Durante más de seis décadas, en Calahorra ha habido un lugar donde las ideas han tomado forma, donde las fiestas se anunciaban, los negocios se presentaban y la vida cotidiana quedaba fijada en papel. Un lugar donde el ruido de las máquinas ha marcado el ritmo de la jornada y el olor a tinta ha sido parte del paisaje. Ese lugar ha sido Gráficas Numancia, una imprenta familiar que ha ayudado a construir la memoria de una ciudad y que ha cerrado este 31 de diciembre. Con su despedida se va algo más que una imprenta: se marcha una manera de trabajar, de mirar el tiempo y de contar la vida a través del papel.
Desde 1962, cuando Ángel Oca y su socio Pedro Oliván abrieron el taller en la calle Numancia —de ahí el nombre—, por sus máquinas han pasado miles y miles de trabajos. Programas de fiestas de las peñas, carteles, folletos, revistas, tarjetas de visita, invitaciones de boda, boletos de lotería, sorteos, libros especiales… Una enumeración interminable que, reunida en un solo ejemplar de cada trabajo, compondría una auténtica enciclopedia gráfica de la historia reciente de Calahorra. La ciudad se ha contado a sí misma, durante más de seis décadas, en tinta salida de este taller.

Cuando la imprenta abrió sus puertas, Juanjo aún no había nacido y Manolo era apenas un crío. Su madre, Concha, regentaba una papelería justo al lado, mientras el olor a tinta se mezclaba con el trajín del centro. La imprenta fue primero; luego llegó la papelería. Era una empresa familiar en el sentido más literal del término. Los hijos crecieron allí, entre tipos de imprenta, cajas de letras y máquinas que imponían respeto. «Para ir a tirarles piedras a un perro, mejor estáis en la imprenta», les decía su padre en verano. No cobraban sueldo, pero, sin darse cuenta, aprendían un oficio.
Ese aprendizaje sería clave cuando la vida dio un giro brusco. Manolo tenía 21 años y Juanjo 17 cuando la muerte repentina de su padre les obligó a hacerse cargo del negocio. Dos chavales al frente de una imprenta. «Muchos pensaban qué iban a hacer dos críos con un negocio así», recuerdan. Pero no estuvieron solos. Les ayudó mucha gente y, sobre todo, ya sabían trabajar. El oficio estaba en las manos, en la cabeza y en una ética clara: esfuerzo constante y trabajo bien hecho.

Desde entonces, Gráficas Numancia ha sido testigo —y protagonista— de una transformación radical del sector. De la tipografía al offset, del blanco y negro al color, de los clichés y los componedores al ordenador. Compraron su primer Mac por más de dos millones de pesetas, aprendieron diseño a base de horas y errores, montaban a mano, enviaban fotolitos a Logroño, sacaban planchas y ajustaban la máquina con una precisión casi obsesiva. «Esto parece menos manual de lo que es», dicen, pero la realidad es otra: la imprenta siempre ha sido técnica, experiencia y ojo.
Meticulosos hasta el extremo, uno se colocó al frente de las oficinas y el trato con los clientes; el otro, entre máquinas, tintas y ajustes. Sabían que una letra pequeña en color podía arruinar un trabajo, que el calor del verano podía obligar a repetir carteles enteros, que la temperatura exacta de la nave era tan importante como el papel. Nada quedaba al azar. Por eso la gente confiaba. Sabían que, aunque llegaran tarde o con todo cambiado a última hora, el trabajo saldría.

Con el tiempo, el taller dejó el centro de la ciudad y se trasladó al polígono de Tejerías, donde siguieron imprimiendo lo que la ciudad necesitaba. Programas de fiestas —el primero, dicen, salió en 1963—, trabajos para asociaciones, exposiciones, publicidad, albaranes, talonarios, esquelas, pegatinas, carteles municipales. Calahorra celebraba, se anunciaba, se organizaba y se despedía también en papel salido de Numancia.
La pandemia fue uno de los golpes más duros. «Se paró todo y mucha gente ya no volvió a hacer nada en papel». El mundo se hizo digital de golpe, y lo impreso perdió espacio. No fue una crisis puntual; fue un cambio definitivo. Aun así, resistieron. Ahora Manolo se jubila y la imprenta «por tener hay trabajo para dos o incluso para tres pero no da como para contratar a nadie». Por eso Juanjo lo deja a la vez que su hermano. A lo mejor en estos dos años que le quedan para su jubilación incluso puede tener vacaciones. «Porque ahí como mucho había cuatro o cinco días al año, el trabajo había que sacarlo».

Estos días no paran. «Hemos tenido que decir a algunos trabajos que no porque si no, no terminaríamos nunca, ya no hemos comprado papel pero estamos sin parar estos días porque hay empresas que quieren dejar cosas terminadas hasta que encuentren otro lugar en el que hacer sus encargos».
En su taller quedan muchos recuerdos: entradas del teatro Ideal o de los antiguos cines, albaranes de las empresas de zapatillas y las conserveras, fotos de reinas de las fiestas cuando aún llegaban en papel, miles de historias y miles de palabras.
Ahora, con su cierre, se van los últimos impresores de Calahorra. Quedan las máquinas, los tipos, los troqueles… algunas auténticas piezas de museo. Y quedan, sobre todo, los recuerdos. Porque durante 63 años, cuando alguien quiso contar algo importante, dejar constancia, anunciar una fiesta o guardar un momento para siempre, acudió a Gráficas Numancia. Y allí, con tinta y paciencia, la ciudad quedó impresa.


