Ha pasado un año y medio desde que el ministro de Transportes Óscar Puente anunciara en su visita a la Rioja que los trenes Alaris llegarían a La Rioja antes de que terminara 2024. Unos convoyes que permitirían desterrar para siempre al ya conocido como ‘tren Chispita’. Entonces sonaba a promesa firme, casi un regalo para los cientos de viajeros que cada semana soportan el trayecto Logroño-Zaragoza en un tren diseñado, en realidad, para cercanías. La idea era que las nuevas máquinas llegasen a finales de año para ser estrenadas con el inicio de 2025 pero un año después la sensación dominante es de cansancio, de incredulidad por el retraso y una pregunta repetida hasta el hastío: ¿dónde están los Alaris?
El compromiso inicial se formuló en mayo de 2024. Puente aseguraba entonces que los nuevos convoyes -unos Talgo restaurados que alcanzan los doscientos kilómetros por hora- estarían listos para entrar en servicio a finales de año, estrenando 2025 con un tren más digno y acorde al recorrido. Después llegó un primer retraso que ponía otra fecha en el escenario: el mes de abril. El motivo pareciera razonable: la homologación de los trenes en Zaragoza. Allí permanecían, según confirmó el ministro, realizando las pruebas técnicas necesarias.
A partir de ese momento, el silencio. Desde entonces, nada se ha vuelto a saber de ellos. «No hay novedades al respecto», explicaban a NueveCuatroUno este mismo martes desde Renfe. Ni una fecha revisada, ni un horizonte temporal, ni una explicación nueva. Solo la misma frase repetida desde diciembre de 2024.
Mientras tanto, la realidad diaria de los riojanos continúa siendo la misma: depender del conocido ‘tren Chispita’ para acceder a las conexiones ferroviarias con Zaragoza. Un tren pensado para trayectos cortos, incómodo para viajes largos y con prestaciones muy alejadas de un servicio de media distancia. El propio ministro lo reconocía el pasado verano, cuando admitía que el modelo Civia —que a veces cubre el trayecto— «no está concebido para desplazamientos de larga distancia». Las quejas de los usuarios, que llevan años denunciando el deterioro del servicio, continuos retrasos y unas prestaciones de casi el siglo pasado, parecían haber sido la chispa que impulsó la promesa inicial.
En julio de 2024, Puente reiteró su compromiso. Aseguraba, entonces, que los nuevos convoyes eran «espectaculares», completamente restaurados y preparados para ofrecer un nivel de confort muy superior al actual. Los trenes contarían con más asientos —solo habría una clase—, un nuevo sistema de información al viajero, espacio para bicicletas y máquinas de vending, maleteros renovados y enchufes en todos los coches. También iluminación led, nuevos monitores y teleindicadores. Unas mejoras que parecen nunca llegar a La Rioja, una comunidad ya infradotada en servicios ferroviarios de por sí.
Para los riojanos, la renovación no era solo una mejora técnica, sino un símbolo de algo más profundo: la sensación de no quedar rezagados respecto al resto del país. De dejar atrás, por fin, un tren que se ha convertido en un chiste recurrente y en una metáfora incómoda del aislamiento ferroviario de la región.


