«Fog in the Channel. Continent cut off».
Una espesa niebla se instaló en el Canal de la Mancha hace un siglo e interrumpió las comunicaciones entre Gran Bretaña y Europa. Entre el mito y la realidad, se atribuye a ‘The Daily Mail’ uno de los titulares más legendarios del periodismo británico: «Niebla en el Canal. El continente se queda aislado». No sabemos, aunque te lo intentan explicar en la carrera, si fue una broma, una muestra del ego imperialista inglés o simplemente una genialidad de esas que solo entienden los que conducen por la izquierda. Pero lo cierto es que durante un tiempo, mientras Europa y las islas se ignoraban mutuamente, los británicos se sentían tan plenos como si no les faltara de nada.
Algo así nos pasa últimamente en La Rioja. Solo que aquí no hay niebla en el Canal, sino en el valle del Ebro, en el puerto de Piqueras, en la zona de Pancorbo, en el puerto de La Pedraja o incluso en la pista del aeropuerto. El problema es que en lugar de sentirnos plenos, más de uno empieza a sospechar que lo de quedarnos aislados no es una anécdota climatológica sino una condena geográfica. El invierno es aún más duro porque las carreteras se hielan, los puertos se llenan de nieve y el «por si acaso» se convierte en protocolo oficial. Viajar fuera de La Rioja en coche puede ser una aventura siempre y cuando no tengas prisa, vértigo, niños, batería baja o miedo a quedarte atrapado detrás de un camión eslovaco en mitad de la N-111.
Haya tranquilidad: siempre nos quedará el tren… o eso creíamos. El ferrocarril que une Logroño con Madrid es más una línea de autoayuda que de eficiencia. Seis horas para un trayecto que a veces ya acumula retraso antes de arrancar y que sólo sería competitivo si bajara de las tres horas. Lo que antes era Renfe ahora es paciencia, y al problema de la falta de trenes ahora se suma la falta de ritmo. Hemos pasado de quejarnos del ‘Tren chispita’ a renegar del ‘Alvia Dormilón’ al que se le pegan las sábanas en la estación y no hay quien lo saque de la cama. Por no hablar de los horarios imposibles, los precios por las nubes y los asientos que invitan más al arrepentimiento que al descanso. La única velocidad que conocemos es la de resignarse y reorganizar todo cuando ves que tu tren ya lleva media hora de retraso… y aún no ha salido.
Por suerte, si el tren no funciona y la carretera está en malas condiciones, nos queda el avión. O la ruleta rusa, según ande el astro. El otro día, sin ir más lejos, un vuelo que salió de Logroño rumbo a Madrid terminó… en Valencia porque el aparato no podía aterrizar con niebla. Imagínate a ese hombre de negocios con su traje planchado, sus airpods en la oreja y su antifaz puesto. «Un sueñecito y a las 9 en la Castellana con los clientes». Y al despertar, el mar. «¿Pero esto qué es?». No se habría dado cuenta del mensaje del comandante a mitad del viaje cuando este daba vueltas por el cielo de Guadalajara esperando por si amainaba: «Señores pasajeros, nos vamos en busca del buen tiempo. La tripulación espera que les guste la paella, los espetos, el mojo picón o el cuscús».
Y ahí está ese riojano en la capital del Turia con la agenda hecha trizas y el cliente esperando, valorando si alquilar un coche, llorar en la terminal o irse a la Malvarrosa a reflexionar sobre su lugar en el mundo. La alternativa que te dan desde la aerolínea es un autobús… ¡hasta Madrid! O sea, que sales a las siete de la mañana de Logroño para llegar a las cinco de la tarde a Madrid pasando por Valencia. Y aún habrá quien diga que no estamos aislados, que todo funciona y que qué más queremos. Pero aquí seguimos, confiando en que la climatología no nos deje sin vuelos, sin trenes y sin carreteras. Porque, como ese fenomenal titular británico, parece que cuando hay niebla en La Rioja, los que se quedan aislados son los demás.
Pobrecitos madrileños. Sin sus champis de la Laurel, sin sus chuletillas al sarmiento, sin sus copas en Bretón de los Herreros, sin sus paseos por los viñedos infinitos. Pobres turistas que no pueden venir a probar el mejor vino del mundo, ese que embotella una forma de vivir. Llegar a La Rioja es una hazaña digna de un documental de supervivencia. Lo que debería ser un simple viaje se convierte en toda una odisea y, más que desplazarte, parece que te estás exiliando por capítulos. De hecho, creo que si logras llegar en menos de diez horas, no te dan la bienvenida, te felicitan.
Por eso quizás sea mejor tomárselo como los ingleses: «Fog in the Cameros. Madrid cut off». Y a ver si así, por fin, alguien se da cuenta de que esta tierra no solo necesita conexiones sino respeto, inversión y una planificación que no desaparezca entre la niebla. Porque igual que los británicos nunca dejaron de saberse importantes, aquí también empieza a ser hora de recordarnos que no estamos tan lejos ni somos tan pequeños ni tan prescindibles como algunos creen desde la M-30. Que si se corta el canal, no es que nosotros estemos fuera.. es que igual el resto se está perdiendo algo. Rioja, incluida.


