Pilar Miguel no levantaba aún un palmo del suelo cuando comenzó a escuchar, entre susurros, el nombre de Emilio. En las sobremesas familiares, en los paseos, en los silencios de sus tías, se repetía una historia que nunca acababa de contarse del todo. Hoy esta riojana nacida en 1948 ha decidido que ya es hora de que Emilio Miguel, su tío, tenga nombre, tumba y recuerdo. Que descanse. Que vuelva, por fin, a casa.
Fue el 26 de septiembre de 1936, cuando Emilio fue fusilado en una zona próxima a San Andrés, conocida como el Prado de los Toros. Sólo tenía 30 años. Junto a él cayeron su primo Marcelino y otros tres hombres. Todos fueron enterrados en una fosa común del viejo cementerio de San Andrés, sin placa, sin nombre, sin memoria. Casi 90 años después, Pilar ha solicitado su exhumación a través de la Asociación La Barranca. De aprobarse, será la primera que se realice en La Rioja desde hace casi veinte años.
«Lo mataron por pensar distinto», repite Pilar con la serenidad de quien ha convivido con el duelo durante toda una vida. Emilio era el hermano mayor de su padre. Un hombre alegre, al que en Viguera llamaban ‘Chicuelo’. Venía de una familia pobre, hijo de un cabrero y de una mujer fuerte que sacó adelante a cuatro hijos entre la precariedad y la dignidad. Desde niño, Emilio destacó por su inteligencia. Aunque solo podía acudir a la escuela «de vez en cuando», como advertía su padre al maestro, acabó ayudando por las noches en la escuela de adultos de Viguera.
Con los años, trabajó en la hidroeléctrica de Panzares, luego en la piedra, y más tarde en las obras del pantano de Ortigosa. Compartía jornada y alojamiento entre semana con su primo Marcelino. Los fines de semana regresaban a Viguera, donde les esperaban sus familias. «Nunca hizo mal a nadie», dice Pilar, recordando las palabras de su padre. «Era uno de esos hombres que ayudaban a todos».
Pero Emilio también era consciente de las injusticias. Por eso se afilió a la CNT y participó en huelgas y protestas obreras, como las de 1933. Exigía condiciones de vida dignas para él y sus compañeros, muchos de ellos venidos de otros lugares de España e incluso de Portugal. Esa militancia le costó cara: fue denunciado, despedido y luego readmitido por orden judicial. «En un pueblo tan pequeño, eso fue un campanazo. Todo el mundo se enteró», recuerda Pilar. «Esa fue su sentencia de muerte», le contaba siempre su padre.

La llegada de los franquistas a La Rioja en el verano de 1936 selló su destino. Emilio fue detenido mientras trabajaba en el pantano y trabajó como preso. Después, obligado a trabajar «día y noche» en la construcción de una carretera. El trayecto acababa, irónicamente, en el cementerio donde sería enterrado sin nombre. La madrugada del 26 de septiembre, lo fusilaron.
Fue una hermana de Emilio quien acudió a reconocer su cuerpo. De no ser por los vecinos del pueblo, que decidieron llevarlos hasta el cementerio, los cadáveres habrían quedado en la cuneta, como tantos otros por toda España. Allí los enterraron en una esquina del antiguo cementerio de San Andrés, junto a la tapia. Sin lápida, sin nombre. Pero el recuerdo de Pilar es constante. Está ahí.
Durante años, las hermanas de Emilio, las tías de Pilar, llevaron flores cada aniversario. Primero andando, luego en autobús. «No dejaron nunca de recordarle». Ser hermanas de un fusilado, además, las condenó a una vida de pobreza y estigmatización. El Estado no solo les quitó a Emilio: también les robó la paz. Ni siquiera se entregó a la familia el acta de defunción.
La historia de Emilio no es solo la de un hombre asesinado por sus ideas. Es también la de los que quedaron. La de las mujeres que sostuvieron el recuerdo en medio del silencio. La de los niños que crecieron con la certeza de una ausencia inexplicable.
La Asociación La Barranca ha elevado la solicitud de exhumación a la Consejería de Cultura, Turismo, Deporte y Juventud del Gobierno de La Rioja. Se ha presentado un informe que recoge los datos conocidos sobre los cinco hombres que fueron enterrados en San Andrés. Pilar, además, ha hecho un llamamiento a los familiares de los otros fusilados: «Por si quieren recuperar sus cuerpos también».
En La Rioja se calcula que todavía hay unos 700 asesinados sin recuperar, más allá de los 1.200 que descansan en lugares como la de La Barranca o el Cementerio Civil de Logroño. El gobierno regional dispone de 48.076 euros en remanentes para colaborar con esta exhumación, lo que abre una posibilidad real de que el proceso pueda avanzar.
Pilar solo quiere memoria. Que Emilio tenga un lugar al que llevarle flores, como merecía. Que no sea más un nombre perdido en un archivo, sino un rostro recordado, un cuerpo devuelto, una historia contada. «Lo vamos a intentar», repite. Y en ese intento hay una dignidad enorme, una lección: «que no olvidemos lo que pasó, la memoria es necesaria para no repetir la historia». Porque mientras la tierra siga escondiendo sus nombres, la herida seguirá abierta.


