San Mateo

Entre pañuelos, canciones y recuerdos: San Mateo en el centro Gonzalo de Berceo

FOTO: Fernando Díaz

Hay días buenos y días muy buenos. Días donde una visita puede cambiarte el ánimo y donde una canción hace que se te caiga más de una lagrimita. A los abuelos del centro de día Gonzalo de Berceo les habían dicho que este viernes iban a recibir una visita muy especial, y así ha sido.

Judith Duro y David Schubert, vendimiadores de San Mateo 2025, han enfilado el pasillo de la sala principal del centro cogidos del brazo, impecables de pies a cabeza, saludando como verdaderos reyes y trayendo consigo algo más que juventud: la emoción de una ciudad entera. En ese momento, la memoria de algunos ha despertado con la fuerza de un río que regresa a su cauce.

FOTO: Fernando Díaz

Había nervios por ambas partes: unos porque no sabía lo que iba a pasar, y otros porque prácticamente se estrenaban como vendimiadores en un acto al que le seguirán muchos más durante toda esta semana. «Hemos venido con mucha ilusión porque sabíamos que para ellos era especial, pero al final quienes nos hemos llenado por dentro hemos sido nosotros. Los hemos visto felices, ilusionados, con ganas de vivir las fiestas, casi más que nosotros mismos», han explicado Judith y David.

El momento más simbólico ha llegado cuando los vendimiadores han anudado el pañuelo festivo al cuello de dos residentes: el abuelo más veterano y la mujer que más tiempo llevaba en el centro. En ese gesto sencillo se ha condensado todo: el reconocimiento, el cariño, el abrazo entre la juventud que empieza a escribir sus recuerdos y la vejez que guarda los de toda una vida.

FOTO: Fernando Díaz

Y como en toda buena fiesta que se precie, no podía faltar la música. Pepe Blanco ha sonado con su ‘En La Rioja nací’ y las voces, al principio tímidas, se han convertido en un coro que ha hecho vibrar la sala. Los abuelos han alzado la voz, algunos con lágrimas en los ojos y otros con sonrisas que parecían de otro tiempo. Cada verso de la canción los ha devuelto a aquellos sanmateos de juventud en los que la vida se les escapaba en bailes, chamizos y tardes interminables de alegría.

Raquel, de 76 años, lo ha recordado con los ojos brillantes. «Aún me acuerdo cómo en San Mateo íbamos de chamizos a bailar y a hacer zurracapote con las cuadrillas. Íbamos todas las amigas y lo pasábamos en grande». Lo que más le gustaba era ir a ver las carrozas y bajar a las barracas. «También ver las peñas a la salida de los toros. Hacíamos tantas cosas…».

Pero su voz se ha quebrado en cuestión de segundos. «Después me quedé viuda y los últimos años he vivido las fiestas con mucha pena. He salido un poco, daba una vuelta, pero ya no era lo mismo». Y enseguida, con una sonrisa tímida, ha añadido: «Hoy, en cambio, con esta visita de los vendimiadores lo he sentido especial. Muy especial. Estos chicos han sido muy majos y que colaboren con nosotros me ha hecho mucha ilusión».

A su lado, Otilia ha dejado volar también sus recuerdos. «Cuando era joven estaba sirviendo en una casa y no podía salir mucho. Solo los jueves y algún domingo». Pero cuando salía, disfrutaba de las carrozas y de la feria. Antes había más movimiento, salían más peñas, más gente». Pero lo que más recuerda son, como Raquel, los chamizos. «Allí ponían una barra, había asientos, música… música ratonera, decíamos. Un tocadiscos, canciones de la época, como un guateque. ¡Qué bien lo pasábamos entonces!».

Y entre recuerdo y recuerdo, un trago de zurracapote elaborado en el propio centro. En este caso se lo han ‘echado’ los vendimiadores y la directora, Elena García. Para los abuelos, agüita y algún que otro refresco, que la semana es muy larga y hay muchos actos por delante: la elección de los vendimiadores mayores, el pisado de la uva, la visita de las peñas, degustación de choricillo, tortilla de patata y pincho de chaca, la visita de gigantes y cabezudos, concurso de beber en bota, posado en el photocall o un bingo musical.

Y así se demuestra que la felicidad está en los pequeños detalles, en las pequeñas visitas, entre canciones de siempre, pañuelos granates y tragos de zurracapote compartidos. No se trata de grandes actos ni de multitudes, sino de la memoria viva de una ciudad que sigue celebrando su fiesta en cada corazón.

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