Toros

Diego Urdiales sacude los pilares del toreo en Bilbao

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

Cuando a eso de las siete y treinta y ocho minutos de este viernes 22 de agosto Matías González hizo asomar los dos pañuelos blancos de golpe en su palco de Bilbao, los pilares del toreo acababan de ser sacudidos por Diego Urdiales. O derribados, mejor dicho. Pareció ese mensaje de Matías el reporte del sismógrafo: terremoto de torería de nivel estratosférico en la escala Richter. Un tsunami de fe y de emoción.

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

Fue la obra de Urdiales algo sublime. De una grandeza descomunal. De una belleza inabarcable. De una emoción nunca antes conocida. Un tratado de torería. Un torrente de pureza. Un terremoto de verdad. Un monumento al toreo y un monumento de toreo en definitiva. Una clase magistral de tiempos, terrenos, temple, colocación, gusto y sabor. Sacudía así los pilares del toreo actual Diego Urdiales, repitiendo aquella historia suya con otro glorioso renacer en Bilbao. El cuarto ya.

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

Regresó Diego Urdiales a su plaza de Bilbao por la vía de la sustitución. De Morante nada menos. Otra vez negado el pan y la sal en los despachos. Otra vez el puñetazo sobre la mesa. Otra vez la obra soñada. Llegó este acabose de toreo en el cuarto, frente a un cinqueño de nombre Guapetón que no fue tal. Ese perfil de Garcigrande: chato, recortado el cuello, rematado y bajo. Cierto es que no había hecho nada halagüeño en los primeros compases de su lidia: aquel salir con la carita alta punteando los engaños vino a afearse aún más cuando cantó su mansedumbre en el caballo. Tampoco tuvo en banderillas aquella alegría de sus hermanos y hasta pareció querer desarrollar cierto sentido.

El caso es que Urdiales se fue a los medios para brindarlo a su Bilbao. O a lo que queda de él.

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

El inicio a dos manos por bajo desprendió torería y dejó intuir prontitud en una embestida de cierto recorrido. Fue Urdiales cincelando las buenas virtudes de Guapetón a base de suavidad. Aquel embarcar las embestidas con los vuelos de su muleta inertes sobre en ceniciento ruedo bilbaíno. Pulseaba luego Urdiales aquellas embestidas: inapreciable el toque; inexistente, yo diría. Guapetón pasaba, Urdiales mandaba y se imponía. Y la obra empezó a adquirir ritmo y compás. Y a crujir Bilbao y el toreo mismo. Todo tan sutil.

Y al natural derribó Urdiales los pilares de ese toreo ya crujidos. Alcanzó la izquierda de Urdiales una majestuosidad pocas veces antes conocida. La profundidad infinita; la hondura soñada. Aquella forma de enfrontilarse. Aquel corazón ofrecido. Aquella figura tan encajada. Aquellas muñecas tan rotas. Esculpió Urdiales así, natural a natural, un monumento al toreo. A cuál más templado; a cuál más interminable. En esas se rajó Guapetón y Urdiales supo sujetarlo con toda aquella torería intacta; preclara su mente. Volvió a enfrontilarse Urdiales ofreciendo todo su ser ahora. La misma verdad con la que se fue tras la espada. Otra vez la historia y Urdiales se daban la mano sobre el negruzco ruedo de Bilbao. Otra vez Bilbao patas arriba y, a la vez, a los pies del riojano.

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

Abrió la tarde otro toro cinqueño, ofensivo por delante y más alto y que hizo casi todo siempre con la cara alta. Con aquel querer puntear los engaños, cuando no saliendo distraído.

Tan encajado como luego, Urdiales dibujó dos trincherillas de cartel y, en aquel intento de abrir caminos, firmó otros tantos derechazos de genial trazo, tan encajada la figura. Todo tan torero. La entrega que le faltó a este toro de Garcigrande le sobró a Urdiales con la espada, dejando una estocada de premio no atendido por el palco. Paseó una vuelta al ruedo.

El caso es que los sucesos acontecidos en el cuarto marcaron el devenir de la tarde. Poca había pasado antes, ya nada pasó después. Talavante se las vio con un oponente de embestida ya templada de salida y, a Dios gracias, casi siempre venciéndose hacia el torero en cada embestida, lo que maquilló la falta de reunión del extremeño. Luego brindó a Urdiales y la tarde se había puesto tan cara que tuvo que optar por el arrimón a veces temerario. Paseó una oreja cuando Bilbao ya era un manicomio.

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

Borja Jiménez se las vio con un toro que parecía descoordinado y que se acabó pronto. O el sevillano lo exprimió en sus albores con aquel inicio en los medios de rodillas. También recibió albores sexto de rodillas, otro toro falto de poder que terminó acabándose pronto. Eso, o es que Urdiales para entonces ya había puesto el toreo patas arriba.

FOTO: Plaza de Toros de Bilbao.

Ficha del festejo

  • Plaza de toros de Bilbao. Quinto festejo de las Corridas Generales. Casi lleno.
  • Toros de Garcigrande, bien presentados y faltos de poder y manejables en conjunto.
  • Diego Urdiales: vuelta al ruedo y dos orejas.
  • Alejandro Talavante: silencio tras aviso y oreja.
  • Borja Jiménez: silencio y ovación.
  • Al finalizar el paseíllo, el público obligó a Borja Jiménez a salir al tercio a saludar una calurosa ovación después de su tarde en Vista Alegre el pasado miércoles, en la que el torero sevillano indultó al sexto de la tarde, de nombre ‘Tapaboca’, de La Quinta

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