El Rioja

Cuando la uva sigue hablando a través de La Alcoholera

Foto: Fernando Díaz (Riojapress)

Cuando las luces de las bodegas se apagan y el vino ya se ha ganado su sitio en depósitos y barricas, el último compás de la sinfonía de la vendimia -ese acorde final que completa la partitura- llega con los orujos, que emprenden su propio viaje. Todavía traen memoria de mosto y de manos agrietadas. La uva ha contado la primera parte de la historia; el resto le pertenece a La Alcoholera de La Rioja, donde todo encuentra su segunda vida.

Porque el diario de vendimia no termina en el descube en bodega ni en la copa en el restaurante. Va mucho más allá. Termina cuando los orujos se transforma en materias primas valiosas. En La Alcoholera de La Rioja lo explican: «Nuestra misión es completar el círculo. Lo que antes era residuo ahora vuelve al mercado como energía, licores, aceites…». No es cuestión de magia, pero sí de oficio y constancia; un trabajo que cierra un círculo perfecto y convierte lo que parecía el final en un nuevo comienzo.

FOTO: Fernando Díaz

El camino arranca cuando otras industrias bajan la persiana: en el patio de recepción allá por noviembre. A partir de ahí, la planta pone en marcha un proceso que lleva haciéndose desde hace siglos. «A los clientes les interesa una idea simple: traer el orujo y saber que todo se aprovecha», subrayan desde la dirección. Del orujo se obtiene alcohol para usos energéticos o alimentarios, y ese alcohol sale de aquí con controles que garantizan seguridad y calidad. Es una destilación cuidada, con decisiones que el equipo toma cada día para asegurar procesos limpios y productos estables y seguros. No hablamos de alquimia, es técnica y se repite cada año para dar vida a los residuos de una industria que ya ha hecho su primer truco de magia: convertir la uva en vino.

En báscula, cada carga se pesa y se analiza para estimar su rendimiento. El calendario marca el paso: de finales de agosto a mediados de noviembre, la planta late al compás del campo. El orujo blanco llega antes; el tinto, más tarde y en mayor volumen. Si el otoño se estira, ellos también; el reloj lo pone la viña.

FOTO: Fernando Díaz

Como si de las raíces de un arbol se tratara el proceso consigue separar lo líquido de lo sólido. El orujo entra en el difusor, una especie de ducha de agua caliente que arrastra el alcohol residual. Nace entonces una solución hidroalcohólica —la piqueta— que se envía a las torres de destilación. De su trabajo salen dos caminos: alcohol bruto para usos energéticos y alcohol neutro para alimentación y bebidas. La clave está en el control: quitar metanol, ajustar cortes… destilar con precisión y con seguridad alimentaria. Cada hora se repiten analíticas que aseguran un resultado impecable.

¿Y la parte sólida? Aquí no hay deshechos. Hay segundas oportunidades. El orujo ya destilado se seca y se criba, y de ahí nacen otras dos raíces: el hollejo, que se convierte en biomasa, y la pepita de uva, con un destino de primer nivel: el aceite de pepita. «Es un aceite limpio, de perfil neutro, que muchos cocineros aprecian porque no enmascara sabores», apuntan. Y todavía hay más: la harina que queda tras extraer ese aceite se compacta en enopellets, un combustible con gran poder calorífico, un 20 por ciento superior al de la madera. «Lo presentamos esta primavera para que el mercado los probara». Este invierno será su prueba de fuego o de calor.

FOTO: Fernando Díaz

La parte líquida también tiene su propia vuelta de honor. De las corrientes del proceso se recupera tartrato, que viaja a la planta hermana del grupo en Italia para transformarse en ácido tartárico. «La idea es que en un plazo corto de tiempo todos estos procesos los podamos hacer también aquí». Después regresa a las mismas bodegas que entregaron el orujo, listo para estabilizar vinos. El valor da la vuelta y vuelve a casa.

La escala también cuenta la historia. La Alcoholera de La Rioja es la destiladora de referencia en La Rioja y en gran parte del norte de España. Quedan pocas instalaciones industriales con una valorización tan amplia. «Hay pequeños orujeros que hacen su producto local. Lo nuestro es distinto: además del alcohol, aprovechamos todo lo demás», explican. La casa nació en 1934 y, desde 2021, forma parte del grupo italiano Randi, lo que ha permitido invertir, modernizar y sacar al mercado productos que antes parecían lejanos.

FOTO: Fernando Díaz

Para las bodegas, la propuesta es clara: resolver una obligación legal con valor añadido. Entregan orujo; reciben trazabilidad, cumplimiento, sostenibilidad y un catálogo deproductos. El ácido tartárico reentra en la cadena; los alcoholes vínicos forman parte de productos enológicos en otras denominaciones; la biomasa alimenta calderas -incluida una parte de la propia planta-; y el aceite de pepita abre puertas en gastronomía y cosmética. La uva no se agota en el vino.

El año climático manda. Y este año no ha sido bueno. Menos kilos que para La Alcoholera de La Rioja se traduce en ajustar ritmos y procesos. «Trabajamos con lo que la viña nos da», destacan. Hay un orgullo menos visible que también forma parte del relato: son, en el fondo, una planta de reciclaje. Con una diferencia: nada va al vertedero. «Cuando decimos todo, es todo: desde la gota que arrastra la piqueta hasta el gramo de harina que compactamos en pellet».

En catálogo, la foto queda nítida. Alcoholes: bruto (energía, biocombustibles) y neutro (alimentario, ecológico, formatos flexibles). Espirituosos: orujo, aguardientes, brandy y mistelas —con una «joya de la casa» nacida de barricas históricas que se encontraron con más de 30 años de maduración—. En sólidos: biomasa estable y pepita de gran calidad. Y en innovación, enopellet: encendido noble, ceniza baja, rendimiento alto. «Son productos distintos, pero con un mismo origen», explican.

FOTO: Fernando Díaz

La relación con el cliente -sea bodega grande o pequeña- se apoya en certezas: recogida ágil en campaña, un único interlocutor para todas las corrientes (orujo y lías), documentación en regla y soluciones que reintegran valor a la cadena.

La conclusión es sencilla y poderosa: aquí circula el valor. El viticultor cuida la viña; la bodega hace vino y La Alcoholera de La Rioja cierra el ciclo para que nada se pierda. En un momento en que el consumidor exige sostenibilidad verificable —trazable, auditable, útil—, una industria capaz de transformar el orujo en energía, ingredientes y productos comerciales multiplica el valor del territorio. Y lo hace con la discreción de quien sabe que su lugar está al final de la cadena… justo antes de que todo vuelva a empezar.

Cuando el último remolque entra en el patio y el aire huele a mosto y madera, empieza su turno. El ciclo de la uva no termina en la copa: continúa en la caldera, en el alambique, en el pellet y en el ácido tartárico que preparará el vino del año siguiente. Ese es su oficio. Ese es el acorde final que completa la partitura de la vendimia. Y cuando suenan las últimas notas, ya están escribiendo las primeras del próximo año.

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