Llevaban meses tranquilos, prácticamente desde el año pasado por estas mismas fechas. Pero la calma se ha roto de golpe: once ovejas muertas en poco más de una semana. La historia se repite y la sensación de impotencia se multiplica. «Somos reincidentes», dice con resignación Sara de la Osa, joven ganadera de Nieva de Cameros.
La semana pasada fueron siete ovejas las que encontraron muertas o tan malheridas que no quedó más remedio que sacrificarlas. Este miércoles sumaron cuatro más: tres hembras —alguna de ellas preñada— y un macho recién incorporado al rebaño. «Ahora estamos en pleno proceso para tener corderos para Navidad», lamenta. El golpe económico es duro, pero el emocional no lo es menos. «Además del dinero que pierdes, está el mal rato que te llevas. Al final convivimos con ellas todos los días, forman parte de nuestra vida», recuerda.
Sara asegura que cumplen con todas las recomendaciones que se les exige: tienen mastines, encierran al ganado cada noche, refuerzan los cuidados… pero nada parece suficiente. «Hacemos todo lo que se nos pide, pero no hay forma, es imposible convivir así. Siempre estamos en condiciones desiguales ante el lobo», resume.

El desánimo crece porque, aunque el lobo ha sido sacado del LESPRE (Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial), en el campo no se ha notado ninguna mejora. «Nos pagan algo más por las pérdidas, pero no merece la pena. Y menos si te dejan a las ovejas malheridas, porque entonces eres tú el que tiene que llamar al veterinario y pagarlo para que las sacrifiquen», denuncia. En teoría, estaban previstas extracciones controladas para contener la población de lobos, pero, según los ganaderos, de momento no se están aplicando.
El problema va más allá de las ovejas que aparecen muertas. «Las que no llegas a encontrar ni siquiera tienen compensación, y todos los años son muchas», explica Sara. «Somos jóvenes y estamos dispuestos a vivir en la Rioja rural, pero se nos están quitando las ganas», reconoce. La sensación es de estar librando una batalla sin respaldo real. «No queremos que se maten lobos, no queremos que nos den más dinero por cada animal muerto. Lo que queremos es que se solucione el problema y no tener que pasar estos malos ratos», insiste.
La reivindicación de Sara y de muchos otros ganaderos riojanos no pasa por acabar con el lobo, sino por encontrar fórmulas que garanticen la convivencia. Piden medidas efectivas que permitan proteger al ganado y, al mismo tiempo, mantener el equilibrio ecológico. Las pérdidas no se cuentan solo en euros ni en corderos que no llegarán a Navidad: se traducen en desánimo, en dudas sobre el futuro y en la amarga sensación de que, pese a todos los esfuerzos, la vida en el campo sigue estando en clara desventaja.


