Hace poco más de un año, Tricio celebraba con entusiasmo la apertura de un segundo bar en la localidad. Con casi 350 habitantes, había recuperado un espacio hostelero en plena plaza, bajo el edificio del Ayuntamiento, que venía a duplicar la oferta de encuentro y ocio. Sin embargo, doce meses después, la historia ha dado un giro: la Asociación de Personas Mayores, que gestiona el local municipal, vuelve a lanzar un llamamiento para encontrar a alguien dispuesto a regentarlo.
Los motivos de que las personas que han llevado la gestión este último año lo hayan dejado son personales, explican desde la asociación, pero la realidad es que el negocio queda disponible prácticamente a estrenar. «Es un sitio ideal, en la plaza del pueblo, donde no pasan coches, perfecto para familias con niños», resume Chuchi, uno de los responsables de la entidad. El atractivo es evidente: en verano la plaza se llena, los fines de semana el ambiente es constante y la competencia es mínima, porque en todo Tricio solo hay otro bar. «No da para hacerse rico, pero para sacarse un sueldo no es difícil», añade.
La oferta no puede ser más tentadora. No hay que pagar renta, solo los gastos de mantenimiento. Y además la asociación quiere implicarse, con la junta recién renovada, para programar actividades y dinamizar la vida en torno al bar. El objetivo es claro: asegurar que el local permanezca abierto porque perderlo sería un golpe duro para la vida social de Tricio.

La receta del éxito, según aseguran desde la asociación, pasa por mantener una barra bien surtida de pinchos, una tradición que en La Rioja es sinónimo de éxito en cualquier fin de semana. “Si se trabaja bien, incluso puede venir gente de otros municipios porque es una zona muy transitada”, subrayan desde la asociación. El bar no es solo un negocio, es también una herramienta para atraer visitantes, crear ambiente y reforzar el papel de la plaza como corazón del pueblo.
El año pasado la reapertura tuvo nombres propios: Ana García y su hijo Adrián, llegados desde San Román de Cameros, donde habían llevado el bar del Centro Social. Con ilusión, recogieron las llaves de un local a estrenar y se pusieron al servicio de los vecinos “desde las nueve de la mañana y hasta que se vaya a casa el último cliente”. Apostaron por bocadillos, emparedados y almuerzos entre semana, y una amplia barra de pinchos los fines de semana, buscando atraer tanto a los vecinos como a forasteros.
Hoy la situación es otra, pero la necesidad de mantener abierto el bar es la misma. Porque en los pueblos, los bares son mucho más que negocios. Tricio lo sabe bien. Por eso, ahora vuelve a buscar a alguien que quiera levantar la persiana y devolver a la plaza ese bullicio que solo un bar sabe provocar.


