Cultura y Sociedad

Los tesoros al descubierto de la morada del último obispo en Calahorra

Frente a la Catedral de Santa María en Calahorra, como si deseara sostener un equilibrio de siglos entre piedra y silencio, se alza el Palacio Episcopal. Único en La Rioja, imponente, sobrio, colmado de historia y de balconadas… y hasta hace poco, envuelto en un misterio casi monacal.

Desde el pasado 1 de agosto, por primera vez, sus puertas se abren al público de manera continuada. Y no se trata únicamente de exhibir muros centenarios o mobiliario distinguido, sino de revelar una parte íntima y hasta ahora desconocida del alma de este edificio episcopal. «La mejor manera de conservar el patrimonio es que se conozca», afirma con convicción el párroco Jesús Ignacio Merino, verdadero artífice de este renacer. Y en sus palabras no hay retórica vacía, sino una certeza arraigada.

Su historia se remonta al siglo XVI, aunque el edificio actual -de estilo barroco y espíritu ilustrado- adquirió su forma definitiva en el siglo XVIII. Desde entonces, ha permanecido casi inalterado. Solo un puñado de personas ha podido recorrerlo en los últimos años, y lo que se muestra al público representa menos de un 20 por ciento de su extensión total.

Aún así, este verano, es posible cruzar su imponente zaguán, ascender por su escalera noble de piedra arenisca -con peldaños de una sola pieza, casi esculpidos para la eternidad- y adentrarse en estancias donde antaño solo pisaban obispos, secretarios y custodios del silencio. El recorrido se ha ampliado para incluir espacios hasta ahora vedados: la biblioteca, la capilla de los años veinte, e incluso la habitación del último obispo que residió entre sus muros, Don Abilio del Campo, cuya presencia se mantuvo viva en el palacio hasta 1976.

Uno de los momentos más sobrecogedores del recorrido es, sin duda, la entrada a la biblioteca. Miles de volúmenes antiguos, alineados en estanterías de maderas nobles, susurran siglos de pensamiento, oración y sabiduría. No es una sala cualquiera: es el corazón palpitante de un edificio que durante siglos fue el centro espiritual e intelectual de toda la diócesis.

«Esta biblioteca jamás había estado abierta a las visitas. Entrar ahí es como entrar en la mente del palacio», comentan quienes la conocen bien. Y es que hay algo profundamente humano en esos libros silentes, que parecen seguir aguardando al lector que los despierte de su letargo.

Otra de las estancias que más conmueve es la antigua habitación del obispo. Se conserva prácticamente tal como la dejó su último inquilino: el escritorio, la cama, su mundo detenido en el tiempo. «Es como si aún viviera aquí». Pero también se puede ver el salón del trono, la sala de los pasos perdidos, la escalera noble…

Todo esto es posible gracias a muchas personas. La principal: el sacerdote que durante décadas ha cuidado del edificio con abnegación, el Don Ángel. «Ha entregado su vida para preservar este patrimonio. Sin él, muchas cosas ya habrían desaparecido», reconoce con gratitud el párroco Jesús Merino. Su labor silenciosa ha sido fundamental para que hoy podamos contemplar lo que durante tanto tiempo permaneció oculto.

Pero nada de esto habría sido posible sin la entrega de los voluntarios. Jóvenes historiadores y estudiantes de arte de la asociación Nártex que han llegado desde Madrid para ejercer de guías con rigor y pasión. Personas como Belén o Leo, que no solo describen cuadros o muebles, sino que narran la vida que late en ellos. «Nuestro lema es hacer hablar a las piedras». Y lo cierto es que lo logran con creces.

A ellos se suman numerosos voluntarios de las parroquias de Calahorra, que han colaborado con entusiasmo. Gracias a todos ellos, durante el mes de agosto es posible visitar el Palacio seis veces al día, distribuidas en tres horarios matinales y otros tres por la tarde. A cinco euros por persona, 8 si se incluye la Catedral. Y si la acogida del público resulta favorable, la intención es mantenerlo abierto también en puentes, Navidad… e ir ampliando el acceso paulatinamente.

«Si logramos abrirlo por completo, sería el museo más importante de La Rioja», afirma el párroco con la serenidad de quien ha visto con sus propios ojos el tesoro que duerme entre estos muros. No exagera: se conservan tablas del siglo XV, piezas de orfebrería, vestiduras del Concilio Vaticano II, documentos, esculturas, mobiliario de época, restos arqueológicos… y, por encima de todo, estancias que aún esperan su momento para volver a hablar.

Por ahora, solo se ha habilitado una tercera parte de una de las cuatro plantas. «No podíamos esperar a tenerlo todo listo, porque entonces jamás habríamos abierto», explica con franqueza. El proyecto avanza paso a paso, con constancia y sin prisa. «Ojalá cada año podamos abrir una sala nueva».

Este edificio episcopal tan poco conocido por los calagurritanos está redescubriendo su alma. Y quienes la visiten este verano no solo recorrerán un palacio, entrarán también en un espacio vivo, que ha vuelto a respirar gracias al esfuerzo de muchas personas que se han negado a darle la espalda.

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