En su pequeño taller, siempre suena de fondo el traqueteo de las máquinas de coser. Decenas, cientos de prenda de ropa esperan colgadas en perchas a que sus dueños vengan a recogerlas. Al cuello lleva la cinta de medir amarilla que hay en todo costurero español. La suya está desgastada, prueba del trote que lleva. Nos sentamos en la cafetería que hay junto al taller y durante el rato que estamos hablando, no para de saludar a gente. Siempre con una sonrisa en la boca. Siempre con una palabra amable para todos.
El de modista es un oficio que Albanur, Alba, Cambindo lleva en las venas desde pequeña. «A los doce años mi madre me compró por Navidad un pantalón verde, de pinzas. Yo no me puedo estar quieta y decidí que podía sacar dos prendas de ese pantalón: unos ‘shorts’ y una falda». Así hizo y su primera incursión en el mundo de la moda le valió una buena bronca de su madre: «Con un enfado enorme me dijo que me iba a poner a estudiar modistería, a ver si servía para algo. Y aquí estoy, no he parado desde entonces». Su formación no terminó ahí, Alba necesitaba más, así que se puso manos a la obra a estudiar Diseño y Alta Costura.

Su historia comienza al otro lado del charco, en Colombia, donde nació y vivió hasta hace 26 años, cuando llegó a Logroño: «Empecé trabajando en casa, me compré mi maquinita e iba haciendo arreglos y la gente me iba conociendo poco a poco». De ahí, pasó a trabajar en una empresa, en la que tenía un puesto fijo: «Pero no estaba a gusto. Sentía que me faltaba algo, que no estaba explotando lo que yo estudié».
Tras pensarlo mucho y gracias a una amiga que le dio el empujón que necesitaba, Alba decidió dar el paso y abrir su propio negocio «con mucho miedo», pero el esfuerzo y la constancia han dado sus frutos. Tiene ya su clientela fija y hay veces que hasta tiene lista de espera: «Tengo dos empleadas y mucho, pero mucho trabajo, no me puedo quejar. Intento hacerlo todo con mucho amor».

«Es un trabajo muy bonito, muy gratificante, pero te tiene que gustar de verdad para hacerlo bien. A mí es lo que me da la vida. Lo llevo dentro». Se muestra muy agradecida con la vida y con Logroño. Sobre todo, con su gente. Aunque, como en todo trabajo al público, se ha encontrado de todo: «Hay gente con mucha paciencia, pero también hay quienes parece que la prenda que han dejado en la tienda es la única que tiene en el armario».
Por lo general, «hay gente muy buena, pero también hay quien me ha hecho llorar. Tenemos que tener empatía. Tengo mucho trabajo y, si no está hecha la prenda, no es porque yo no la quiera hacer, es porque no he llegado».
El auge de las compras por internet ha sido, curiosamente, una bendición para su negocio. «Nunca pensé que internet me fuera a dar trabajo a mi. La gente compra ropa por internet y le llega lo que le llega y, claro, lo tienen que arreglar. Entonces, aquí está la modista para adaptarlo», comenta entre risas.
Soñaba con «haber estado de diseñadora en alguna pasarela. Pero bueno, esta pasarela de aquí está mejor», comenta en referencia al pasaje donde se encuentra su taller. Alba se queda tras el mostrador, siempre sin perder la sonrisa y siempre con una palabra amable para todos.


