Tiene la mirada clara y profunda, de esas que te hipnotizan y te hacen sonreír aunque no quieras. Quizá sea esa mezcla de ternura y fortaleza que te transmite cuando levanta la mirada y que resume un siglo de vida. Lorenza Sáez Martínez ha cumplido este martes 100 años, y lo ha celebrado rodeada de flores, música y cariño en el Centro de Día Gonzalo de Berceo, donde acude cada mañana.
Un siglo en el que cabe de todo: la infancia en un pueblo que ya no existe, el hambre de una guerra civil que vivió en sus propias carnes, los inviernos de París, el amor por su familia y la soledad tranquila de quien ha elegido vivir desde la calma. «Ahora estoy nerviosa, pero he sido siempre de temperamento tranquilo. He sido de pensar las cosas y no ir con prisas», aunque reconoce con una sonrisa pícara que ahora «todo me molesta un poco más que antes».

Cada mañana, Lorenza acude al centro de día Gonzalo de Berceo. Participa en las actividades, aunque reconoce que le cuesta oír bien. «Me divierto, me distraigo, pero a veces no entiendo lo que dicen. Oigo tres palabras y la cuarta ya no». Le gustan las sumas en cuadernos grandes y «suelo hacer muchas operaciones».
Este martes la rutina ha sido la misma, pero con un aliciente: una gran fiesta de cumpleaños con su tarta y su ramo de flores. Sus compañeros han entonado las notas del ‘cumpleaños feliz’ y luego se han dejado llevar por los pasodobles que han sonado por los altavoces del centro. Risas, flores y abrazos ha llenado una sala en la que Lorenza también se ha animado a bailar del brazo de su sobrina.

Nació en Valdeosera, un pequeño pueblo de La Rioja que, como ella dice, «ya no existe». Durante la Guerra Civil, siendo apenas una adolescente, se marchó con dos amigas a Francia. «No sabía nada de francés, nada, pero había muchos españoles allí. El ambiente era bueno, así que me quedé».
Trabajó cuidando a una pareja de ancianos en París. «Ellos tenían chófer y otra chica que cuidaba de ella. Yo limpiaba, cocinaba y hacía la compra. Me trataron muy bien». Allí pasó más de 60 años de su vida, en el corazón de la capital francesa. «Me asomaba a la ventana y veía la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo…».
Cuando se jubiló, volvió a La Rioja. «Mi madre y mi hermana estaban enfermas. ¿Qué iba a hacer yo ya allí?», cuenta. Se instaló en San Román junto a sus tres hermanos, también solteros. Los cuidó uno a uno, con paciencia y amor. «Se me murieron los tres de repente», recuerda. En sus palabras hay nostalgia, pero también la aceptación de alguien que ha aprendido a abrazar la vida tal y como viene.

Hoy vive sola, pero nunca está sola. Su sobrina y el marido de esta se turnan para acompañarla cada noche. «Para mí ha sido como una segunda madre», dice emocionada. «Buena persona, trabajadora, siempre pendiente de los demás. No ha dado guerra nunca».
Hablando con Lorenza se pasa el tiempo rápido. Su lucidez es sorprendente, aunque a veces ella misma se dé cuenta de que en cuestión de segundos se le olvide la palabra que quería pronunciar. Lo mismo te habla del tenis de Rafa Nadal que de política, aunque en este último asunto no se mete porque «no me gusta discutir».
Cuando le preguntas si está enferma te desarma con su respuesta: «¿Enferma? Solo tengo vejez», ríe, aunque recuerda que estuvo «muy malita» cuando pasó una neumonía. Quizás ese sea el secreto para vivir 100 años: vivir tranquila, sin prisa y queriendo mucho. Habrá que seguir su ejemplo. ¡Muchas felicidades, Lorenza!


