Cultura y Sociedad

«Aquí hacemos casi de todo»

Pilar Pérez y Alejandro Gainzarain

Aún quedan negocios de los de toda la vida. De esos que cuando cruzas el umbral de la puerta es como si el tiempo se detuviera. La atención es cálida, cercana, la de siempre. El servicio, impecable. Aquí huele a cuero y a experiencia, a veces también se cuela el aroma de algún pincho de la San Juan.

Pasear por esta calle de buena mañana es sinónimo de verjas echadas, aunque siempre hay una abierta desde hace ochenta años: la de curtidos Herrero. Cuando los anteriores dueños dejaron el negocio, Pilar y Alejandro cogieron el relevo y han sido los encargados de mantener vivo este pedazo de historia de la ciudad. Y han cumplido con creces. Por la puerta no dejan de entrar clientes que vienen a recoger o a dejar un encargo. Confían en las manos de este matrimonio para dar una segunda vida a sus prendas y accesorios.

«Aquí hacemos casi de todo», cuenta Pilar Pérez orgullosa. Lleva «unos 20 años o así» trabajando en este negocio. Su marido, Alejandro Gainzarain, 37. «Nos dedicamos a mucho arreglo, mucha cremallera. También vendemos mucha marroquinería y la arreglamos. Si tú te compras un ‘cinto’ se acorta, se deja a tu medida. Todo lo que sea de coser», añade Pilar.

Trabajar codo con codo con tu pareja puede parecer una pesadilla para muchos. Para ellos, es rutina: «Llevamos muchísimos años 24 horas al día juntos y nos llevamos bastante bien».

Internet se ha convertido en uno de los mayores aliados de este comercio de toda la vida: está acercando el mundo de los arreglos a los más jóvenes. «Ya empieza la gente joven a venir a arreglar cosas. Antes eran más de gastar, pero ahora ya se compran bolsos y, aunque les cuesten baratos porque compran mucho por internet, si se les rompe el asa, se les arregla».

La verdad que comprar por ciertas plataformas (no hace falta decir nombres) es una lotería. Por eso nunca está de más apostar por el comercio de proximidad, aunque no estoy yo para dar lecciones de moralidad a nadie que estoy esperando que me llegue un pedido y tengo el carrito lleno para el siguiente. Consejos vendo, que para mí no tengo.

«Para vender tampoco hay que estudiar mucho y para coser, pues ya sabes, con el tiempo. No cuesta mucho, simplemente hay que saber coser». Al momento, cambia de parecer: «Bueno, no lo sé, porque llevo tanto tiempo que ya lo veo algo rutinario». Pilar lo tiene interiorizado, sus manos hilvanan las agujas con la precisión de un cirujano, por eso le resta mérito a lo que hace, pero lo tiene.

Curtidos Herrero es parte del alma de la San Juan. Uno no se imagina recorrer esta calle y ver el escaparate vacío. «Es un comercio que al llevar toda la vida lo conoce todo el mundo», y tanto. No solo van los locales, también vienen de «todos los pueblos y de otras ciudades como Barcelona, Madrid, Vitoria, Pamplona… ciudades cercanas y lejanas».

Para hacerse una idea de lo bien que trabajan hay quienes se han ido a vivir fuera de Logroño, incluso al extranjero y, cuando vuelven, «traen todos los arreglos». Pilar no lo entiende: «Siempre les digo que en Madrid tienen que tener muchísimas tiendas de arreglos, pero me dicen que no». Eso, o que no se fían de cualquiera.

Sin embargo, Pilar y Alejandro no tienen sucesores para la tienda. Sus hijos ya tienen sus trabajos y, de momento, «nadie se ha interesado que sepamos». Pero aún les quedan años detrás del mostrador y en el taller.

En un mundo donde el consumismo es la ley, darle una segunda vida a las cosas es casi un acto revolucionario y más si el arreglo se hace en un negocio de los de toda la vida. Cuando me voy, Pilar y Alejandro no se quedan solos, les acompañan clientas que se niegan a dar el adiós definitivo a sus prendas.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top