguen marcando el ritmo de trabajo y que han dado lugar a una variedad de referencias que este año, por fin, verán la luz. Con las etiquetas recién recibidas, Provedo ya prepara el lanzamiento de sus vinos de la añada 2023.
– ¿Dónde pone el foco a la hora de seleccionar las viñas que elabora?
– Me muevo por suelos y por secciones dentro de una misma parcela, además de que me tiene que alucinar el viñedo. A día de hoy las zonas de la Sonsierra, el Valle del Cárdenas y el Najerilla, la zona del Moncalvillo y Tudelilla son a las que más acudo en busca de una acidez y una potencia aromática con diferentes expresiones. La elaboración la hago en una bodega ajena ubicada en Laguardia, aunque el proyecto incluye a futuro el acondicionamiento de un calado en Labastida donde envejeceré los vinos y es que para mí la crianza es muy importante y aquí he encontrado los niveles de humedad y temperatura perfectos. Nunca quise hacer más de una barrica o dos por tipo vino, y así continúo, pero ahora mismo ya cuento con ocho referencias diferentes. Eso sí, con muy poca producción porque saco entre unas 300 y 500 botellas de cada vino.
– ¿Cómo define su perfil de vinos?
– Me gusta mucho mirar al público, porque no siempre hago los vinos que a mí me gustan. Además, también me debo a la empresa con la que trabaje en ese momento y el segmento en el que se mueva. Pero en general lo que más me gusta es hacer un perfil de vinos aterciopelados, suaves y con la madera bien integrada, pero que lleven madera. Sí que es cierto que ahora aprecio cómo se hacen los vinos con demasiada fruta que llegan a ser demasiado jóvenes porque carecen de un envejecimiento largo. Para eso hay que seleccionar y trabajar bien la madera.

– ¿Qué es lo que caracteriza a Rioja frente al resto de denominaciones en las que has trabajado?
– Sobre todo diría su riqueza varietal, su pluralidad tanto en tintos como blancos y rosados. Rioja tiene de todo para poder trabajar, con diferentes valles y dentro de ellos, con distintos microclimas.
– ¿A qué tipo de bodegas asesora?
– Busco proyectos pequeños que necesiten un nuevo diseño o quieran algo realmente nuevo en la cuestión de cómo entender el tema de los vinos. Conjugo el plano técnico con el tema del método, porque cuando toca experimentar hay que ser supermetódico y tener un buen análisis de base. Así lo traslado a los proyectos que asesoro, repartidos por zonas de Navarra y Ribera del Duero.
– ¿Cómo desarrolló ese afán por la investigación en aquellas bodegas donde desarrolló su etapa profesional?
– En todas las bodegas donde he estado he creado una especie de bodega de microvinificación para hacer mis proyectos de experimentación. Lo que me ha motivado siempre es la inquietud técnica, lo que también me llevó a elaborar en regiones del sur del mundo, como Sudáfrica, Chile, Argentina y Nueva Zelanda. Aquellos viajes cambiaron mi prisma en las microvinificaciones.

Rubén Provedo, durante la vendimia del pasado 6 de enero para su vino de hielo.
– Otro de esos proyectos experimentales es el vino de hielo que este invierno, después de diez años sin hacerlo, vuelve a elaborarlo gracias a las condiciones de la uva.
– Así es. Hemos tenido unas condiciones perfectas que nos han acompañado desde el principio de la vendimia 2025. La uva la cogimos el día de Reyes, después de unas heladas fuertes que hacen propicia la recogida de los racimos en el estado óptimo. Para este estilo de vino, que es una especie de híbrido entre un ‘ice wine’ y un Tokaji, la uva no debe llegar pasificada completamente, sino en un punto medio. Este año la vendimia fue perfecta con noches bastante frías y largas y dejó en octubre una uva buenísima que ha podido aguantar, deshidratándose poco a poco, con muy poca carga de podredumbre, así que una vez más podremos disfrutar de este vino, que no se comercializa, sino que forma parte de las experiencias para catas.


