El Partido Riojano se muere y, si nadie lo remedia, lo hará en su próximo congreso como mueren algunas personas mayores en los pueblos: sin hacer ruido, sin molestar, y con la dignidad de quien sabe que fue importante aunque ya nadie se acuerde del nombre. Un final lento y previsible que empezó allá por 2023, cuando todo estalló por dentro y por fuera. Un cisma, una implosión, una tormenta perfecta con mucho de personal y bastante poco de político.
Porque lo de Alberto Bretón (hoy ya retirado de todo) no fue una piedra en el camino: fue una bola de demolición. Su salto al vacío, tras toda una vida en el PP, se presentó como una renovación del regionalismo apoyado en Rubén Gil Trincado, pero a base de restar. Se llevó consigo votos, concejales y algo más importante: la sensación de que el PR se partía por la mitad. Su proyecto ‘Por La Rioja’ no tenía una estructura sólida ni tiempo para levantarla, pero bastó con el ruido para resquebrajar lo que ya estaba tocado. Un nuevo regionalismo que empezó en el restaurante Delicatto y que terminará con el viejo partido, probablemente, sin representación institucional.
Esa fractura fue la herida que no se cerró. El PR perdió a su fontanero de referencia o alcaldes clave, se quedó sin red en el territorio y sin músculo electoral. Todo por decisiones mal digeridas, nombres que no encajaban, y un «vamos por separado» que nadie entendió del todo pero todos supieron adónde llevaba. De ahí que, al margen de siglas, las sumas nunca hayan dado. Ni en las urnas ni en la militancia.
Mientras tanto, Rubén Antoñanzas se dedicó en exclusiva a las tareas en el Ayuntamiento de Logroño (entró en el Consistorio en 2015). Hizo lo que supo y lo que pudo: se centró en su labor municipal, lideró la oposición con un tono cercano y no exento de aciertos, y prefirió jugar en campo conocido. Pero el partido, como tal, seguía desangrándose. Porque una cosa es gestionar una concejalía y otra muy distinta mantener viva una estructura orgánica que ya se tambaleaba desde hace tiempo. Gobernar y organizar no siempre van de la mano.
Y aquí estamos, en la víspera de lo inevitable. Con un único edil visible en Logroño, sin apenas red territorial, sin recambios generacionales ni maquinaria electoral. Con una base social que alguna vez creyó en la posibilidad de tener un partido propio, pero que se ha ido disolviendo en la resignación. En La Rioja somos muy de decir que nos vendría genial un partido regionalista fuerte en Madrid… y muy de olvidarlo en cuanto cruzamos la puerta del colegio electoral.
Porque si algo ha demostrado esta década es que las ideas no bastan. Hay que tejer alianzas, construir organización, creer en el proyecto incluso cuando no se ganan elecciones. Y ahí falló el PR. En el relato, sí, pero sobre todo en el equipo. No se supo cuidar lo que había ni se supo atraer lo que faltaba. Y al final, cada uno por su lado: unos al PSOE como Miguel González de Legarra, otros a Bretón y otros al silencio. La última idea de la dirección para salvar los muebles ha sido integrar a miembros de Vinea (algunos con declarada ideología de extrema derecha) en el PR, lo que ha provocado la estampida de otros tantos regionalistas de siempre y la defunción casi total del partido.
Quizá algún día alguien recupere con ilusión esas siglas. Quizá otro partido recoja ese testigo de la defensa de lo riojano sin complejos ni servidumbres (‘Por La Rioja’ todavía no lo ha conseguido, y pocas balas le quedan en la recámara -quizás sólo 2027-). Pero, hoy, el PR está en mínimos. Y duele porque podía haber sido importante. Porque hace falta.
Tengo un primo que siempre, al hablar de política, me dice lo mismo: «Si nos pusiéramos todos de acuerdo y votáramos al PR en las generales…». Y cada vez que lo dice me quedo pensativo, porque razón no le falta. ¿Alguien se imagina lo que podría hacer La Rioja en el Congreso con cuatro diputados que sólo se preocuparan por el interés de La Rioja? No hace falta inventar nada nuevo: miremos al PNV. Con cinco diputados -uno más de los que nos corresponden a nosotros- han logrado influir en presupuestos, infraestructuras, transferencias y pactos de Estado. No porque sean más listos, sino porque han hecho valer su voz. Porque se lo han creído. Porque supieron construir una maquinaria política que defendía lo suyo sin complejos, sin tutelas y sin mirar de reojo a lo que pensaran en Génova o Ferraz.
En La Rioja, sin embargo, nos cuesta. Tal vez lo que nos faltó fue eso: creérnoslo de verdad. Apostar por lo nuestro cuando tocaba, no sólo en los bares o en los tuits. Tal vez nos ganó el escepticismo, el miedo a perder el voto útil o la costumbre de depender de Madrid, como si aquí no tuviéramos derecho a levantar la voz y exigir lo que nos corresponde. O tal vez simplemente pasó lo que pasa con tantas cosas en esta tierra: que cuando hay que elegir entre lo propio y lo cómodo, gana lo cómodo. Aunque duela.


