Gastronomía

La calle logroñesa de los almuerzos suma un nuevo bar entregado a las cazuelitas

Muchos logroñeses se dejan caer por ahí de buena mañana. Es el típico parón, de no más de veinte minutos, para echarse un café y llevarse algo rico a la boca. Un necesario paréntesis para continuar con la faena. Es una calle ubicada al oeste de la ciudad, cuando el oeste de la ciudad llegaba un poco más allá de la mismísima Gran Vía logroñesa. La calle Gonzalo de Berceo estiraba los confines de la capital hasta Beratúa que se cerraba en un parque que ahora ha quedado engullido por edificios que descienden casi hasta el Ebro.

Las cazuelas de la Cazuelita de Barro.

Así que este viejo lugar lejano ha encontrado su espacio en el corazón logroñés, y sus bares son un punto de encuentro de muchos vecinos que se pasan por locales de toda la vida para echar algo antes de volver a casa o de seguir con los quehaceres. La calle Beratúa de Logroño llega casi hasta el Instituto Batalla de Clavijo, en donde sus estudiantes almuerzan, en el Campi, buenos bocadillos de tortillas de patata. Aquí arranca una calle con paradas para disfrutar de buenos almuerzos.

Bastaría por la presencia imponente del Vinos Carmelo. Desde 1980 dando almuerzos y menús del día a un barrio que sabe perfectamente que lo rico, la buena atención y el ambiente familiar pueden seguir dándose la mano en pleno siglo XXI. Está también el Anoa y ya llegando a Gonzalo de Berceo, la Cafetería Alhama. Y al otro lado de la calle, siguiendo la calle Beratúa, a la altura del número 8, ha surgido recientemente la Cazuelita de Barro.

La propuesta de bacalao que hacen en este nuevo bar.

Y es precisamente lo que indica con su nombre. Un bar nuevo de aires clásicos, que ha venido a hacer las cosas como se suelen hacer: sencillas, ricas y al gusto del barrio. Almuerzos, comidas… en un barra en la que los clientes pueden encontrar una serie cambiante de cazuelitas con todos esos guisos que gustan por estas tierras.

Hay caracoles, por ejemplo. Un guiso que va perdiendo presencia, que cada vez es más complicado de encontrar en Logroño, y que solo se atreven a preparar aquellos que confían en una cocina limpia, rica… como en casa. Hay caracoles, y también callos. Muy bien condimentados. La cazuelita se presenta en formato individual, para llegar, pedir, calentar, pagar y seguir con la rutina diaria.

Los que tengan más tiempo pueden aprovechar alguna de las mesas que hay en el interior, en un discreto salón en donde los almuerzos se pueden hacer a la valenciana.

Cazuelitas de barro de rabo de toro, de carrilleras guisadas, hay bacalao con un punto muy interesante de picante… o cazuelita de salpicón. Así es como una calle, poco a poco, se va convirtiendo en un buen lugar para disfrutar de un almuerzo tradicional casi a diario.

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