El sushi está de moda. Prueba de ello es la cantidad de restaurantes de este tipo de comida que hay en Logroño y semana tras semana continúan llenando su agenda de reservas. Sashimis, nigiris, gyozas, edamames y un sinfín de platos con nombres que hace años no habríamos sido capaces ni de pronunciar, hoy en día han pasado a formar parte de la dieta habitual de muchos riojanos.
Cuando Leonardo López llegó de Venezuela hace dos años y medio no se esperaba la suerte que le iba a traer Logroño: «Fue una sorpresa, la gente me decía que solo podría ser o cocinero o ayudante de sala, lo típico. Pero uno siempre aspira un poquitico más. No hay que flaquear: el que persevera vence».
Comenzó barriendo una de las tantas terrazas de la calle Bretón y, hace un año, empezó como ayudante de sala de Makitake, un céntrico restaurante de sushi en la capital riojana. Al principio, con un contrato de veinte horas, pero pronto lo aumentaron hasta cuarenta. Y, en un abrir y cerrar de ojos, llegó a ser encargado y también, en un segundo, fue nombrado gerente.

Estos meses han sido «sangre, sudor y lágrimas» y es que llevar un restaurante no es cosa menor y «ser buen líder no es fácil, no puedes flaquear». «Hay días que me siento mal, no soy un robot. He abandonado muchas cosas por entregarme aquí al cien por cien porque quiero aprender».
Pero, poco a poco, Leonardo ha conseguido «ganarse el corazón de todo el equipo», aunque también se ha ganado la fama de llevar el restaurante con mano de hierro: «No boto a la gente, si el que viene aquí lo hace mal, que se vaya a otro lado a hacerlo mal. Porque todos aquí lo hacemos bien». Para él es «buenísimo que la fama que me estoy ganando sea de que este es un negocio serio». Su máxima es que en el restaurante atiendan «igual de bien que me gustaría que me atendieran a mí».

Le han ofrecido un puesto en otro restaurante, pero Leonardo dijo que se quedaba en Makitake «aquí me dieron la oportunidad y aquí me quedo hasta que Dios me diga que ya he cumplido». Sueña con abrir su propio restaurante un día, no tiene prisa. «Yo sé que Logroño me tiene algo bonito preparado y ya me lo está demostrando», cuenta mientras mira a su alrededor, admirando el local del que es gerente.
Aunque es el jefe, es el primero en arrimar el hombro: barre, sirve, ayuda en la cocina y atiende las mesas. «Incluso tengo un patinete con el que hago algún que otro reparto», explica. Leonardo es «el primero en llegar y el último en irse». Todos los días antes de abrir riega las tres macetas que llevan el nombre de sus abuelas: Josefina, Rafaela y Lidia. Todos los días habla con ellas y les pide que «por favor, este negocio sea próspero».


