La Rioja

«De la bandeja al calado»: un viaje familiar al corazón del champiñón riojano

El coche azul avanza entre la niebla suave que cubre al amanecer la campilla riojana entre Agnocillo y Calahorra. Los críos se desperezan en los asientos traseros mientras el padre observa curioso la pantalla de su GPS. Resuelve finalmente la curiosidad mostrada por sus hijos desde la noche anterior: «Hoy veremos cómo crecen las setas de verdad». Hasta hoy, sólo las conocen en bandejas envueltas en plástico, con etiquetas de supermercado.

Pradejón los recibe veinte minutos más tarde. En la entrada del pueblo, un cartel los saluda: Villa Champiñón. No imaginan que en este rincón, a poco más de cuarenta kilómetros de Logroño, se cultiva buena parte del champiñón que se consume en España. Ni que este municipio, junto a Autol, convierte su vida subterránea en una experiencia única: el fungiturismo, la primera ruta micológica del país dedicada al hongo cultivado.

La visita comienza en el Centro de Interpretación del Fungiturismo, un espacio donde la curiosidad y la ciencia se dan la mano. En la primera sala, los niños descubren el micelio -esa red blanca de filamentos que da vida al champiñón- y escuchan atentos cuando el guía explica que «para que crezca, hay que asustarlo un poco». Se ríen al oírlo comparar el proceso con un otoño repentino: «Pasamos de Benidorm a La Coruña en cuestión de minutos», dice, y todos asienten con una sonrisa.

Después llega el momento mágico: el descenso a los calados subterráneos. El aire se vuelve más fresco, el suelo rezuma humedad y, entre sombras, los champiñones aparecen en hileras perfectas, blancos en un crecimiento silencioso. Los niños se agachan, rompiendo la calma, como si entraran en un santuario. «Agárralo, gíralo y tira», indica el guía, y al primer intento la pequeña Lucía sostiene su propio champiñón en la mano, como quien acaba de encontrar un tesoro.

El recorrido termina con una pequeña cata de champiñón fresco, apenas aliñado con aceite y sal. El sabor sorprende a todos. «Es como saborear el monte», dice la madre.

Fuera, el pueblo bulle de vida. Es fin de semana de Fungitur, la gran feria del champiñón y la seta. En la plaza suenan risas, música, acentos distintos. Hay puestos de productos locales, talleres para niños, catas, pinchos y un concurso gastronómico que premia la creatividad de los cocineros de la comarca. En las mesas se sirven champiñones en tempura, cremas suaves de seta de ostra y hasta dulces elaborados con polvo de hongo. Todo gira en torno a esa cultura que aquí se cuida con mimo y orgullo, donde más de 150 familias viven directamente del cultivo.

El paseo final los lleva al Barrio de Bodegas de Pradejón, donde los antiguos calados vinícolas se han transformado en espacios musealizados. Entre paredes de piedra y paneles explicativos, descubren cómo la historia del vino y la del champiñón comparten el mismo refugio: la tierra fresca, la oscuridad y el tiempo.

Al marcharse, con el maletero lleno de conservas y risas, los niños miran por la ventanilla los murales del pueblo: grandes dibujos de mujeres champiñoneras, de manos campesinas, de paisajes que respiran vida. Se marchan con una lección aprendida: el conocer mejor un alimento saludable que a partir de ahora incorporarán de forma habitual en su dieta.

En la vecina Autol, la familia completa la experiencia con una ruta interpretativa por los alrededores del monte Yerga. Allí aprenden que el hongo, como el vino, tiene su propio terroir, su carácter, su ritmo.

Han descubierto que La Rioja no sólo se bebe o se pasea al aire libre: también se cultiva bajo tierra. Y que en cada champiñón late una forma de vida que este territorio convierte en experiencia, en cultura, en orgullo compartido.

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