Cultura y Sociedad

«Todos me han dado de comer, desde presidentes a albañiles»

Sixto Bezares

Entre la vorágine de comercios de moda rápida, donde no hay espacio para lo particular, aún quedan negocios donde a las prendas se les dedica tiempo, precisión y cariño. A todas y cada una de ellas. Sixto Bezares lleva siendo sastre toda la vida: «Desde los catorce años que empecé». Casi sesenta años entre agujas y patrones. Ahí es nada.

Lo hace todo a medida y a gusto del cliente. Orgulloso, enseña uno de sus últimos trabajos: la americana de un traje de novio. Pero ahí no termina todo: la tela del forro interior está repleta de escudos del Real Madrid.

Lo que le motiva a seguir entre costuras después de tantos años son los clientes, es algo que no duda ni un segundo: «Si sigo aquí es por la fidelidad de los clientes. Les he hecho el traje de la boda, el del bautizo de los nietos y luego, el de las bodas de oro. Realmente no son clientes sino familia».

Su taller lleva en Pérez Galdós desde 1980 y por él han pasado «desde presidentes, hasta albañiles, notarios, carpinteros… Vienen todos, no tengo preferencia por ninguno. Todos me han dado de comer». No hay jerarquías, ni distinciones. Trata a todas las prendas y a todos los clientes con el mismo cariño.

El de sastre puede parecer un oficio obsoleto. Nada más lejos de la realidad. Ahora, los jóvenes se hacen trajes «más que nunca». Sixto no sabe el motivo exacto, pero está encantado con que les haya dado «por vestir más a medida, buscando cosas distintas. No ir siempre igual, que vas a La Laurel y parece que vayamos todos iguales».

Los trajes que hace Sixto tienen una ventaja: «Puedes hacer lo que te dé la gana». ¿Que quieres una americana cruzada? Sixto te la hace. ¿Que la prefieres con tres botones mejor que con dos? Sixto te lo arregla. Es la ventaja de lo personalizado. De lo que se hace con tiempo y dedicación.

Y es que el proceso de hacer un traje no sencillo. Como poco, requiere de «unas cuarenta horas de trabajo». Sixto lo hace todo en su taller: desde la selección de la tela, hasta la entrega. «No mandamos nada fuera. Bueno, fuera sí, que me lo llevo a casa porque no me da tiempo aquí a hacerlo, pero ya me entiendes, no lo mandamos a una fábrica a que lo hagan», señala. Por la puerta de su sastrería entra un idea, pero sale un traje.

A pesar de llevar en esto toda la vida, Sixto está «contentísimo de trabajar porque todos los que vienen aquí son ya amigos». Pero admite que ya no es lo mismo. El tiempo pasa y los años pesan: «Piensas en lo que hacías hace veinte años y ahora es imposible. Ahora das diez puntadas y tienes que soltar seis porque las calas. Los dedos, las piernas la cabeza… ya no es lo mismo».

Lo tiene claro: «El día que cierre, quito el teléfono y me voy. Lo que no voy a hacer es a uno sí y a otro no». El día que pare, será porque no puede más, no porque quiera. Cerrar es algo que tiene «continuamente en la cabeza», pero tarda entre poco y nada en cambiar de parecer: «Estoy a gusto aquí, me gusta la profesión. Ese es mi problema. Que como me gusta, no me molesta estar».

También está la responsabilidad de ser el último sastre en La Rioja en activo. El suyo es un oficio para el que no hay herederos: «Ahora no tienes a nadie a quien enseñar. Yo lo que necesito es a gente que me eche una mano. Lo primero, no hay y lo segundo, es muy complicado estar trabajando a la vez que enseñas».

Ell día que baje la persiana está aún lejos, pero será el fin de una era. Con Sixto se irá un oficio histórico y parte de la elegancia a medida de la comunidad.

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