Durante los últimos años Pradejón ha sabido reinventarse con arte, memoria y sabor. Lejos de limitarse a ser la capital del champiñón lleva años desplegando una estrategia turística singular que fusiona creatividad urbana, patrimonio histórico y cultura popular. ¿El resultado? Un destino que sorprende al visitante con murales gigantes, bodegas excavadas en piedra de yeso y aromas de setas recién cocinadas.
Todo comenzó en 2014 con un mural dedicado a su producto estrella. La obra, firmada por los artistas riojanos Carlos Corres y Carlos López Garrido (Globartia), fue el punto de partida del ambicioso proyecto llamado Museo Urbano de Pradejón. Hoy, más de una década después, este museo al aire libre luce con orgullo 21 intervenciones artísticas que visten sus calles, como si el arte quisiera abrazar cada rincón del pueblo. Las dos últimas realizadas este mismo año. Una dedicadda al 35 aniversario del escudo y la bandera municipal, de Jofre Oliveras, y el otro como homenaje a la Banda Municipal en su 25 aniversario, de Saúl, un artista local.

Uno de los últimos en incorporarse ha sido otra pieza creada por Nil Safont (Slim Safont): una evocadora escena rural donde una familia recorre el camino del regadío hacia sus tierras. La obra, pintada sobre una fachada de la calle Regadío, conecta con la esencia más íntima del pueblo: amor por la familia, respeto por la tierra y pasión por el trabajo. Valores que, aunque a veces parezcan difuminarse en la velocidad del presente, en Pradejón siguen firmemente arraigados.
Cada mural es una historia, un mensaje. Algunos apelan al alma colectiva, como el que la ilustradora pradejonera Raquel Marín pintó en la biblioteca municipal: una casa-corazón que invita a la lectura y dio lugar al ‘Rincón de la lectura’. Otros, como el mural de Taquen sobre igualdad de género, pintado en 2021, llaman a la tolerancia y la armonía. Y no podemos olvidar el mural sobre interculturalidad de Okuda, obra icónica desde 2016, que refleja la convivencia de hasta 18 nacionalidades en el municipio.

La ruta muralística, además de estética y emocional, es también educativa: el Ayuntamiento ha preparado un folleto infantil para que los más pequeños puedan descubrir estas obras de forma divertida. Porque aquí, el arte no es solo para mirar; es para pasear, pensar y compartir.
Pero el viaje por Pradejón no termina con sus fachadas pintadas. Bajo tierra se esconde otro tesoro: el Barrio de las Bodegas, una joya de la arquitectura popular riojana. Estas bodegas, excavadas en los taludes de piedra de yeso al norte del casco urbano, hablan de un pasado en el que la viticultura era esencial para la economía local. Sin ayuda de técnicos ni arquitectos, los propios vecinos diseñaban y cavaban estos espacios para almacenar y producir vino.

Hoy, varias de estas bodegas se han musealizado, permitiendo al visitante revivir los tiempos en los que las uvas se transportaban en cuévanos de mimbre, se pisaban en ‘lagos’ de piedra, y el mosto se prensaba a mano hasta la última gota. En lo alto del recorrido se ha habilitado también un mirador, desde el que se puede contemplar un curioso contraste de paisajes: las tierras de cultivo que fueron, y los Pradejón moderno que crece con nuevas iniciativas.
Además, hay un lugar que despierta especial interés entre arqueólogos y visitantes: el almacén del diezmo y su bodega subterránea, junto a la parroquia de Santa María. Redescubierto tras el derribo de una vivienda en 2022, este espacio conserva estructuras del siglo XVIII donde la Iglesia almacenaba el diezmo que los vecinos entregaban: grano, vino y aceite. Su tamaño y complejidad han hecho pensar que quizás, además de abastecer a la parroquia local, servía también para otras iglesias de la zona.

Y como todo buen viaje merece un cierre sabroso, no se puede abandonar el pueblo sin probar su especialidad: el champiñón y la seta, presentes en casi todas las cartas de bares y restaurantes. Preparados al ajillo, en tapa o como ingrediente estrella de platos más elaborados, son una celebración del producto local y una forma deliciosa de llevarse un trocito de Pradejón en el paladar.


