La Rioja

El barranco donde ruge el fin de semana: la familia tras las mil huellas en Enciso

La niña aprieta la mano de su madre como si fuera una cuerda tibetana. Lleva una gorra verde con un Tyrannosaurus Rex bordado. El flequillo se le pega a la frente por el sudor que le provocan los nervios. El padre carga con una mochila vieja en cuyo interior almacena provisiones envueltas en papel de aluminio. La tía, con gafas de sol, mira por encima de las lentes para advertir: «Yo ahí no subo». Y eso que acaba de superar la tirolina corta. Es domingo por la mañana y la carretera que entra en Enciso huele a humo de leña. Al otro lado, el Barranco Perdido se despereza a lo grande: pasarelas, redes, la Colina Encantada y un museo que guardar secretos de hace 120 millones de años.

La familia llega sin prisa. Un monitor ajusta arneses, otra revisa cascos. Al fondo, un padre da instrucciones con voz de entrenador de barrio. El aire está fresco y el sol entra a ráfagas entre la vegetación. Vera, de seis años, palpa con seriedad de la científica que quiere ser el primer fósil que ve en la Colina de los Fósiles; su madre la mira de reojo y sonríe: aquí las cosas se tocan, se registran en una mesa interactiva y se juega un trivial de nuevo conocimiento adquirido. «Esto no es un parque cerrado y electrónico; aquí juegas a explorador, en pleno monte y rodeado de dinosaurios», subraya Víctor Fernández, coordinador del parque, que explica el sentido de toda esta escenografía.

La escena tiene ritmo, alejado de un domingo relajado. Primero multiaventura de calentamiento: redes a un palmo del suelo, equilibrio de puntillas, un puente para que el cuerpo coja confianza. Se llega, con respeto, aunque se empieza por lo más sencillo. Pero poco a poco, sin darse cuenta, se va subiendo de nivel. Así es como se llega a la tirolina —la corta para ir abriendo apetito— y a un par de retos más que indican que no estamos ante un domingo cualquiera.

En el Laboratorio del Tiempo, Vera posa seria para el diploma: hoy ha sido paleontóloga por un día. El padre recita los datos como quien da alineaciones: «Valdecevillo, Virgen del Campo, más de tres mil icnitas en el entorno; aquí, en el municipio, más de 1.400». La tía, entretanto, le pregunta a un guía por el reloj dinosaurio del pueblo: «A las doce, a las dos y a las seis, ¡ruge de verdad!». Víctor, que lleva años viendo esta mezcla de asombro y barro en las zapatillas, resume lo que escucha tras pasar el día en el parque: «La gente sale sorprendida y encantada. Por el entorno, por la temática y porque aprenden mientras se lo pasan bien».

El otoño, además, viene con cargado de actividades. «Lo más inmediato —dice Víctor— es la jornada de puertas abiertas del domingo 5 de octubre, que coincide con la ternera asada de Enciso: tarifas al 50 por ciento y entrada a todas las instalaciones». El plan es perfecto: «En otoño abrimos los fines de semana; entre semana solo bajo demanda para colectivos». Y pone otra chincheta en el calendario: «Después del cierre del día 12, activamos visitas guiadas para los puentes de Todos los Santos (1 y 2 de noviembre) y la Inmaculada (6, 7 y 8 de diciembre): museo + 4×4 hasta el yacimiento de Valdecevillo con guía».

El parque, cuenta, está pensado para pasar el día completo: «De 11:00 a 18:30 puedes combinar un circuito por la mañana, comer en el restaurante —cocina de la zona, menús y platos de cuchara— y otro circuito por la tarde». Dinosaurios y aventura que se complementa con actividades más habituales en el enoturismo. «Somo referentes para el turismo familiar que busca algo más allá de la copa de vino: que los niños aprendan de dinosaurios y los mayores disfruten también con la aventura», apunta Víctor.

La tarde decae suavemente. La familia se sienta a comer viendo el río Cidacos; la niña repasa preguntas del trivial (‘¿Cómo andaba un iguanodonte?’), el padre marca en el mapa la ruta de icnitas para después, la tía pide café con la calma de quien no se va a ir corriendo de ninguna parte. En la sobremesa, una cuadrilla de Arnedo comenta el baño en Arnedillo, una pareja vizcaína enseña fotos de las maquetas y dos chavales se retan en el rocódromo. Víctor deja una última idea, a modo de brújula: «Estamos en un punto estratégico; desde Logroño o desde cualquier rincón de La Rioja llegas en una hora. Y de aquí te llevas paisaje, aventura y paleontología: es conocimiento que se queda».

Anochece y el parque se va recogiendo. El costumbrismo aquí no es postal, es tacto: tierra en las uñas, fresco en las orejas, y el latigazo del vértigo superado. La huella que uno se lleva no es solo la del dinosaurio: es la de una tierra que explica con juego lo que fue. Y La Rioja, entonces, abre el plano: Enciso, las cuevas de Ortigosa, las cascadas de Puente Ra, los pueblos cameranos… Un mapa entero que cabe en tres días bien aprovechados. Aquí los otoños se alargan como las luces de la historia cuando ésta se cuenta bien.

*La identidad de nuestra tierra en www.productoriojano.com y en lariojaturismo.com

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