«Gracias. Gracias de corazón. Nada más». Con estas palabras sencillas y la voz entrecortada Vicente se despide de Logroño. Este sábado, por última vez, bajará la persiana del Lorca, ese bar de la calle Chile que durante 45 años ha sido algo más que un lugar donde tomar un café o una copa. Ha sido hogar, historia y banda sonora de varias generaciones.
Todavía no sabe cómo será este último día. «No te sé decir», repite varias veces con la emoción en la garganta. Y es que han sido 45 años… «¿Cómo se despide uno de eso?». Vicente Tutor lleva días recibiendo visitas, abrazos, palabras bonitas y una cascada de sentimientos y recuerdos que no caben en ninguna barra, almacén o caja registradora.
Vicente empezó en el Lorca allá por 1980 después de haber trabajado como camarero los fines de semana para pagarse un alquiler y vivir por su cuenta. Y así es como la hostelería llegó a su vida para quedarse. Por aquel entonces la calle Chile era el final de Logroño. En una entrevista anterior para NueveCuatroUno recordaba cómo solo tenía dos carriles y las aceras con medio metro más. «Era la zona de marcha de Logroño».

Pero el barrio evolucionó al ritmo que lo hacía la ciudad y su gente. No se olvida de aquellos increíbles años 80, pero «esto ya es otra historia, ahora es una cafetería, pero ha habido épocas maravillosas”, resume mientras reconoce que le duele cerrar así, «casi regalándolo».
Las lágrimas vuelven a recorrer las mejillas de un hombre que admite que «esto no solo es un trabajo. Son muchas más cosas. Es toda una vida». Y mientras pronuncia estas palabras sigue saludando a la gente que con tanto afecto se va pasando por el Lorca. ‘¡Vicente cariño, ya nos veremos!’ ‘¡Ey, hasta luego, bonita!’
Hace apenas cuatro meses Vicente confesaba que estaba cansado. «Mis hijos me dicen que cierre ya» y así lo hace este sábado. Un lumbago ha adelantado la despedida, pero no deja pasar la ocasión antes de echar la verja del todo para recordar, a base de chascarrillos, lo que seguramente haya sido la clave de estos 45 años: «A mis hijos se lo he repetido cienes y cienes de veces. No penséis en el duro que te deja hoy el cliente, sino en el que te dejará mañana». Porque lo mejor que le ha podido pasar a Vicente es que los clientes, ya reconvertidos en amigos, volvieran a ese rincón de la calle Chile semana tras semana «a ser felices».

El Lorca no cierra solo por cansancio o por números. Cierra por circunstancias, por decisiones, por ciclos. «Esto son las fases de la vida, ¿no? Y ahora me toca la de dejar algo que he disfrutado y he gozado».
Las lágrimas que se cuelan entre sus palabras no son de tristeza, sino de despedida sentida. Recuerda con emoción el aluvión de mensajes que recibió tras la entrevista anterior. «Recibí cientos de WhatsApp, de llamadas de Madrid, Zaragoza, de mi pueblo… Fue un boom».
Vicente no necesita discursos para esta despedida. Solo dice «gracias» una y otra vez. Porque sabe que en cada cliente hay un pedacito de su historia. Y en cada visita, un verso más del poema que ha escrito durante casi medio siglo en esta calle.
Este sábado se cierra el Lorca, pero no su leyenda. Sus últimos versos quedarán resonando entre cafés, abrazos y música. Porque a veces, un bar no se apaga, sino que se convierte en recuerdo. Y ese recuerdo, Vicente, no tiene persiana que lo cierre.


