Ya son las 14:30 horas. Suena el timbre en los tres colegios que conforman el CRA Cameros Nuevo (Ortigosa, Torrecilla y Villoslada). El bocata del recreo ha sabido bueno, pero las tripas ya empiezan a rugir. Los peques recogen sus libros, preparan sus mochilas y se dirigen al ¿comedor escolar? No. Ellos comen en el restaurante.
«En Ortigosa aún conservamos un comedor de gestión directa, probablemente el único que queda en La Rioja. Compramos la carne al carnicero, las verduras al productor local y elaboramos todo allí mismo. Pero en Torrecilla y Villoslada no teníamos ni instalaciones ni suficientes alumnos para optar a un comedor reglado», explica Javier Valgañón, director del CRA Cameros Nuevo.
La solución llegó de la manera más natural posible en un pueblo: hablando con los alcaldes y con los hosteleros. Así llegaron al acuerdo de que una monitoria, normalmente una joven desempleada de la localidad, acompañaría a los peques a sendos restaurantes y se subvencionaría el coste del menú. «Los alumnos bajan del cole al restaurante, comen allí en varias mesas y están atendidos hasta las cuatro y media. Eso permite que las familias concilien, que los padres puedan ir a trabajar a Logroño y que los niños tengan una comida caliente cada día», cuenta Javier.

En Torrecilla, ese espacio es La Terraza, un restaurante con medio siglo de historia al frente del cual está Roberto. «Prefiero que vengan aquí porque así se lo comen todo caliente y recién hecho. Cuando tenía que llevarlo al colegio, a veces se comían la comida fría. Ahora comen puré, pescado, lentejas… y los viernes, lo que más les gusta: croquetas y macarrones y de vez en cuando un helado». Los menús los adapta él mismo, con un equilibrio entre nutrición y gusto infantil. «Los purés les encanta, no tanto la menestra. Y, a veces, si hay paella, se apunta alguno a repetir».
En Villoslada, el comedor improvisado está en el Restaurante Corona, donde Rodrigo ha reservado un espacio fijo para los escolares. «Aquí se sientan en una mesa con su monitora y comen lo mismo que todos, pero pensado para que sea equilibrado. Son buenos comedores, no dan ningún problema». Y en invierno, cuando el turismo baja, la presencia diaria de los niños le da al local un calor distinto.
Para los tres protagonistas —director, hosteleros y familias— este sistema tiene un valor que va más allá de la mera logística. «Los restaurantes nos ayudan muchísimo, nos dan de comer más barato que a cualquier comensal y lo hacen por colaborar con los críos y sus familias. Es una labor comunitaria, y eso se nota», apunta Javier.

Roberto coincide en las palabras del director. «Esto me supone algo más de trabajo, pero lo hago encantado. ¿Qué sentido tendría cerrar las puertas cuando en el colegio no hay comedor? Al final somos un pueblo, y aquí todo se comparte». Y Rodrigo lo resume con naturalidad: «Para mí no es un problema, los niños forman parte de la vida del pueblo. Y tenerlos aquí cada día hace que el restaurante sea también suyo».
El número de ‘mini’ comensales suele variar según el día, pero normalmente suelen estar una docena en cada municipio. A algunos les parecerán pocos, pero en pueblos pequeños cada matrícula cuanta para luchar contra la despoblación. «Este tipo de servicios ayudan a que aumente ligeramente la matrícula. Ahora los padres pueden organizarse mejor, saben que los niños están atendidos hasta la tarde, y eso facilita quedarse aquí», señala el director.
No hay dietistas detrás de cada menú, pero sí mucho sentido común, cariño y cercanía. Javier reconoce que informan a las familias de lo que comen los niños para que lo equilibren en casa con la cena. «Y también queremos favorecer al restaurante. Lo importante es que los niños estén bien cuidados, que coman equilibrado y que se sientan a gusto». Y la ecuación funciona a la perfección.
La imagen es entrañable. Un grupo de chavales entrando al bar del pueblo como si fuera su propia casa. Esto demuestra que en los pueblos, cuando algo falta, se comparte lo que se tiene. Una fórmula sencilla pero cargada de significado. Y así, entre fogones, monitores y mesas, se mantiene viva no solo la escuela, sino también la vida del pueblo.


