Cuando el frontón Bizkaia ruja en la final del Cuatro y Medio, habrá un riojano en la cancha… y otro en la silla. Uno golpeará la pelota; el otro sostendrá la calma. Javier Zabala peleará por la txapela y, a pocos metros, su padre, Javi Zabala, vivirá el partido que siempre soñó. «Me puedes llamar Javi, vamos a dejar Javier al gran protagonista, al artífice de todo esto», dice él con una mezcla de orgullo y modestia.
La historia de este binomio es también la historia de una familia, de un apellido que viajó hace más de un siglo casería ubicado en Abadiño hasta llegar a Anguiano, de un tronco vasco a unas ramas riojanas, de un bisabuelo cantero que levantaba muros y de un bisnieto que ahora quiere derribar las piedras del frontón para calarse la txapela con la que a buen seguro su bisabuelo llegó a La Rioja por primera vez. Y en medio, un padre que no llegó tan lejos como soñó en la pelota… pero que ahora, sentado en la silla, lo está viviendo a través de su hijo.
Javi, el botillero de Javier, habla de su relación con su hijo con una sinceridad plena: «Mi relación con mi hijo es la normal de un padre con su hijo. Hasta los quince eres una especie de héroe para él; a partir de los 15 y hasta los 25 no eres nada porque solo sabes hacerlo todo mal. Pero a los 25 algo cambia y pasas a tener una relación fantástica… de escucha mutua, de atención plena, de reconocimiento».
Ese cambio —esa madurez compartida— ha hecho posible el tándem que hoy se mueve por los frontones. Padre e hijo han encontrado un equilibrio extraño y precioso en la élite: cariño, respeto técnico y confianza absoluta. «Es como si de repente tuvieras la capacidad de dar consejos buenos a los hijos», reconoce.
La silla del botillero es un lugar incómodo: estás cerca… pero no puedes jugar. Y en su caso, además, es su padre. Aun así, Javi lo vive con una serenidad que impresiona. «De cara a la final estoy tranquilo. Y si me pongo nervioso, pienso en que siempre que he estado a su lado, sentado en la silla, hemos ganado. Siempre, salvo en un partido en Pamplona…». Y esta derrota tiene una explicación: «Íbamos ganando 16-7 cuando Javier cogió mal una pelota. Se sentó a mi lado y me dijo que no podía seguir. Siguió, pero perdimos». Ese recuerdo mantiene al padre en alerta: la pelota siempre tiene una vuelta de más.

Pero la función del botillero no es supersticiosa, es quirúrgica. Javi lo explica con detalle: «Mi responsabilidad es analizar bien a los rivales: cómo se manejan con las pelotas, cómo responden en determinados frontones… Es una información que recogemos de ver muchos vídeos, muchos partidos, de hacer un análisis profundo del rival y también del juego de Javier para sacar el máximo partido». Y añade: «Javier sabe mucho más de pelota que yo, y también Miguel Muntión. Establecemos la estrategia y, al estar sentado en la silla, podemos ir modificándola según vaya dándose el partido».
Ser padre y botillero, jugarse una txapela, tener que tomar decisiones, y a veces decir cosas que el jugador no quiere escuchar. Puede resultar una mezcla explosiva… que a ellos sí les funciona «Ser padre y botillero es complicado… pero a nosotros nos está funcionando. La experiencia dice que estas relaciones no suelen funcionar. Mira Retegi con su hijo». Tal vez por el carácter, tal vez por los años de frontón compartido, tal vez por esa mezcla de firmeza y cariño que define su diálogo.
Su método es simple, casi de artesano: «Mi propósito es transmitirle confianza y mucha tranquilidad para que sea capaz de tomar la mejor decisión en el momento oportuno. Si le digo que ahora hay que sacar largo… pues que no me haga una falta. Ese tipo de cosas». En la élite, durante una final, saber decir una palabra y saber callar a tiempo es tan importante como un buen saque.
Del cantero de Abadiño al pelotari de Logroño
La historia de los Zabala tiene raíz profunda. Su bisabuelo Martin, cantero vizcaíno, llegó a Anguiano en 1916 para levantar muros. Se enamoró, se quedó. Pero la pelota siempre estuvo allí. La fuerza del oficio también. Javi, el padre, lo siente como un legado: «Desde pequeño ha tenido mucha capacidad para jugar a pelota. Siempre ha estado con una pelota en la mano. Le ha encantado».
Pero también reconoce su propia deuda con el deporte: «A mí me hubiera gustado ser pelotari. Soy el típico padre frustrado por no haber sido mejor pelotari». Y por eso, quizá, esta final tiene un sabor íntimo: él no será quien juegue… pero estará ahí, a un metro, sosteniendo la respiración riojana.

FOTO: Fernando Díaz
Por la parte materna, la familia no se queda atrás. «A la madre de Zabala se le dan muy bien todos los deportes. Yo creo que por ahí viene en parte la capacidad de Javier», admite Javi con orgullo. Una casa en la que todos compiten, todos empujan, todos entienden lo que supone un esfuerzo.
«Mi hijo ha dado un salto muy grande». El padre lo ve, lo sabe, lo certifica con la autoridad de quien ha visto miles de pelotazos suyos desde niño: «Ahora le da sentido a cada golpe. Con esas manos y esa velocidad que le mete a la pelota puede hacer lo que sea… siempre que sepa darle sentido al golpe, y eso lo ha cogido durante todos esos años».
Ese salto es el que tiene a toda La Rioja dispuesta a apoyarles en este viaje hacia la leyenda en Bilbao. Este domingo, dos Zabala juegan la final. Uno dentro. Otro fuera. Uno golpeará al ancho. Otro respirará hondo, se levantará despacio, acercará el botellín y le susurrará lo justo.
Los dos llegarán juntos a un lugar que soñaron muchas veces, aunque por caminos diferentes. Javi padre lo resume mejor que nadie: «Sentado. Observando. Analizando. Sufriendo…». Viviendo un sueño en nombre de su hijo.


