Tinta y tinto

¿35.000? ¿100.000? ¿Y qué más da?

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Cada mes de enero, Logroño vuelve a vivir uno de sus mayores milagros contemporáneos: durante cinco días, la ciudad se sacude la modorra del invierno, se llena de escenarios y propuestas, y se transforma en algo distinto. Más viva. Más valiente. Más creativa. Es Actual. Y aunque lo mejor del festival es lo que se ve y se escucha… lo primero que nos cuentan siempre es lo que se cuenta: 35.000 asistentes, 128 actividades, 97 por ciento de ocupación, más de siete millones de retorno publicitario. El titular siempre es una cifra. La emoción viene en letra pequeña.

Pero aquí va una pequeña confesión: a mí me dan igual los números. No me cambia la vida si fueron 30.000 o 45.000. Ni si una actividad colgó el «no hay billetes» o se quedó a tres sillas del lleno. Y eso no significa que no valoremos el éxito. De hecho, lo celebramos, aunque nos emocionemos más con una canción inesperada en un vermú, con una escena en un teatro escondido o con un chaval que descubre el placer de ver cine en versión original en el Bretón. ¿Eso cómo se mide?

Hay algo casi enternecedor en la obsesión institucional por los datos redondos. Como si anunciar que «más de 100.000 personas» salieron a la calle el 5 de enero (eso quiere decir que prácticamente todas las casas de la capital riojana estaban vacías a la misma hora y no hace falta ser un lince para saber que no es así) fuese más importante que el hecho de que miles de familias vivieran juntas una noche mágica. Como si fuera tan sencillo contar miradas ilusionadas. Como si el Belén del Ayuntamiento tuviera más mérito porque lo visitaron «120.000 personas» en un mes que por el hecho de emocionar a quien lo contempla (para hacerse una idea de lo bueno que es nuestro belén hay que pensar que por el Museo del Prado pasan unas 10.000 personas al día).

Nos pasa lo mismo con las manifestaciones. Y con la vida. ¿Fueron 1.000 o 10.000? ¿Da igual si no se recuerda por cuántos eran sino por lo que pasó? ¿Nos emocionamos más porque el vermú de Franco-Españolas tuvo 1.440 personas o porque Dulzaro se comió el escenario con una verdad que no entiende de porcentajes? Lo decía un amigo el otro día con sorna: si sumamos todos los datos oficiales, en enero ha pasado más gente por Logroño que por el Louvre. Puede que hasta más que por Mercadona. Y es ahí donde conviene parar y preguntarnos: ¿qué queremos ser?

Porque aquí es donde viene la reflexión importante. En Logroño no tenemos el Reina Sofía, ni los musicales de Gran Vía, ni los carteles de los macrofestivales. Pero tenemos Actual. Y por unos días, Logroño se convierte en un lugar donde pasan cosas. Donde puedes ver a Ana Curra invocando a Bowie, a Maika Makovski llenando de voz un teatro o a un grupo de chavales debutando en una Guerra de Bandas que les cambia la vida. Donde puedes descubrir a un DJ a mediodía, emocionarte con una obra de teatro en una pastelería o cruzarte con un tipo que te pregunta por la proyección de esta noche.

Ese bullicio cultural, esa mezcla de públicos, esa sensación de que algo está pasando… eso no se mide con un Excel ni queda bonito en la rueda de prensa de balance oficial. Eso se siente. Y, aunque suene cursi, eso también construye ciudad.

Hay quienes quieren que Actual crezca (ojo a la próxima edición a pocos meses de las elecciones) y que se convierta en «otro festival más» (festigual, que dice mi amigo ‘el Chino’) con grandes nombres, grandes cifras y grandes titulares. Y puede que eso funcione, pero también podemos querer que Actual sea otra cosa. Que siga siendo ese festival imperfecto y auténtico a la vez, donde caben los grandes conciertos, sí, pero también el riesgo, lo nuevo, lo raro. Donde uno pueda ir sin saber qué va a ver y salir con una historia que contar.

Porque mientras en Madrid la gente corre de reunión en reunión sin tiempo de ver el musical que tienen debajo de casa, en Logroño nos permitimos cinco días de enero para recordar que hay otra forma de vivir la cultura: más lenta, cercana y compartida. ¿Que fueron 35.000? ¿Que llenamos el 97 por ciento de las butacas? Genial. Pero lo importante no es cuántos fuimos sino lo que nos llevamos. Y eso, si uno se para a pensarlo, es esperanza. La esperanza de que Logroño y La Rioja no se conformen con parecer sino que quieran ser. La esperanza de que un festival sirva para descubrir, emocionarse y sentirse parte de algo. No para tachar actividades de un programa o batir récords con asterisco. Porque una ciudad que presume de cultura no necesita grandes cifras que la sostengan. Necesita más piel. Y más vértigo. Y más verdad.

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