Tinta y tinto

La ciudad (todavía) es nuestra

Durante la pandemia todos decíamos que queríamos ciudades más habitables, con calles para pasear, aire limpio y vecinos en lugar de turistas. Qué rápido se nos olvidó y qué poco mejores salimos. Esta semana, el Ayuntamiento de Logroño ha aprobado dos medidas importantes: una nueva ordenanza de terrazas y la suspensión temporal de licencias para nuevos pisos turísticos. Dos decisiones valientes, necesarias, pero tardías. Cuando uno tiene que poner el freno es porque el coche ya iba cuesta abajo.

Empezando por las viviendas turísticas, el gesto de suspender nuevas licencias durante un año es positivo. Por fin se reconoce el problema. Pero conviene no olvidar el contexto: en Logroño ya hay 850 viviendas turísticas registradas, y más de 250 sólo en el Casco Antiguo. Además, el Ayuntamiento tiene sobre la mesa otras 46 solicitudes que revisará «una a una». Y todos sabemos lo que eso significa: si están bien documentadas, pasarán. Porque, en el fondo, esta decisión no nace de un plan ordenado de ciudad, sino de una reacción a una situación que ya ha sobrepasado ciertos límites.

Tampoco se trata de criminalizar el turismo ni de demonizar a quienes abren su casa al visitante. Logroño ha crecido gracias a su hospitalidad, a su gastronomía y a su carácter acogedor. Pero el equilibrio es delicado. Si cada calle del centro se convierte en un catálogo de Airbnb, si cada portal se abre y se cierra a ritmos distintos cada fin de semana, si cada barrio se vacía de vecinos, entonces ya no estamos hablando de una ciudad: estamos hablando de un decorado.

La nueva ordenanza de terrazas intenta buscar ese mismo equilibrio. Más control sobre horarios, sobre metros ocupados, sobre sanciones. En principio, bien. Pero ni hosteleros ni vecinos han quedado satisfechos, lo que demuestra lo difícil que es encontrar el punto medio. El problema no es la terraza, sino el exceso. El abuso. Y sobre todo, la sensación de que algunos bares pueden hacer lo que quieran, cuando quieran y donde quieran.

El verdadero debate de esta década, en Logroño, en La Rioja, en España y en Europa, se llama vivienda. Y no hay escapatoria posible. Cada vez más jóvenes asumen que no podrán emanciparse hasta bien pasados los treinta, con suerte, y que si lo hacen será alquilando un zulo por el que pagan más que por su propio coche. La construcción avanza a paso de tortuga —ahí siguen esperando su momento las viviendas en Avenida de la Sierra o las torres del soterramiento— mientras los precios no dejan de subir y los suelos disponibles se eternizan en los despachos. Nadie tiene la solución perfecta, pero sí una responsabilidad común: estar a la altura del problema.

Por eso me sorprende tanto la tibieza institucional en asuntos clave. Primero permitimos que el problema brote sin control, luego nos asustamos y ahora lo «suspendemos todo un año» para pensar. Primero damos por buenas terrazas que ocupan media calle, luego queremos regularlas con pinzas. Como si la ciudad no fuera un espacio limitado, donde cada decisión sobre qué se permite afecta directamente a lo que no se protege. Si los derechos se reparten, alguien tiene que hacer de árbitro. Y no siempre se puede contentar a todos. Porque gobernar no es equilibrar el ruido, es tomar decisiones. Difíciles, (a veces) impopulares y urgentes.

Las ciudades no son empresas. No están para maximizar beneficios sino para vivirse. Para construir comunidad. Para que haya niños en los columpios, vecinos en los portales, silencios por la noche y vida más allá del ticket comercial. Si expulsamos a los vecinos del centro, si convertimos cada calle en una terraza, cada casa en un escaparate, entonces ya no tenemos ciudad. Tenemos un parque temático.

El turismo es una bendición si se gestiona. Pero si se descontrola, se vuelve una plaga -como todo-. Por eso no basta con aprobar una moratoria o con actualizar una ordenanza. Hace falta una idea de ciudad. Un modelo. Una visión. Saber hacia dónde vamos. Porque cuando se pierde el rumbo, lo único que queda es resistir. Y cuando uno sólo resiste, deja de avanzar. Y entonces, cuando quieras volver a casa, igual ya no tienes una donde volver.

Yo lo que quiero es una ciudad con más zonas deportivas en los barrios y menos solares vallados esperando un milagro urbanístico. Más verbenas por la tarde y menos silencio administrativo. Más cafés lisboetas donde leer el periódico y charlar sin prisa, más paseos parisinos con pintores, más riadas de bicicletas con logroñeses en sus quehaceres diarios y más pequeños comercios en calles peatonales. En definitiva, una ciudad donde se pueda vivir. Y eso exige pensar el modelo urbano con cabeza, corazón y memoria. Porque si perdemos lo que somos por correr detrás de lo que no necesitamos, entonces lo habremos perdido todo.

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