Si el otoño fuera un olor sería, sin duda alguna, el de las castañas asadas. Cuando las hojas de los árboles empiezan a caer, la ciudad se llena de pequeñas casetas de madera que traen consigo un aroma inconfundible y donde se prepara el aperitivo otoñal por excelencia.
En una de las esquinas más céntricas y concurridas de Logroño está el puesto en el que atiende, siempre con una sonrisa, Jennifer Ibarra. «Seis euros, 24 castañas; 5 euros, 20…» y así, sucesivamente, va repitiendo a todos los que se acercan.

Es nueva en esto de asar castañas: es su primera temporada como castañera. Afronta el reto «muy agradecida, muy feliz y con muy buena actitud». Y eso se nota. Lleva poco más de un mes dedicándose a esto y ya hay clientes habituales que la tienen más que fichada. «Ponme otro paquete de estas, por favor. Que sepas que están muy buenas», le dice un cliente.
«El truco está en pillarles en punto. Una vez lo pillas, lo demás es fiesta», cuenta Jennifer. En las castañas no hay trampa ni cartón. Jennifer las echa al tambor, donde están entre diez y quince minutos a fuego alto y, cuando empieza a ver que la corteza ya se abre, se baja un poco el fuego para que queden en su punto. Otro ratito más al calor y ya están listas. Jennifer las guarda en una cesta, cubierta con hasta cuatro mantas para que se mantengan calientes y así, cuando las vayas a comer, estén como recién sacadas del fuego.

El ritual de comer castañas es casi sagrado. Coges la primera nada más te las dan. Te quemas los dedos al intentar pelarla y decides que es mejor esperar a que se enfríen un poco. No aguantas y lo vuelves a intentar a sabiendas de que te vas a seguir quemando. Y así, hasta que te acabas la bolsa entera. «Es un producto que se vende solo. La gente ya viene solo con el olor», explica.

Apenas lleva dos años en España y, en La Rioja, solo uno. Pasó por Madrid, por Valladolid y finalmente recaló aquí, en Logroño. Se vio forzada a exiliarse por la situación política de su país de origen, Venezuela. Allí estudió Economía, pero Jennifer, al igual que otros muchos inmigrantes, tiene muchos problemas para encontrar trabajo de lo que estudiaron en sus países de origen en su nuevo destino. Cuando llegó a España lo último que se imaginaba era que iba a terminar trabajando, pero la vida da muchas vueltas. Eso sí, Jennifer lo afronta con gratitud y optimismo. «Tengo hasta sentido de pertenencia, yo las llamo mis castañas», bromea.
Su jornada empieza cuando abre el puesto, lo deja todo a punto, enciende el gas, echa las castañas al tambor y empieza la magia. Lo de comer castañas en cuanto aprieta un poco el frío es algo intergeneracional. Hasta su puesto se desplazan niños y mayores, aunque, sin duda, lo que más le gusta a Jennifer es tratar con los más pequeños: «Me encanta reírme, que me enseñen de su cultura y yo enseñarles de la mía».
Lo de comer castañas asadas en cuanto bajan las temperaturas no es algo que se lleve mucho en Venezuela, sin embargo, en esta esquina de Logroño, Jennifer ha hecho esta costumbre suya.


