Escribo este Tinta y Tinto (también puedes pensar que es una columna de opinión más, pero así le damos más empaque) un lunes porque con estos calores uno ya no sabe ni en qué día vive. Y porque en política todo avanza tan rápido que el texto debe leerse antes de que descubramos dónde está el truco. Y si no, que se lo pregunten a Santos Cerdán, que hace unos días andaba tranquilamente por las calles de Milagro pensando —presuntamente— en la siguiente obra a amañar para llevarse una mordida y ahora va a dormir plácidamente bajo la sombra de Soto del Real. En fin, que la política española es un carrusel que no perdona y por eso hay que escribir deprisa.
Me acuerdo perfectamente de aquel día de marzo de 2019. La alcaldesa de Logroño, María Concepción Gamarra Ruiz-Clavijo —Cuca, para amigos, enemigos y la prensa— comparecía ante los micrófonos. Su voz, firme al principio, se fue quebrando mientras hablaba. La mirada al suelo, las manos al rostro, los gestos inevitables que delatan humanidad. Aquel momento tenía todo lo que uno espera de una despedida política sincera: emoción, vértigo y un silencio que se colaba entre los clics de las cámaras. Era la niña que correteaba por Brieva convertida en la alcaldesa que dejaba Logroño para comerse Madrid.
Qué ingenuos fuimos. Ella y todos nosotros. O no. Vaya usted a saber todavía cómo termina la historia. Cuca se marchó con la fuerza de quien quiere cambiar el mundo y hoy, cinco años después, vemos que ha sido Madrid la que la ha cambiado a ella. La capital del Reino es una trituradora de almas políticas: promesas que se esfuman entre cafés en la carrera de San Jerómino, preguntas de Vito Quiles, abrazos que duran lo que un titular y pasillos interminables en los que se pierde hasta la ambición. No hay maleta que aguante tanto vaivén. No hay sonrisa que no termine en mueca de hastío.
Su frase de despedida como secretaria general del PP lo resume todo: «Creo en la política que sirve y no en quienes se sirven de la política». Ironías de la vida: hay que estar muy arriba para decirla y un poco de vuelta para creerla. Madrid es un lugar donde hasta las convicciones más nobles se diluyen. Donde el sueño español de la política nacional se convierte en pesadilla administrativa y bronca constante. Y mientras tanto, los que nos quedamos en provincias asistimos a este teatrillo con resignación y un punto de vergüenza ajena.
No se confundan: este no es un ajuste de cuentas. Cuca no es una corrupta, ni una mala política. Es, quizá, una de las pocas riojanas que de verdad ha intentado que en Madrid se escuche la voz de esta tierra. Pero la maquinaria nacional devora a cualquiera que ose poner un pie en su engranaje. Y cuando el ascensor se detiene y las puertas se abren, uno ya no sabe si toca subir, bajar o saltar por la ventana.
Ahora queda la gran pregunta: ¿volverá Cuca a casa? ¿O seguirá buscando su sitio en esa nebulosa madrileña donde todo parece importante y casi nada lo es? Aquí, en Logroño, la barra sigue en el mismo sitio, los amigos están donde los dejó y la ciudad la espera con casi las mismas obras pendientes que cuando se fue. San Antón sigue pidiendo a gritos una solución y el soterramiento sigue tan enterrado burocráticamente como siempre.
Así que brindemos, como buenos riojanos, por los que se atreven a volver y por los que nunca deberían haberse ido. Porque entre un discurso emocionado y otro tuit impostado, la política pasa; pero aquí siempre quedarán el vino, la calle y la memoria.


