En una mesa llena de bastidores, hilos de colores y telas, se sientan juntas una estudiante de diseño, una trabajadora que llega directa de la oficina y una mujer jubilada. Todas tienen una aguja en la mano. Ninguna mira el móvil. Entre puntada y puntada hablan, se ríen, comparten. «Lo bonito del bordado no es solo lo que haces con las manos, es la magia que se crea alrededor», resume Melania Teixeira, modista, bordadora y alma de este club de bordado en Logroño.
Melania llegó a la capital riojana hace apenas un año, aunque lleva mucho más tiempo viviendo en Arnedo donde tenía su propia marca de ropa. Durante años se dedicó, y sigue todavía, a la recreación histórica confeccionando trajes con una precisión milimétrica. Sin embargo, ella misma reconoce que «en la recreación estoy muy limitada porque no puedes inventarte cualquier cosa, tiene que estar todo bajo ese rigor histórico y eso puede cortarte las alas en cuanto a creación».
Y en esa búsqueda de libertad creativa, el bordado fue su salida. Un puente inesperado entre la costura, la pintura y el arte, sus tres pasiones. «Nunca me había planteado unir el bordado con la pintura, y de repente vi que podía expresarme con aguja e hilo igual que con un pincel».

Aprendió a coser como antes, con mujeres mayores que trabajaban a mano, despacio, hilvanando puntadas invisibles que sujetaban vestidos enteros. «Me di cuenta de que esas puntadas antiguas son las mismas que usamos en el bordado artístico. La diferencia es que antes se escondían dentro de la prenda y ahora pasan al exterior para embellecerla».
Precisamente por eso, el bordado para Melania es una forma de resistencia en tiempos de consumo rápido. «La gente joven está cada vez más concienciada con lo que implica la moda rápida. Saber bordar te permite dar una segunda vida a las prendas, arreglarlas, personalizarlas… Y además es un canal para expresarte».
Y desde esta pasión nació la idea de crear un club de bordado en Logroño. Un club que no se define solo por la técnica, sino por el ambiente. Con una sonrisa en su cara, Melania reconoce que «lo más bonito no es el bordado en sí, sino la magia que se produce alrededor de la mesa. Al principio todas están un poco cortadas, pero en cuanto se suelta la aguja, también se suelta la persona».

En sus talleres conviven estudiantes de 18 años con mujeres jubiladas, madres jóvenes con ilustradoras, trabajadoras de oficina y diseñadoras. No hay jerarquías ni niveles que generen presión. «Tengo alumnas que llevan cosiendo toda la vida y otras que nunca han cogido una aguja. Y lo increíble es que conviven sin sentirse menos. Cada una avanza a su ritmo, sin prisa».
El antídoto
Sin prisa, una sensación que hoy en día no se estila mucho. Por eso, frente a la ansiedad moderna que a todos nos persigue, el bordar es como una tregua. «Cuando bordas no puedes tener el móvil en la mano. Es imposible. O bordas, o miras el teléfono. Entonces te desconectas de verdad y empiezas a escuchar a la persona que está enfrente».
Pero no todos los caminos son de rosas, y en este caso tampoco. Melania confiesa que en casi todas sus alumnas, sobre todo las más amateurs, cuando empiezas hay un momento de cierta frustración donde solo ves puntadas feas. Sin embargo, si pasa ese ‘trago’ la satisfacción que viene después es enorme.
Y es así. Las alumnas cruzan ese umbral y, de pronto, lo que parecía torpe empieza a tomar forma: una flor, un rostro, una palabra, un paisaje. Algo que se queda para siempre. «Cuando ven que dominan la puntada, que cada vez les cuesta menos, que recuerdan los movimientos… la satisfacción es enorme. Y además es algo que pueden usar, colgar, llevar puesto. Puedes decir: ‘Esto lo he hecho yo’. Y eso no se olvida».
Porque en una vida acelerada, falta precisamente eso: «Parar. Tener un ancla. Hacer algo que no sea automático ni inmediato». Y ahí está la aguja como antídoto. «Estamos volviendo a lo manual no por nostalgia, sino por necesidad. Creo que el cuerpo nos pide desconectar de tanta pantalla. La cerámica, el bordado, la pintura… están en auge porque necesitamos hacer algo con las manos, compartir espacio real con la gente, dejar de lado la tecnología y respirar».

En sus clases, los problemas quedan fuera. No se permiten las prisas, tapoco la autoexigencia ni la comparación. Cada persona llega, se sienta y encuentra que todo está preparado para ella: materiales, proyecto, ideas. «Siempre les digo: nadie os va a meter prisa. Esto no es una tarea más del día. Es vuestro momento. Disfrutadlo».
Actualmente este club es uno de esos sitios donde el tiempo se estira, donde la gente vuelve semana tras semana, donde desconocidas se convierten en compañeras, donde no importa si eres hábil o torpe, joven o mayor. Es un refugio. Una mesa compartida. Un lugar donde las manos hacen nido y la mente descansa.
«Los problemas se quedan fuera de la puerta. Aquí somos un grupo. Bordamos, compartimos y nos sentimos acompañadas. Creo que eso es lo que más nos falta hoy en día: parar, hacer comunidad y recordar que todavía sabemos crear cosas con nuestras manos».


