Gastronomía

La sabrosa patata asada de siempre que te lleva a La Laurel

Hay frases que funcionan como un salvoconducto. De un hogar a otro a través de una frase. Del Vinos Murillo de toda la vida, el que está ubicado en República Argentina con Pérez Galdós -uno de esos refugios de clientela fiel y barra conocida- al nuevo Laurel Murillo’s, con genitivo sajón, que quién se lo iba a decir a Jose Mari tiempo atrás.

La frase corre como la pólvora de de boca en boca estas últimas semanas. Más que nada porque la promoción la hace su hermano desde el bar de siempre: «Si quieres comer la patata asadas tienes que subir a La Laurel». Y allá que sube la gente, claro. Porque allí espera José María Murillo, que ha abierto el Laurel Murillo’s, y ha colocado, casi sin proponérselo, una señal invisible que apunta directo a la memoria. La patata asada más rica de Logroño.

El ritual es sencillo y, precisamente por eso, poderoso. La patata llega muy caliente, protegida por una hoja de papel que recuerda a otros tiempos, cuando la barra era un lugar donde también se aprendía a esperar. Se abre con cuidado, dejando escapar el vapor, y entonces aparece lo esencial: la patata, a la que cada uno la aliñará en su justa medida con sal, buen aceite, pimentón y, para los más atrevidos, un chorrito de aceite picante. No hay más. No hace falta nada más.

Fuera hace frío. En la calle Laurel se nota en las manos y en los pasos rápidos. Dentro, la patata cumple su función sin alzar la voz: calienta, llena el estómago y sacia la memoria. En el que fuera el Atiborre lo está intentando de nuevo en el centro Jose María, que estuvo unos meses en la Calle San Juan. Espera que haya clientes que no cambien sus costumbres, tan solo la dirección. Los de siempre cruzan media ciudad para seguir una recomendación fraterna y una promesa cumplida. «La patata, en La Laurel«.

Esa patata asada es mucho más que un plato. Es el hilo que une dos bares, dos calles y una forma de entender la hostelería que ha resistido al tiempo. Se come despacio, aunque alrededor todo vaya rápido. Y mientras se aliña, alguien recuerda que ya la tomaba así hace años, de pie, sin nombres raros y con el periódico como abrigo improvisado.

Laurel Murillo’s ha abierto a primeros de diciembre y ha recuperado, casi sin anunciarlo, una liturgia de invierno. En una ciudad donde la novedad dura lo que tarda en llegar la siguiente, esta patata pretende lograr algo más difícil: que el cliente de siempre vuelva a caminar, empujado no por la moda, sino por el recuerdo.

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