Los bares de barrio tienen un encanto especial. Te conocen tanto, que no hace falta ni que digas lo que quieres: ya te lo están sirviendo nada más entrar por la puerta. Te llaman por tu nombre y te preguntan por la familia. Y, si te atiende Silvia, siempre hay lugar para chascarrillos y bromas.
Un buen bar de barrio es aquel en el que puedes desayunar, almorzar, echar el vermut y cenar sin necesidad de abandonar tu taburete en la barra o tu mesa a la sombra de la terraza. Silvia Palou lleva al frente del Edelweiss «unos seis años» y lo tiene claro: no lo cambia por ningún local en La Laurel. Lo dice con conocimiento de causa: trabajó en uno de los bares más conocidos. «Aquí hay más libertad. Aunque tengas jaleo, es de otra manera. El ambiente es diferente». En ese momento, entra un repartidor. Entre broma y broma, firma el albarán y se despide hasta la próxima.
Aunque parece haber nacido detrás de la barra, no se ha dedicado a la hostelería toda la vida, empezó cuando se separó y, desde entonces, ha trabajado «en Cenicero, en Fuenmayor y en varios bares de Logroño». Hasta que, por fin dio el paso y se convirtió en su propia jefa: «Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Nadie te dice qué hacer ni cómo, así que lo puedes hacer como a ti te gusta y soy yo la que pone los horarios. También es verdad que si falla alguien o si hay algún lío te lo llevas a casa». Aun así, tiene claras sus preferencias: se queda con su puesto de jefa.

Un cliente entra por la puerta. Silvia le saluda por su nombre y pegunta: «¿Con leche?» Cada mañana, calcula que pone «unos cien cafés» y «del 90 por ciento me sé el café, aunque siempre confirmo».
El buen rollo es recíproco a ambos lados de la barra. Silvia bromea con los clientes, pero estos no se quedan callados: «Me llaman Miércoles porque meto muchos zascas. Que me dicen algo y la suelto». Ahora el que llega es Rober, su compañero y con quien lleva el bar.
«Soy mucho de hablar, de relacionarme. Me lo paso muy bien». Silvia es de esas personas con una energía imparable. Aún así, es cuadriculada: «Tengo que dejarlo todo bien hecho, bien puesto». Si no, no descansa tranquila.
Tiene el mercado más que estudiado: «Cuando más se trabaja es cuando hay fútbol. Y da más trabajo la Champions que la Liga. Y ya, si juegan equipos españoles, ni te cuento».
La parte que menos le gusta de su trabajo son las tardes. Por eso, en cuanto pudo, se las quitó. Eso, y no poder cogerse vacaciones «todas las semanas», comenta riéndose.
No es, ni de lejos, hora punta. Aún así, el trajín de gente no para. Clientes y proveedores no dejan de entrar y Silvia no deja de ponerles el café como a ellos les gusta y, de guarnición, alguna que otra broma. María, el alma de la cocina, no deja de trabajar: el turno de desayunos pronto dará paso al de los almuerzos y este, al del vermut. Tienen que estar preparadas para cuando lleguen los «vinateros del barrio».


