El Rioja

Un sueño compartido por padre e hijo

Dani Resa ha lanzado este año al mercado sus dos primeras referencias desde San Vicente de la Sonsierra

Dani Resa, en la viña Gallomate, en San Vicente. | Fotos: Leire Díez

El famoso valle de La Canoca de San Vicente de la Sonsierra tiene algo especial. Cuando Dani Resa valoró la posibilidad de hacer vino fijó su objetivo en ese paraje de Gallomate, ubicado en este enclave, con parte plantada de garnacha y otra de tempranillo tinto. Corrían los años 2017 y 2018 y la idea iba tomando fuerza, pero era llegar el momento de vendimia y los trajines diarios copaban su atención y silenciaban ese sueño de emprender un proyecto propio. Fue en 2021 cuando hizo, por fin, esas primeras pruebas. Apenas unas 600 botellas que le permitieron empezar a conocer esas viñas heredadas y definir el estilo de vinos que quería hacer. Lo hizo en la antigua bodega de la familia, bajo su propia casa, donde se elaboraba el tradicional maceración carbónica, y todo ese vino se bebió entre amigos y conocidos. «El tempranillo tinto salió más flojo, pero de Gallomate salió un vinazo precisamente por el tipo de añada. Para mí la 2021 es mejor añada de los últimos años», sentencia este joven viticultor.

De cara a la vendimia 2022 el paso fue sustancial al elaborar en la bodega de José Gil y Vicky Fernández, en Briones, contando así con la posibilidad de embotellar y comercializar. «Ellos me dieron la oportunidad para desarrollar este proyecto y siempre se lo agradeceré». Esta será ya la cuarta añada que este productor elabore en estas instalaciones y es que de cara al año que viene espera completar el sueño de su padre José Mari estrenando la bodega que un día este comenzó a construir pero que un accidente de tráfico con el tractor le arrebató hace ya 27 años. «En 1997 vieron que la bodega se estaba quedando anticuada y querían dar el paso a las barricas y hacer unas instalaciones más acordes a los tiempos, con sus lagos y cubas de hormigón. Así que esta es una manera de cumplir su sueño y el mío a la vez, porque para mí esto también es un sueño». Una manera de preservar el legado póstumo que su progenitor dejó.

Un sueño compartido que el pasado mes de marzo vio sus primeros frutos embotellados y lanzados al mercado con la añada 2022 de dos parcelarios tintos procedentes de Gallomate y las Espinillas, en la parte baja de San Vicente. Una añada que recuerda este viticultor como una muy cálida, con varias olas de calor y que supuso la primera toma de contacto. De las primeras 900 botellas lanzadas en 2022 pasó a las 2.000 botellas en 2024 (sin contar la pérdida de producción que tuvo en 2023 a causa de una granizada y la posterior selección en campo que le mermó a la mitad el número de botellas) y de cara a la presente 2025 tenía pensado elaborar unos 4.000 kilos y finalmente ha llegado a los 5.000 kilos de uva. Esta zona, tal como incide, «venía arrastrando años complicados de sequía y el año pasado trajo menos, por lo que este ha respondido mejor». Así que la tendencia que se refleja en gran parte de la denominación en cuanto a la pérdida de cosecha no se ha visto palpada por Resa. Aún así, aclara que «no ha sido un año perfecto por la incidencia del mildiu».

el objetivo con estos dos vinos es claro: «Quiero transmitir la viña en una botella y por eso en las etiquetas reflejo un mapa cartográfico de San Vicente donde la parcela de la que nace ese vino aparece resaltada. Confío mucho en todo esto y siempre digo que aquí es complicado hacer mal vino. Tengo una base y una materia prima muy buena, estoy en el sitio idóneo y lo he comprobado a la hora de salir a vender con una marca desconocida, llamando puerta a puerta. Al final no eres nadie pero es decir que vienes con un proyecto de San Vicente de la Sonsierra y la gente por lo menos te escucha. Soy consciente de que la marca de San Vicente vende y te abre puertas que igual en otros casos sería más complicado».

Las vendimias para Dani se ha desarrollado un año más entre la campaña en Macán, la bodega de Benjamin de Rothschild & Vega Sicilia en Samaniego donde trabaja desde hace 14 cosechas, y su propia campaña, que este año se ha prolongado durante unos cinco días y es que, pese a cultivar unas siete hectáreas de viñedo, la mayor parte de la uva la vende a esta reconocida bodega. El pasado 20 de septiembre cortó esos primeros racimos del tempranillo de Las Espinillas, satisfecho de que la maduración retomara sus tiempos y evitar así que la vendimia se alargara más de la cuenta. «No quería que se disparase el grado alcohólico porque buscaba más frescura y al final he cogido la uva con 13,7 y 13,8 de grado. Ha costado cuadrar la agenda entre la bodega y los propios ritmos de la uva, pero al final he apañado todo lo mejor posible», relata con la tranquilidad que da tener ya los descubes hechos.

«Una vez entré en Macán empecé a comprender el vino, las elaboraciones y todos los trabajos, porque todo lo relacionado al campo ya me venía de casa. Aquí conseguí una muy buena base para hacer vino porque elaboran por parcelas, todo separado, y poco a poco vas teniendo más ganas de aprender y te preguntas cosas. Y no he tenido un maestro en casa ni tengo el grado en Enología, pero he aprendido con la experiencia. Antes cuando iba a podar yo cortaba sarmientos, pero ahora podo con una intención, teniendo en cuenta el flujo de la savia, la poda de respecto. Entiendes el funcionamiento y también es gracias a la prueba error que te da la libertad de estar solo en todo esto», refleja.

Otro tinto está siendo amasado para unirse a esta gama de dos parcelarios este mismo año. Será un vino que refleje la identidad de San Vicente de antaño como Resa la entiende, «con esa mezcla de las diferentes zonas, la parte baja, media y la de la Sonsierra» y que será un homenaje a su padre.

El blanco tampoco se le resiste y, aunque todavía quede un tiempo para ver estas elaboraciones en su porfotlio, Resa ha recuperado una vieja viña de blanco de su tía y ya el año pasado se atrevió con una prueba, si bien esta campaña el mildiu ha impedido continuar con esos ensayos, por lo que lo ha usado para mezclar con tinto. Además, ha comprado una pequeña terraza de casi media hectárea que plantará de blanco el próximo año. En este sentido, reconoce que crecer en superficie es ardua tarea en esta tierra: «A mí me gustaría comprar más viñas y vivir de este proyecto, recuperando las viñas que llevaba mi padre y que quedaron en manos del resto de la familia. También es cierto que ahora la renta está mucho más asequible que la compra de tierra y eso que los precios han caído bastante, pero al final contra las grandes bodegas de la zona uno no puede competir».

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