Si una ciudad es digna de saborearse al completo, esa es Logroño. Intentando no dejarse nada, el viaje empieza por una copa de vino, pero va mucho más allá. En los últimos años, la ciudad ha dado un paso firme para convertirse en un referente internacional del enoturismo, combinando con maestría tradición y vanguardia, gastronomía y cultura, hospitalidad y tecnología.
Desde la reapertura del Centro de la Cultura del Rioja (CCR), la ciudad ha colocado el vino en el corazón de su turismo. Ubicado en pleno Casco Antiguo, el CCR no solo es un museo: es un punto de encuentro, un laboratorio de experiencias, un escaparate para mostrar al mundo su riqueza vitivinícola. En su primer año más de 45.000 personas lo visitaron y 20.000 participaron en catas, exposiciones o eventos, muchos de ellos con la presencia de chefs con Estrella Michelin, sumilleres reconocidos o artistas nacionales. Todo en un entorno donde el vino y la cultura se funden en un maridaje inolvidable.
Y lo mejor es que el CCR no descansa: abre 360 días al año, con una media de 20 días mensuales con diferentes actividades. Además, se ha convertido en un espacio formativo de primer nivel, gracias al convenio con la Universidad de La Rioja para poner en marcha un máster en Sumillería con participación internacional (EE.UU., Brasil, Portugal, Corea del Sur…). Parte de esta formación se imparte en el propio centro, reafirmando su papel como epicentro del saber y del sabor.

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Este centro se ha convertido en el alma de una ciudad que apuesta por el enoturismo como eje vertebrador. Y no es para menos. Pocas ciudades pueden presumir de tener ocho bodegas en su interior, algunas centenarias, todas con el cartel de ‘completo’ cada fin de semana. Gracias al convenio entre el Ayuntamiento y la Asociación de Bodegas de Logroño, se ha creado una red colaborativa que potencia lo mejor del vino local, tanto para los turistas como para los propios logroñeses. Un acuerdo que va más allá de lo simbólico: permite organizar conjuntamente eventos, jornadas, experiencias y catas en torno al vino. La colaboración con las bodegas permite además que sus profesionales –sumilleres, enólogos, responsables de producción– se conviertan en los mejores embajadores de Logroño, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Pero Logroño no se detiene ahí. A todo este ecosistema enoturístico se suma una ambiciosa apuesta por la digitalización, que ha posicionado a Logroño como una ciudad pionera en este campo. Gracias a una subvención europea de 2,9 millones de euros del programa Next Generation, se ha lanzado el proyecto ‘Enoturismo. El vino y las grandes rutas’. El objetivo: integrar tecnología y sostenibilidad para ofrecer una experiencia única.

Entre las medidas ya implementadas, destacan las tablets informativas en hoteles y bodegas, que ofrecen contenido en tiempo real adaptado a cada perfil de visitante. Además se implementarán próximamente herramientas como pulseras inteligentes, tarjetas virtuales o ‘cuadernos del viajero’ digitales, que permiten al turista diseñar su propio recorrido por bodegas, restaurantes y puntos culturales de la ciudad. Esta digitalización no solo mejora la experiencia del visitante, sino que permite conocer mejor sus intereses y ajustar la oferta a medida.
Otro de los pilares fundamentales en esta estrategia de posicionamiento es el Camino de Santiago, que atraviesa Logroño dejando una estela de historia, espiritualidad y encuentro. El paso de miles de peregrinos al año no solo mantiene vivo un legado ancestral, sino que también ha motivado la puesta en marcha de importantes proyectos de mejora e innovación en su entorno.
Entre las actuaciones más relevantes se encuentra la futura rehabilitación del segundo Fielato del Puente de Piedra, uno de los accesos históricos a la ciudad, así como la reforma de la cafetería de La Grajera con criterios de sostenibilidad. También se ha apostado por la iluminación monumental del Cubo del Revellín, y la mejora del Albergue de Peregrinos, elementos que dignifican la experiencia jacobea a su paso por la capital riojana.

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Además, Logroño participa junto a otras ciudades clave del Camino como Burgos, León o Pamplona en un innovador sistema de inteligencia turística, que permitirá monitorizar flujos, detectar necesidades y enriquecer los contenidos ofrecidos a los caminantes. Porque aquí, la tradición no está reñida con la tecnología: se complementan para ofrecer una acogida más cálida, más eficaz, más auténtica.
Y es que la ciudad ha sabido tejer una marca propia. Desde el lanzamiento de su nueva imagen turística en junio del año pasado, Logroño se presenta como lo que es: una ciudad alegre, abierta, humana. Donde el visitante no es un extraño, sino parte del paisaje. Una ciudad que, sí, fue nombrada la mejor para ir de tapas, pero que es mucho más. Un destino de turismo de calidad, en el que la gastronomía, la cultura y el comercio caminan de la mano.
Porque Logroño no solo se visita: se vive, se disfruta, se recuerda. Y su gran virtud es esa: hacer sentir al visitante como en casa, con una copa de Rioja en la mano y mil planes por descubrir.


