Tinta y tinto

Ir a ver a la máma

El otro día, sentado en una terraza frente a la Fuente Murrieta con mi compañero Sergio Moreno mientras aprovechábamos estos días primaverales de finales de septiembre, pasó a nuestro lado un conocido bodeguero. De esos que ya peinan años y muchas canas, pero aún andan con ese ritmo ligero que solo dan la vendimia y el convertir la uva en vino. Se paró un segundo a saludar, a preguntar qué tal todo y, sin dejar de andar, se excusó por su prisa: «Voy a ver a la máma», dijo, con ese acento entre italiano y riojano lleno de musicalidad.

Me hizo gracia y ternura. Máma, con tilde inventada y cariño de verdad. Le respondí que yo ya había ido a ver a la mía a media tarde, que la tengo convaleciente de una operación de juanetes. Nada grave. La mujer está perfectamente —más allá del pie vendado y de andar con una de esas botas ortopédicas que parecen sacadas del catálogo de Star Wars—. Eso sí, cogió un catarro en el quirófano. Supone. Pero va tirando.

El caso es que después de ver a este bodeguero sacar un ratito al caer la noche para ver a la máma, me quedé pensando. Porque yo, desde que operaron a la mía el lunes, me he pasado por su casa varias veces, le he llamado con puntualidad inglesa y hasta me he preocupado incluso por si necesitaba ayuda para bajar la basura. Cambios de comportamiento que llegan sin grandes aspavientos. Las prioridades se recolocan rápido cuando aparecen las palabras «médico», «hospital», «prueba»… aunque sea por algo menor.

Y es curioso. Porque normalmente andamos todos ocupadísimos en cosas importantísimas. Que si reuniones, que si correos electrónicos, que si contenido, que si «para ayer», que si eventos, que si compromisos sociales. Pero no vamos a ver a la máma. No da likes. No es productivo. No luce en redes sociales. No suma métricas ni genera networking. Entonces, ¿para qué perder el tiempo? Hasta que algo te recuerda que hay que ir. Que hay que pasar. Que hay que sentarse en su sofá, preguntar qué tal y comerse ese plato de chorizo que aparece por arte de magia cuando llevas más de diez minutos. Que hay que volver a hacer espacio para las cosas que importan de verdad.

Al igual que sabemos a qué amigo llamaríamos para esconder un cadáver —nunca se puede meter a una madre en semejante marrón—, también sabemos que una madre es capaz de perdonarlo todo. Incluso lo que no debería. Tiene una paciencia y una fe en nosotros que no hay terapeuta, jefe o sacerdote que lo iguale. Lo saben, lo saben todo, y aun así te esperan con una sonrisa. Siempre.

La mía, por ejemplo, tiene su propia rutina de autocuidados afectivos: todos los jueves ve a sus hermanas -este último le ha tocado ir en silla de ruedas-. Las tías. Van en cuadrilla. Empiezan la ronda en la calle San Juan y terminan en La Laurel. Se lo pasan bomba. Se toman unos pinchos, un par de vinos y unas risas como quien no quiere la cosa. Y reconozco que algún jueves me hago el encontradizo con ellas, porque las tías revitalizan. Siempre llevan encima un cotilleo, un consejo, un piropo y una mirada de esas que abrazan. Y al despedirse, una batería de besos que no hay ametralladora que iguale ese ritmo de disparos.

Y es que para ellas sigues siendo un niño. Hace no mucho, quizás tres o cuatro años, tuve una de esas caídas feas con la bici en mitad de un camino lleno de piedras y aparecí por el pueblo con un agujero en el brazo que pedía puntos como quien pide pan en una panadería. Fue una de mis tías quien llamó a la enfermera de Canales para avisarle de la situación y de que subíamos para allí. Al bajarnos del coche mis primos y yo, nos preguntaron que dónde estaba el niño que se había caído. Flipamos. Contestamos que el accidentado era un servidor y la chica se echó a reír porque por teléfono le habían dicho que se había caído «el nene». Y así seguimos.

Así que sí, hay que ir a ver a la máma. Aunque estés liado. Aunque te dé pereza. Aunque no sepas muy bien qué decirle. No hace falta que le lleves nada. No espera grandes gestos. Solo presencia. Un ratito. Una mirada cómplice. Un «¿cómo estás?», de los de verdad. Porque las madres, incluso las operadas de juanetes, son capaces de ponerte el mundo en su sitio con una frase. Y de hacerte sentir en casa aunque estés en ese salón que dejó de ser el de todos los días hace lustros. Aunque solo estés cinco minutos. Aunque no digas nada.

* También vale para el pápa -en este caso con acento caló-. Aunque lo disimulen peor. Aunque no lo digan tanto. Aunque parezca que no están. También vale.

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