CARTA AL DIRECTOR

‘Extremo’, Robe Iniesta y unos cuantos niños del 80

Se ha escrito ya tanto y todo en el adiós de Robe Iniesta que da un poco de cosita venir aquí a soltar otro chute de nostalgia en el tiempo de descuento, justo ahora que las letras de sus canciones parecen confabularse para alcanzar pleno sentido a título póstumo.

Los chavales de los primeros 80 llegamos a ‘Extremo’ de la mano de los hermanos mayores, encandilados de ese gamberrismo transgresivo que traía acordes de desafío y de ciscarse en Dios. Niños de concierto educativo cantándole al caballo, al jaco, al talego y hasta aquello que decían los más viejos del follar. Y aquí no pasaba nada.

Extremoduro puso la música de los años más patéticos de nuestras vidas, cuando buena parte de tu felicidad se reducía a identificar los primeros compases de ‘Jesucristo García’ mientras compartías una botella de calimocho en antros de poca monta. Noches de chándal, charcos, aparatos dentales y rostros surcados por el acné, en busca de la extraña razón que hacía que esos críos despertaran más aceptación entre sus amigos borrachos que entre las chicas que salían a fumar a la puerta del pub de enfrente.

Esta insurrección de la pubertad fue dando paso, disco a disco, a unas sensaciones que ya nos calaron hondo, y que nos fueron regando el oído hasta el punto de cuestionarnos si aquello que tanto nos tocaba la patata seguía siendo rock o estábamos en presencia de otra cosa distinta, periférica e indescifrable, pero sin duda más elevada y hermosa. De aquella siembra (Deltoya, Dónde están mis amigos, Pedrá) brotó entre nosotros una suerte de supremacismo musical, en cierto modo pose, que nos llevó a desmerecer a las otras bandas míticas de siempre. Extremoduro nos venía grande pero nos subió a las flores.

Y alcanzamos la mayoría de edad con estas pedradas, ensanchando el alma, y así como nunca preferí ser un indio a un importante abogado, también confieso que entonces, durante la carrera de Derecho, no había nada más verdadero que vivir aquellos momentos rodeado de amigos con el rostro desencajado que me apuntaban con el dedo. Después nos fuimos quitando, la vida no siempre sigue la trayectoria que llevan las nubes, tal vez tomando carrerilla para el reencuentro de hoy.

Porque la muerte de Robe ha venido a constatar que de Extremoduro no se vuelve. Con su despedida resucitan las letras dormidas y las ganas de repetir el viaje. En todo este tránsito El Robe ejerció en muchos de nosotros el papel de compañero impenetrable, quizá temerosos de explorar las costuras y cornadas que habitaban la persona de aquella voz tan venerada.

Ahora no sé si me duele más Robe, ‘Extremo’ o el desbloquear estos recuerdos. Pero si hasta El Robe puede morirse, qué haremos los demás por aquí.

Nos come el tiempo, «cabrones».

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