Tinta y tinto

Septiembre siempre vuelve

El verano es ese paréntesis donde fingimos que el mundo no se está cayendo a pedazos. Nos lo creemos durante unas semanas. Hasta que el calendario se impone. Y aquí estamos otra vez. Se acabó lo que se daba. Las oficinas se vuelven a llenar de correos, los colegios desempolvan la pizarra digital y hasta nuestros políticos han cambiado el polo veraniego por la americana con corbata. Vuelve septiembre, y con él, la farsa de la rutina útil. Eso sí, la escenografía no cambia: los gimnasios se llenan de propósitos, los quioscos se vacían de revistas de verano y varios grupos de WhatsApp renacen con fuerza: el de la oficina, el de la AMPA, el del fútbol, el del cumpleaños de la prima y hasta el del pueblo para enviar las últimas fotos. Todo vuelve. Vuelven los madrugones, los tápers tristes y los atascos de las grandes ciudades. Vuelven también los anuncios de coleccionables absurdos, los fascículos de historia militar o de relojes de bolsillo, como si todos quisiéramos ser Churchill por entregas. Septiembre siempre promete y nunca cumple.

En este septiembre, como en todos, el nuevo curso político riojano viene con la mochila cargada. Empezando por las infraestructuras, que ya son esa asignatura de matemáticas que siempre se atraganta. Para entrar y salir de La Rioja hacen falta dos mochilas: una para el equipaje y otra para la paciencia. Los Alaris prometidos para sustituir al tren Chispita ni están ni se les espera, mientras los viajeros siguen coleccionando retrasos, cancelaciones y golpes de calor como si fueran souvenirs de una línea ferroviaria tercermundista. Las nuevas frecuencias del Alvia con Madrid han pasado de promesa a leyenda urbana, y lo de la «conexión ferroviaria» con Miranda de Ebro a través de un autobús roza el sarcasmo: más que conexión, parece una yincana. La alta velocidad, por su parte, es la quimera de siempre: tan cerca en los discursos, tan lejos en la vía.

En cuanto a carreteras, el calendario marca que en noviembre de 2026 diremos adiós al peaje de la AP-68 (ya sólo falta ponerse las pilas con los enlaces prometidos para no dejar aislados a media docena de pueblos). La famosa Ronda Sur de Ábalos, Koldo y Cerdán (tridente de Champions de la gestión opaca) abrirá —dicen— por las mismas fechas. Y la A-12… bueno, poco a poco, no vaya a ser que descubramos de golpe lo que es una autovía y nos creamos europeos. Del aeropuerto, mejor no hablar: está tan mal que cualquier proyecto nos hará sentir que vuelve a ser útil, como si programaran vuelos a Marte.

También seguimos suspensos en acceso a la vivienda, otra de esas materias que se complica a medida que avanza el curso. Ese derecho constitucional que ha acabado cotizando en bolsa. Lo dijo hace poco Gabriel Rufián en El País, y aunque a veces parezca más tuitero que político, en esta dio en el clavo: «La gente rica invierte en tres cosas en este país: oro, bolsa y casas. Se trata de que una casa deje de ser un negocio y pase a ser lo que nunca debió dejar de ser: un derecho». No es ideología, es sentido común.

Mientras los jóvenes hacen malabares para pagar un alquiler en un barrio sin ratas, con suerte, y los que tienen la suerte de heredar una casa de sus padres o sus abuelos se consideran los más afortunados del mundo, seguimos sin atajar el problema de raíz. Aquí se habla mucho de burbuja y muy poco de impuestos. Porque si alguien viene a comprar media ciudad para convertirla en apartamentos turísticos, que al menos lo pague caro. «Porque es imposible que alguien valore nada de lo que hace la izquierda si vive en un zulo». En La Rioja no tenemos un turismo masificado que expulse a la población local, cierto, pero igual es momento de repensar qué modelo urbano y turístico queremos antes de cometer los mismos errores que otros. Porque las oportunidades llegan, pero las decisiones equivocadas también.

Y luego está esa asignatura que nadie quiere ni mencionar: la integración de la segunda generación de inmigrantes. Uno de cada tres riojanos de entre 20 y 35 años ha nacido fuera de España. Una cifra que no se suele contar en los discursos institucionales, pero que sí aparece —como un fogonazo— cuando se habla del reparto de menores migrantes, cuando estalla un conflicto como el de Torre Pacheco o cuando en Calahorra se empiezan a dar los primeros síntomas de una tensión que no hará sino crecer si no se aborda con inteligencia, con recursos y con política de verdad. Porque el silencio del centro político, la falta de discurso, el «mejor no tocarlo», no hace más que alimentar a los extremos. Y a eso ya llegamos tarde.

Cojamos de nuevo palabras de Gabriel Rufián (sí, está en racha y este verano ha estado más lúcido que la mayoría), en este caso en El Mundo. Decir que hay que hablar claro no te hace facha, te hace adulto. Aquí nadie quiere vincular inmigración con delincuencia, pero la izquierda no puede seguir actuando como si todo fuera culpa del algoritmo de las redes sociales. «Hay que hablar de orden, de seguridad y de multirreincidencia». Porque mientras algunos siguen colgando pancartas, hay barrios enteros que viven con miedo. «Fundado o no, pero lo tienen».

Y si la política no ofrece un discurso claro, la ciudadanía se agarra al clavo ardiendo de quien les dice que lo arregla en cuatro gritos. Esto no va de castigar al que viene (o a sus hijos ya nacidos aquí), sino de exigir lo mismo que exigimos a cualquiera: respeto a las normas de convivencia, integración real, educación y empleo. Como hicieron sus abuelos, como hicieron los nuestros. Porque si no somos capaces de garantizar eso, no es que perdamos la convivencia: es que perdemos el país.

En paralelo, hay otras asignaturas optativas que todos intentan evitar: el modelo turístico; el sistema de pensiones; el relevo en la agricultura, que este año ha sobrevivido al mildiu y las tormentas como ha podido; la sanidad, donde pedir cita se parece cada vez más a comprar entradas para un concierto de Rosalía; y la educación, donde la integración real va más allá de pintar murales por el Día de la Diversidad.

De la política útil ya si eso hablamos en octubre, que todavía nos quedan días de verano (leer con voz de Amaral) para seguir fingiendo que septiembre no existe y que todo va bien. Para brindar sin brindis, dormir sin culpa y pensar, aunque sea un poco, en cómo carajo vamos a arreglar todo esto. Incluso para ignorar el calendario, mirar al cielo y hacernos los locos un rato más antes de volver a cabrearnos con el mundo.

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