Tinta y tinto

¿Y si no lo tengo claro?

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Hace ya unos años, tantos que empiezo a pensar que no soy tan joven como me gustaría, me apetecía cambiar de instituto en Bachillerato. Fiel a mis despistes administrativos, se me pasó el plazo para rellenar en tiempo y forma la solicitud. El tren, como casi todos los trenes de mi vida, ya había salido. Pero el jefe de estudios —un tipo de cabeza rapada al que en la cuadrilla llamaríamos más tarde Zizou— me dijo que me pasara el lunes a primera hora, cuando terminasen las inscripciones. «A ver si queda hueco». Y para allí que me fui. No he sido tan puntual en mi vida.

—Hola. Parece que este chico tiene muchas ganas de venir aquí. Habrá que hacerle sitio.

Gracias, Zizou. Gracias por hacerme sitio. Allí hice grandes amigos, allí aprendí más de lo que ponían los libros y allí comencé el paso de la adolescencia a la vida adulta. Dos décadas después, aún veo a muchas de esas personas casi todos los días. Porque alguien me hizo sitio.

El pasado domingo volví al IES Sagasta para vivir el pisado de la uva que presentó fenomenalmente mi compañero Daniel Ortiz y donde el presidente Gonzalo Capellán recordó que la fuerza de un pueblo no está solo en lo que cambia, sino en lo que construye junto. «En estos tiempos de crispación, en los que todo se lleva al conflicto y la disensión en España, un punto de unión es más necesario que nunca».

El edificio está totalmente renovado, limpio, luminoso, más funcional. Ha perdido parte del encanto vintage, sí. Ya no huele a pasillo de la EGB ni suena el timbre con eco. Pero ha ganado en accesibilidad, en modernidad, en acogida. En ser, en definitiva, un centro del siglo XXI. Uno de esos lugares que deberían representar lo mejor de lo público. Por eso duele —y mucho— que ese mismo instituto no haya sido capaz de hacer sitio a una alumna que quiere estudiar con velo. Una menor, riojana, que solo pide entrar a su clase de Bachillerato Internacional (único lugar donde puede hacerlo). Y el reglamento, negro sobre blanco, dice que no puede llevar la cabeza cubierta. Aquí es donde, lo reconozco, me asaltan todas las dudas. No tengo una respuesta clara. Este no es un debate de blancos o negros, de buenos y malos. No es tan sencillo. Este es un tema lleno de grises, de contextos, de contradicciones personales. Incluso de miedos. Me hace pensar. Me hace dudar. Me incomoda.

Porque si tengo claro que el velo es un símbolo de opresión, entonces debería defender que no tiene cabida en ningún edificio público. Como tampoco lo tendrían un burka, una cruz gigante al cuello o una boina del Che. Si aceptamos el laicismo como pilar de lo público, entonces el aula debe ser un espacio neutral, libre de símbolos, seguro para todos. Pero si tengo claro que el velo es un símbolo de identidad, de pertenencia, de arraigo, entonces no solo no debería prohibirse, sino que deberíamos protegerlo. Como protegemos otros signos culturales que sirven para que muchas personas se sientan un poco menos solas, un poco más en casa.

¿Y qué pasa cuando ambas cosas conviven? ¿Cuando una misma prenda puede ser, a la vez, un símbolo de represión y una herramienta de identificación? ¿Cuántas mujeres lo llevan por obligación y cuántas por convicción? ¿Cuántas lo hacen por fe y cuántas por nostalgia, por cercanía a lo que dejaron atrás, por conectar con su familia durante el Ramadán, por sentirse parte de algo en una tierra que todavía no les abraza del todo? No tengo los datos. Pero sospecho que hay más grises de los que nos atrevemos a mirar.

La política, el periodismo y la opinión pública se mueven demasiado deprisa como para admitir estas dudas. Parece que hay que elegir bando: o defiendes la libertad individual sin condiciones o denuncias cualquier rastro de desigualdad religiosa o cultural. Y sin embargo, muchos estamos en tierra de nadie, intentando conciliar principios que, en este tema concreto, chocan de frente. El laicismo. El feminismo. La integración. La igualdad. La libertad.

Y aún así, hay algo que sí tengo claro: ninguna norma puede estar por encima del sentido común. Ni del sentido humano. Un instituto debe estar al servicio del aprendizaje, no de la doctrina. Si una alumna quiere estudiar con velo, lo primero que deberíamos preguntarnos es si eso va a impedir su desarrollo educativo o la convivencia en el aula. Y si la respuesta es no, quizá debamos centrarnos más en acompañarla que en señalarla.

Podemos —y debemos— seguir reflexionando sobre el papel del velo en las sociedades abiertas. Podemos —y debemos— exigir que ninguna mujer lo lleve obligada. Pero quizá no sea en un reglamento escolar donde debamos librar esa batalla. Quizá esa conversación, tan importante, deba darse en otro espacio, con otros tiempos, con menos urgencias.

Porque la educación no solo está para transmitir conocimientos. También está para enseñar a convivir. Y la convivencia implica dudas. Implica contradicciones. Implica, a veces, ceder un poco para ganar mucho. Ganar respeto. Ganar integración. Ganar igualdad real. No la que dictan los reglamentos, sino la que se construye, día a día, en los pasillos de los institutos.

El Sagasta me enseñó a pensar. A convivir. A cambiar. Me hizo sitio. Ojalá también se lo haga a ella como se lo ha hecho La Rioja. Y mientras tanto, sigamos haciéndonos preguntas. Porque en esta historia no sobra el velo. Sobra, sobre todo, la falta de escucha.

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