Como cada año, las calles del Casco Antiguo logroñés se engalanan por San Bernabé. Cientos de banderines adornan las azoteas y los puestos de aire renacentista inundan el centro de la ciudad, permitiendo a todo el que los visita comprar casi de todo. Desde joyas, ropa y zapatos, hasta utensilios de madera, perfumes o infusiones y, como no, comida. Mucha comida. Y bebida. Porque si algo nos caracteriza a los riojanos es lo mucho que nos gusta celebrar comiendo y bebiendo.
Los hay curiosos que solo se acercan a mirar (y a oler), pero los hay que se van con la bolsa, o la tripa, bien cargada de productos artesanales procedentes de toda España.
Todos los que en alguna ocasión han podido darse un paseo entre estos puestos saben que tienen un olor característico. Huele a cuero, pero también a incienso, con notas de queso. Pero, sobre todo, huele al cariño que desprenden los productos artesanales que allí se venden.


