Un santuario contemporáneo se alza en el mismo suelo donde el imperio romano sembró el germen de la viticultura en tierras riojanas. Dos mil años después, aquel legado florece en un espacio donde el vino es religión y la devoción se expresa en forma de aromas, texturas y rituales. Este templo no acoge retablos ni confesionarios; sus muros no susurran plegarias bíblicas. Aquí, el arte sacro honra a Dionisio y en su sacristía se comulga para rendir culto a un vino con la impronta de cuatro generaciones de viticultores que han consagrado su vida bajo el sello de Bodegas Ontañón.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
«El primer mandamiento es venerar al dios del vino por encima de todas las cosas», proclama Jesús Arechavaleta, que lleva tres décadas ejerciendo como sacristán en este singular templo. Situado a escasos metros del antiguo asentamiento romano de Vareia, Ontañón no solo rinde homenaje a su linaje vinícola, sino que propone una experiencia inmersiva. “La enópolis empieza aquí”, presume el responsable de Enoturismo de la bodega, que además dirige un recorrido sensorial que trasciende a la simple cata para convertirse en un verdadero ritual iniciático.

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‘Creyentes’ -como denominan en Ontañón a quienes llegan con conocimientos previos sobre vino- y ‘herejes’ -los no iniciados- son bienvenidos por igual a este rito que activa los cinco sentidos. Aquí, el viaje no comienza en las cubas ni en los viñedos, sino en La Sacristía, el wine bar de la casa, tradicionalmente reservado como epílogo de la visita en otras propuestas enoturísticas, pero que en la bodega logroñesa sirve de prólogo. El gesto desafía la tradición y anticipa que aquí el vino no se explica: se vive.

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Fiel a una filosofía lúdica y cercana, Ontañón introduce a sus feligreses en el universo del vino con un enfoque dinámico y envolvente. Mediante técnicas propias de la alta perfumería y herramientas tecnológicas innovadoras, los visitantes son examinados -en clave simbólica, claro- según su sensibilidad para percibir los matices que encierra cada vino. La experiencia se convierte así en un juego sensorial donde los más perspicaces reciben incluso una distinción especial, como aliciente a una vivencia que invita a una sana competencia para merecer la gracia de Dionisio.

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“El objetivo es que todos, independientemente de su nivel de conocimiento, se sientan cómodos y conectados con el mensaje que transmite la bodega”, explica Arechavaleta. Esa adaptación pasa por traducir el lenguaje técnico en emociones comprensibles, y por usar la tecnología como aliada pedagógica para estructurar la visita como una vivencia memorable: “Lo fundamental es que el visitante se marche con la sensación de haber aprendido… y de haberse emocionado”.

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Una vez superado este rito de iniciación, los visitantes -ya convertidos en feligreses del vino- se adentran en las entrañas de una bodega que esconde sorpresas detrás de cada muro. La exploración conduce a una sala majestuosa donde un mar de barricas descansa en silencio, guardando el vino destinado a protagonizar celebraciones, pactos, reencuentros y brindis íntimos. Aquí, cada botella es un testimonio del paso del tiempo, una obra en evolución lenta que espera su momento para desvelarse.

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La presencia de dioses y héroes grecorromanos es constante. Observan desde las esculturas, pinturas y vidrieras que decoran cada sala, con el inconfundible sello del artista Miguel Ángel Sainz, cuya obra confiere al recorrido una dimensión mitológica. En Ontañón el arte no es adorno, es una loa y una forma de interpretación del vino. Y como sucede en la naturaleza, este templo también se transforma con las estaciones. Cada época del año aporta una atmósfera distinta, una luz nueva, un aire renovado con aromas estacionales.

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“Nuestra misión es hacer de lo rutinario algo extraordinario”, comenta Arechavaleta. Por eso, cada rincón muta conforme el calendario va desprendiéndose de hojas. A modo de ejemplo, durante la primavera florece el ‘Laberinto de Perséfone’, una instalación interactiva donde los visitantes escriben sus deseos en papelitos que se queman en la hoguera durante la noche de San Juan. “La idea es que siempre estén pasando cosas distintas, que puedas fluir con la bodega y vivirla de forma cambiante”, añade.

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Este constante dinamismo convierte a Bodegas Ontañón en un lugar ideal para vivir un auténtico bautismo en el culto al vino. Cada aroma, cada sorbo, cada conversación se convierte en una plegaria dedicada a Dionisio. Y como todo templo que se precie, invita a detener el tiempo, a observar, a escuchar el murmullo de las barricas y contemplar una bodega única que conjuga historia, arte y tecnología con un sello propio e inconfundible.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Sin perder de vista a los primeros viticultores de Vareia, pero con la mirada puesta en el futuro, Ontañón ofrece una experiencia espiritual y sensorial que trasciende la simple degustación. Aquí el vino no solo se bebe, también se reza.


