Tinta y tinto

Voces entre columnas y morenos

Oigo voces. En ocasiones, oigo voces. Estoy preocupado. No sé de dónde vienen ni a dónde van, pero encierran anuncios, promesas y críticas sobre el futuro de La Rioja. Son frases rotundas. Verbos contundentes y adjetivos vigorosos. Sus tonos y su dicción me son familiares. Cercanas. Reconocibles. Gonzalo. Javier. Henar. Ángel. Los cuatro jinetes del apocalipsis y un quinto elemento al que no logro ubicar en las escrituras sagradas (no confundir con las glosas), aunque ya hemos dejado caer en alguna ocasión que ideológicamente es de izquierdas y filosóficamente neoestoico.

Cuento todo esto porque en la primera sesión del Debate del Estado de la Región me quedé atrapado entre una columna y el moreno de Carlos Yécora. Qué piedras las del antiguo Convento de La Merced, oiga, y qué envidiable tono de piel el del riojano más cercano a Alberto Núñez Feijóo. Moreno senador. Un moreno marbellí de esos que brillan hasta en diciembre cuando te bajas del Ferrari en Puerto Banús. Moreno hidratado porque se ha ido adquiriendo con la paciencia del cocinero que asa las costillas a baja temperatura. Moreno a base de días de sol y hamaca sin las prisas de quien quiere coger color antes de una boda. Moreno sin esas grietas en la frente del agricultor que tiene seca la piel y el alma, pero nunca la garganta.

En mi celda de piedra de sillería sólo podía escuchar al presidente, pero no verlo. Por un momento llegué a pensar que era Dios el que me hablaba hasta que giré la cabeza y vi a Sanz Pedro dos bancos a mi izquierda. «Tranquilo, sigues vivo. Como mucho estás en las puertas del cielo». Me bajaron las pulsaciones, recordé que llevaba tiempo sin confesarme y comprendí entonces que estaba en misa. «Eso que me ahorro para el domingo». Sin cura, pero con Capellán. Por algo andaba por ahí también Conrado, cuyas plegarias son siempre las más escuchadas tanto en Logroño como en Génova.

A esas alturas del debate, entre tanta palabra solemne, uno ya no sabía si lo que escuchaba eran anuncios de futuro o el sermón de un domingo cualquiera en el que lo único que faltaba era el paso de la colecta. Porque en este viejo convento convertido en Parlamento se reza con la misma fe con la que se promete: unos piden que no se les acabe el crédito político, otros que se olvide lo que hicieron hace apenas un año, y los de más allá confían en que los telediarios del mediodía recojan su frase más afilada. Entre tanto rezo, promesa y latiguillo de marketing político, la liturgia avanza sin que uno sepa muy bien qué hemos aprendido ni hacia dónde se supone que vamos.

En los bancos de madera, las cabezas se inclinaban unas veces por el peso de la retórica y otras por el sopor que solo el calor de julio puede traer a un convento (26 grados marcaba el termómetro). La vieja piedra parecía absorber cada palabra y devolverla con eco solemne, como si las promesas de un año se mezclaran con las de todos los debates pasados, generando un bucle infinito. Es el poder de la piedra, que aguanta más que cualquier legislatura.

Hubo ideas, claro que sí. Algunas incluso interesantes. Pero el Debate del Estado de la Región sigue siendo, año tras año, un ejercicio que sirve más para la foto, la nota de prensa y el corte en el informativo que para construir nada de lo que hace falta. Una pasarela política que se enciende dos días y se apaga con la misma rapidez con la que se archivan las promesas en un cajón hasta el año siguiente.

Por suerte, en la segunda jornada la ironía se abrió paso entre las piedras: Capellán sacó pecho diciendo que nunca le habían llamado «la guapa de la fiesta» y se lo agradeció con descaro a Ángel Alda (Vox), para acto seguido recomendarle que, como futuro estudiante, aprenda un pensamiento crítico que vaya más allá de la simplicidad de «causa y efecto». Y lección de empirismo a lo David Hume que hizo parecer al lotero un alumno rezagado en bachillerato.

Contra Javier García, el presidente también se despachó con sorna: le recordó que «no hay por qué defender a Sánchez a ciegas», que «no todo lo que venga del Gobierno de España hay que tragarlo sin rechistar», y hasta le vaciló con la encuesta del CIS en la que el nombre del socialista sólo recogería un siete por ciento de simpatías frente al diez por ciento que haría «cualquier candidato del PSOE».

Y mientras tanto, el verdadero estado de La Rioja se sigue midiendo en las conversaciones del bar, en los comercios que cierran, en los jóvenes que hacen la maleta, en los trenes que no llegan, en las viñas que esperan mejor suerte y en las esperas eternas para una cita médica. Así que brindemos, como buenos riojanos, por un Debate del Estado de la Región que algún día sirva para algo más que repartir zascas entre columnas centenarias y morenos de postal.

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