El 1 de marzo de 1975, una joven pareja regresaba de su viaje de novios con una idea en la cabeza y mucha ilusión por cumplir un sueño. En la esquina de Once de Junio con Portales, en aquellos locales bajitos que hoy son la Plaza de la Diversidad, Cesáreo Martínez y Sagrario Tofé subieron por primera vez la persiana de YESI (el nombre se forma juntando las dos primeras sílabas de los dos segundos apellidos de los protagonistas), una de las pocas perfumería, peluquería y salón de belleza que existía por aquel entonces en Logroño.
«Nada más volver, abrimos», recuerda Sagrario, aún con la emoción intacta. «Fuimos poquito a poco, porque no podíamos tener todas las marcas a la vez. Si alguien pedía algo que no teníamos, lo encargábamos enseguida. Todo fue a base de ilusión y trabajo».
La ciudad se movía a su alrededor. Por aquella esquina pasaban los encierros de San Mateo, la Cabalgata de Reyes, y en San Bernabé, los hijos de Cesáreo y Sagrario limpiaban los poyetes del escaparate para que la gente pudiera sentarse a comer el tradicional pez.

Cesáreo venía de trabajar como peluquero en Barcelona. Allí, entre peines, tintes y clientas exigentes fue aprendiendo y trabajando a la vez. «Me di cuenta de que allí era muy difícil abrir mi propio negocio, así que lo montamos aquí». En aquel Logroño de mediados de los setenta, su propuesta era valiente: tres servicios en un mismo lugar que incluía además solárium, «el primero en la ciudad».
Eran pioneros por instinto y porque así se lo pedía el cuerpo, eso sí, «todo fue muy poco a poco, con mucho sacrificio y mucho trabajo», recuerda Cesáreo. Y ganas, ganas por aportar a la clientela un plus. Por ello, Sagrario se especializó en depilación eléctrica cuando todavía no existía el láser. «Me di bastante a conocer. Llegué a hacer piernas enteras, pelo a pelo, e incluso los travestis de Logroño venían a que les quitara la barba. Tenía tanta demanda que las clientas me decían: ‘Esto es peor que la seguridad social’», ríe. Y así, entre agujas y paciencia se forjó una clientela que más que clientela fue amistad. «Me contaban cosas que quizás no decían en casa».

FOTO: Fernando Díaz
Años después, la familia dio un paso más allá y abrieron un nuevo centro en Menéndez Pelayo, 8, donde continúan actualmente. «Yo me quedé en Once de junio hasta que tiraron el edificio para levantar Ibercaja. Cuando eso pasó, nos juntamos los dos otra vez en Menéndez Pelayo», cuenta Sagrario. Allí nació también el centro de depilación láser, otro paso adelante en la historia de YESI.
El relevo
Y allí empezaron a trabajar dos de sus tres hijos. «Lo que hemos aprendido de ellos es todo: trabajar y trabajar», dice Víctor, con la calma de quien lleva casi dos décadas en el oficio. «El 50 por ciento es hacer bien tu trabajo y el otro 50 atender bien a la gente. Hay clientas maravillosas, pero otras te ponen a prueba», destaca Cesáreo. Y es que esto también es psicología, y así lo reconoce Nuria, que comenzó a trabajar a los 14 años. «Desde pequeña cortaba el pelo a las muñecas pensando que les volvería a crecer», recuerda riendo.
El oficio, admiten, no es fácil: técnica y psicología, conversación y silencio. “Cada persona es un mundo» y ahí radica el secreto, en el trato y el respeto: «A todos los clientes se les trata por igual. Da igual que sea rica o humilde. Este aprendizaje me lo traje de Barcelona, donde no se ponía muy en práctica», recuerda ‘El Riojanito’, como le llamaban a Cesáreo en la Ciudad Condal.

FOTO: Fernando Díaz
Sacar adelante un negocio familiar no siempre es fácil, pero en YESI se ha mantenido unido por algo más fuerte que el apellido: la admiración mutua. «Son tan formales, trabajadores y buenas personas. El mayor tomó otro camino, el de la Enfermería, pero también estudió Peluquería». Todo lo que son ahora lo han visto en casa, y eso se nota. «Los hijos funcionan mejor que nosotros, y estamos muy orgullosos».
Víctor y Nuria han sabido mantener la misma filosofía que sus padres: cercanía, profesionalidad y respeto. «Aquí vienen las abuelas, las madres y las nietas: tres generaciones. Somos un centro muy familiar». Y sí, también hay nietos que rondan por allí, ‘amenazando’, con continuar la tradición.
Las lágrimas no se hacen esperar. «Cuando me jubilé, lo pasé mal. Venía aquí, veía la peluquería llena y me daba rabia no poder echar una mano», confiesa Cesáreo. Sagrario le mira y asiente. «Estamos tan orgullosos de ellos…». Y vuelven a caer las lágrimas, de padres e hijos.
Nuria respira hondo y dice: «Hemos seguido su línea. Hicieron equipo y nos enseñaron a atender bien, a querer esta profesión», «y a trabajar duro», añade Víctor.

FOTO: Fernando Díaz
En la memoria de esta familia también permanecen los que les han acompañado en este camino. «Gracias a los empleados que han sido familia. Muchos han estado años y años con nosotros», subraya Sagrario. «Aquí hemos pintado, limpiado y trabajado todos. Nunca nos ha hecho falta que nadie nos lo diga. Ha sido un hogar para todos», dice Cesáreo con la voz quebrada.
«Gracias papá, gracias mamá. Gracias por el ejemplo de esfuerzo y compromiso que nos habéis regalado con vuestra historia de vida y la generosa ayuda que siempre hemos tenido por vuestra parte», concluyen los hijos.
Hoy, con 75 y 77 años, Sagrario y César disfrutan de su jubilación y aún así continúan preguntando por las clientas por su nombre: «¿Cómo está Fulanita? ¿Y Menganita?». A veces entran al centro de puntillas, como quien no quiere molestar, y se van con el pecho lleno de ver que el negocio sigue vivo y en las mejores manos.


