La resistencia de José Tejedor por mantener el papel de Bargota como villa vitivinícola le viene de familia. Desde las estribaciones de la Sierra de Codés, esta población ha vivido varios siglos en una ardua lucha por lograr su independencia de Viana, llegando a ser también punto estratégico, y de contienda, en las guerras carlistas. Algo que su antepasado Juan Martín Echaide (Gascue, 1799) supo aprovechar manteniendo el oficio familiar de arriero cuando se asentó en Bargota.
Fue, precisamente, su experiencia realizando transacciones comerciales por gran parte de la península lo que le permitió abastecer de provisiones a los ejércitos durante la Primera Guerra Carlista, cruzando el frente para dar servicio a uno y otro bando. Aunque su papel fue más allá y Echaide acabó convirtiéndose (con el riesgo que ello implicaba) en el mensajero que logró tejer la paz entre los generales Rafael Maroto y Baldomero Espartero y dar pie a la firma del histórico Abrazo de Vergara en 1839 con el que se puso fin a este conflicto bélico (aunque unos años después el carlismo reaparecería con fuerza para dar forma a nuevas batallas).
El reconocimiento que adquirió este personaje permitió a la familia dar un impulso a esa vivienda en Bargota construida incluso antes de que se levantaran los primeros muros de la Iglesia de Santa María, datada del siglo XVI, y la cual se ubica contigua a la casona. La misma en la que José Tejedor elabora desde hace tres años su vino. El nombre de esta creación no podía ser otro que El Arriero Martín, haciendo fiel homenaje a las hazañas del negociante navarro. El primer vino embotellado de una familia que nunca cortó sus raíces con Bargota. Ejemplo, una vez más, de resistencia.

De hecho, los primeros cimientos de esta vivienda fueron dedicados a un calado, construido a partir de la roca madre que todavía hoy en día es visible en esa cueva. «Por eso esta es conocida como La Casa del Risco, porque dicen que está construida sobre un risco. Y por eso también a mi familia le llaman ‘Los Riscos'», apunta Tejedor. A partir de aquel calado que también cuenta con esos antiguos depósitos de hormigón se construyó después una vivienda que, con el paso de los siglos (y los años de bonanzas que llegaron para la familia), fue ampliando superficie y estancias. Una casa que ahora tiene capacidad para más de 20 personas, aunque allí solo viven la madre de Tejedor y sus hermanas. Este enólogo nacido en Logroño también vuelve al hogar familiar por unos meses, rememorando aquellos primeros años en los que se crío entre esas paredes de piedra. «Será por eso que siempre he sentido el pueblo como algo propio que me hace sentir tan bien precisamente en una casa donde el propósito siempre ha sido ser hogar y lugar de encuentro para toda la familia». Será por eso que siempre ha tenido en mente recuperar la actividad vitivinícola en Bargota con un proyecto propio, del pueblo y para el pueblo. Así se define La Casa del Risco, la pequeña bodega ubicada en el garaje de esta histórica vivienda, en lo que fueron las antiguas cuadras y donde Tejedor viene vinificando las últimas dos añadas (y ya van tres con la presente) con uvas cien por cien de Bargota.
Lo de criar viñas y hacer vino ya venía de antaño, de varias generaciones atrás, aunque fue con la muerte de su abuelo materno, José Fernández, cuando el negocio familiar concluyó. Seis hijas y un hijo hermano de La Salle no impulsó el relevo generacional en casa, así que fue el padre de Tejedor, Herminio, junto al resto de miembros de la familia política quienes se encargaron al menos de que la explotación agrícola no se abandonase (junto a las viñas, los olivos, almendros y fincas de cereal también forman parte de la hacienda familiar, tanto que la vivienda llegó a contar con su propio trujal). Eso sí, la producción de vino cesó y se pasó a vender toda la uva. Ahora, este modelo continúa vigente, pero el enólogo de la casa se guarda varios cientos de kilos de uva para rememorar el vino que hacía su abuelo (el resto de la cosecha la vende a Bodegas Beronia).

Apenas una pequeña prensa de madera, un depósito de inoxidable y una tinaja de plástico de 500 litros ocupan la zona de elaboración de esta bodega de garaje y eso es lo que le basta para elaborar alrededor de 300 litros de un maceración carbónica que, a su parecer, tiene un punto diferencial de las elaboraciones de este estilo que hacen en la Sonsierra. «Lo elaboro como lo hacía mi abuelo, quien pisaba un poco la uva y cuando la densidad estaba bajando la sacaba, la prensaba y terminaba de fermentar. El vino es un tinto ligero, con mucha fruta y un color mas suave. Justo lo que busco, porque en un mundo donde prima la barrica, yo me decanto por el vino de nuestros abuelos. Un vino sin taninos, fácil de beber, más delicado, sin complicaciones, para disfrutar en cualquier momento. Un vino auténtico de esta zona, fiel reflejo de los vinos que se hacían antaño aquí, aunque actualmente podría decirse que tiene más influencia francesa porque los vinos de maceración carbónica que estamos acostumbrados a ver en rioja son mucho más potentes».
Pero para llegar hasta aquí Tejedor ha pasado por unas cuantas bodegas y varias formaciones en vitivinicultura después de haberse licenciado en Ingeniería Mecánica, tal como le recomendó su padre: «De joven me dijo que estudiase algo que no estuviera vinculado al campo, pero con el tiempo me di cuenta que el contacto con la tierra y con la bodega era lo que más me gustaba». Así que cursó la formación en Enología en Montpellier y otra especializada en el sector en la Universidad de La Rioja. Después se dedicó a viajar por el mundo para hacer las vendimias. Dos años en los que dio la vuelta al mundo, «literal», para aprender diferentes estilos y diferentes formas de trabajar la viña. Desde Oregón hasta Nueva Zelanda, pasando por Italia y Chile. Su siguiente parada fue en Bodega Numanthia (en Toro, Zamora), pero aquello se prolongó solo durante dos años (entre 2013 y 2015) para después regresar a Francia, esta vez a Burdeos, y seguido, a Narbona. Fue en 2022 cuando este trotamundos del vino hizo las maletas para volver a casa.

«Circunstancias familiares provocaron que la hacienda quedara en el aire, así que no lo dudé. Era el momento de tomar las riendas del campo y, además, el momento de hacer mi propio vino». Son una veintena de hectáreas de viña, todas en Bargota, las que cultiva Tejedor (la mitad pertenecientes a su primo). Las edades de los viñedos van desde los 32 hasta los 75 años, estando unas ocho hectáreas plantadas en un vaso conducido (por eso de evitar los daños provocados por el viento), mientras que el resto están en espaldera, por lo que se vendimian con máquina. Son estas últimas las que aguardan ya una inminente cosecha, mientras que las que se han recogido a mano ya están a cobijo. «Y mira qué buen color tienen las hojas después del verano que han pasado y pese a no tener riego», señala mientras recorre una de las viñas viejas de la familia a unos 600 metros de altitud, agradeciendo el aire que «las protege de las enfermedades». Lo que no se imaginaba Tejedor es que hace, desde ya nueve meses, llegaría a compaginar este proyecto con la dirección de Viticultora en la Granja Nuestra Señora de Remelluri, en Labastida, mano a mano con Telmo Rodríguez.
Los pasos de este enólogo, como buen heredero de aquel arriero de Bargota, son pausados pero firmes para transmitir también la cultura de esta tierra. Las prisas no están en su cuaderno de notas, sino más bien las directrices de su abuelo para coger las riendas del negocio que él mantuvo. Ahora su nieto será el encargado de dar un paso más en este sueño familiar y embotellar el legado de Los Riscos. La primera añada de El Arriero Martín saldrá al mercado el año que viene con las uvas de este 2025 y las previsiones de producción rondan las 500 o 600 botellas. «No pretendo convertir esto en un proyecto de muchas botellas. El límite que me pongo estará en el entorno de las 2.000 y lo que quiero es venderlas en la zona, a restaurantes y bares de los pueblos de alrededor. Quiero que sea un vino local, con sello de Bargota, que recuerde a los vinos que se hacían antes en la zona», remarca. Y para ello la promoción del entorno es clave, por lo que Tejedor también apostará por el enoturismo: «Quiero convertir esta pequeña bodega en un lugar también de reunión y de disfrute y, sobre todo, quiero dar a conocer este territorio de Navarra que es también Rioja y que, por desgracia, es aún un misterio para mucha gente. Fíjate que ya los reyes de Navarra y de Nájera guardaban en esta zona una gran despensa de vino porque gustaba mucho lo que salía de sus uvas».



