La Rioja

«Como socios tendría que tener un abogado y un psicólogo»

Patricia Benito

Todos, absolutamente todos, nos volvemos un poco más tontos cuando nos enamoramos. Hasta la persona más inteligente del mundo hace tonterías cuando le alcanza la flecha de Cupido. Lo que de toda la vida se ha llamado locuras por amor. Una de las más comunes es tatuarse el nombre de tu pareja. O, peor aún, su cara.

A Patricia Benito lo que le da de comer son estas decisiones, un «99 por ciento» de su jornada laboral se basa en solucionar estos desaguisados. «Hay gente que viene con el nombre que se lo ha puesto hace poquito y yo creo que se arrepienten no nada más pagar al tatuador, si no a la primera bronca», comenta entre risas. Pero también los hay que van un paso más allá y se tatúan retratos: Pero además, no pequeños, no: a tamaño real».

Pero ojo, que no son solo los enamorados los toman decisiones cuestionables. «Te puedes encontrar de todo. Muchos tatuajes que se hacen en despedidas de soltero, emoticonos en diferentes partes del cuerpo… Una vez vino una persona que tenía tatuado un kiwi en un tobillo y un aguacate en el otro. Lo vi y dije: ¡Anda, como los Fruittis!». Cuando le pregunto cuál es el más feo responde sin dudar ni un segundo: «Uno que yo pensaba que era un cacahuete, pero eran dos dados. Para que te hagas a la idea de cómo estaba».

Casi todo en esta vida son modas y, lo que en los 2000 nos parecía indispensable para triunfar, ahora miramos con la retrospectiva del tiempo y nos parece un horror. Pues con los tatuajes pasa igual: «En los 2000 todo era tribales, duendes, las estrellas». Últimamente lo que más se ha llevado son los microtatuajes: dibujos muy pequeños de cosas aleatorias. Pero su tiempo ya está terminando: «Viene muchísima gente a borrarse doce tatuajes de golpe».

También hay mucha gente que acude a Patricia porque en el trabajo les han dicho que o se lo quitan, o se lo tapan. «Yo no juzgo a una persona por los tatuajes que lleve, pero sí que es verdad que hay tatuajes y tatuajes», señala, y lo hace con conocimiento de causa: lleva trabajando en esto más de diez años y, como dice ella, tiene anécdotas para aburrir.

Y ahora se ha puesto muy de moda contratar a un tatuador para tu boda: pésima idea a largo plazo, aunque en el momento las risas están aseguradas. «¿Por qué nadie les dice a los novios que no es buena idea? Date cuenta de que el 80 por ciento de las personas han bebido y que las condiciones no son las más idóneas para tatuar».

Seguro que algún tatuaje ha durado más que el propio matrimonio. Como el de un pobre que se casó, se tatuó y al poco tiempo se divorció: «Me dijo que se lo tenía que quitar, que ya había intentado taparlo, pero que se seguía viendo y que tenía que quitarlo porque ya había encontrado a otra persona». En fin, qué corto fue el amor y qué largo el proceso de borrarse el tatuaje.

Hacerse un tatuaje es relativamente rápido. Borrarlo, no tanto. «No hay ningún láser en el mercado que elimine el tatuaje. Lo que hace es fraccionar en trocitos y el propio cuerpo lo va eliminando», explica Patricia. «Por eso no es un proceso rápido, se tarda unos meses, de seis a nueve, aunque siempre depende del tatuaje y de cada uno», añade.

Al empezar, Patricia decía que tendrían que tener como socios a un despacho de abogados. ¿Por qué? Hasta su clínica llegan también muchas clientas para arreglar destrozos que les han hecho con la micropigmentación: «Alguna señora ha venido con una ceja completamente recta y la otra curva. No hay derecho. Alguna señora mayor ha venido que le han rapado la ceja y les han hecho unas cejas como si fueran Spock. Es una vergüenza que alguien invierta en hacerse algo y le dejan desgraciada para el resto de su vida».

Ahora, después de llevar años trabajando arreglando estropicios de todo tipo y con historias de lo más pintorescas detrás, cree que es mejor idea «tener como socios a un abogado y un psicólogo».

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