En La Rioja se habla cada vez más de salud mental y de prevención del suicidio, y eso es un paso importante. Pero la realidad que viven muchas personas y familias en nuestra comunidad sigue siendo muy dura.
En los hospitales riojanos, los casos agudos de salud mental se atienden sin protocolos claros de ingreso, las plantas están saturadas y las condiciones de atención distan mucho de ser adecuadas. Tras el alta, las consultas con psiquiatría se espacian hasta tres meses y las sesiones con psicología —si se consiguen— apenas una vez al mes o cada mes y medio. Así es imposible hablar de un tratamiento efectivo o de una recuperación real.
A ello se suma el abandono que sufren las familias, que quedan solas, sin apoyo, sin información y con una carga emocional enorme. En La Rioja faltan recursos, orientación y acompañamiento tanto para las personas que atraviesan una crisis como para su entorno más cercano.
No basta con campañas o actos simbólicos. La prevención del suicidio exige una red pública de salud mental sólida, humana y con recursos suficientes.
Desde la ciudadanía pedimos a las autoridades sanitarias riojanas un compromiso real: cuidar la salud mental de nuestra comunidad, garantizar atención continua y no dejar solos ni a los pacientes ni a sus familias.
La salud mental en La Rioja no puede seguir esperando.
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