Toros

Madres como todas, madres de toreros

Una Pascua tardía y una primavera que no termina de desperezarse parecen precipitar en el calendario el primer domingo del mes de mayo. El Día de la Madre. Día de reconocimiento y homenaje al amor más sincero jamás conocido. El de una madre a un hijo. Inmenso. Entregado. Sacrificado. Macerado en silencios, esperas, miradas, ternura, cariño, comprensión y sufrimientos; en miedos y temores; en anhelos e ilusiones. Bañado en alegrías, jalonado de orgullo y, en el mejor de los casos, salpicado de un buen puñado de satisfacciones.

Aprovecho las vísperas de estos fastos maternos para conocer y visitar a Angelines Peñalva, Katy López, Charo Hernández, Susana López y Cristina Pardo. Son las madres de Pedro Carra, ‘El Víctor’, Diego Urdiales, Fabio Jiménez y Alberto Donaire. Me abren las puertas de sus casas, donde por los pasillos cuelgan fotos de los días más felices de la familia. De bodas, de comuniones y de bautizos. También de esos hijos suyos vestidos de luces, porque en estos hogares el toreo es motivo de felicidad. Hogares donde lo taurino no es un souvenir y sí algo nacido de las entrañas de estas cinco mujeres.

Me invitan a pasar a sus salones que, tocados de torería, advierten de lo sagrado del lugar. Son salitas donde se ha reído y donde se ha llorado. Donde se ha pasado miedo y donde se ha rezado. Donde se han consumido velas que alumbraron estampas de nazarenos, crucificados y dolorosas mientras se mascullaban desesperantes cuentas de rosarios. Donde se ha abrazado y donde se ha besado. Donde se despide al torero y se recibe al hijo. O donde se despide al hijo y se recibe al torero, no sé bien. Pero, sin duda, lugares donde se ha amado y se sigue amando.

Una batería de preguntas tópicas e intrascendentes se desvanece y pierde cualquier interés al poco de saludarles. «¿Cómo se es madre de un torero?» Y Angelines, Katy, Charo, Susana y Cristina se encogen de hombros, se llevan las manos al pecho primero, a la boca del estómago después y entornan los ojos para que su mirada adquiera un brillo sin igual. A ello le sigue un «pues…», un silencio, un titubeo, un suspiro y un pudoroso «no lo sé». Un «pues siendo madre de un torero» rompe de nuevo el silencio. «Dejándoles ser a ellos lo que quieren ser». Y así, describen con humildad, naturalidad y sencillez el milagro que han obrado.

Angelines Peñalva, madre de Pedro Carra

La cabeza de un ‘cebadagago’ sin orejas preside el salón familiar. «Es el del triunfo de mi chiquillo en Logroño, pero al año siguiente sólo le ofrecieron una tarde y con la de Cebada». Y, ufana, Angelines rememora aquella cuita que tuvo con Cecilia Labiano, esposa de Manolo Chopera: «Me daba vergüenza, pero fui a Logroño con una amiga y le pregunté por qué no ponían a mi hijo y me contestó que porque era desconocido. ¡Claro! ¡Si su marido no lo anuncia no puede ser conocido! Me fui de allí llorando, pero, sobre todo, en paz conmigo misma». Y continúa: «¿Sabes? mi hijo era un gran torero porque tenía capote, muleta y banderillas. Puso el cartel de ‘no hay billetes’ en la alternativa en Calahorra».

Rememora cómo su marido y sus otros dos hijos se embarcaron en aquella torera aventura iniciada a mediados de los 80. «Dijo que quería ser torero al poco de lo de Paquirri y me dio miedo, pero le dije, ‘bueno, vete que hay buenos hospitales en todos los sitios’. Y luego vi que era más peligrosa la carretera o la gente de alrededor del toro que el propio toro». La despedida de los ruedos de Pedro, más que un alivio, vino a suponer un disgusto: «Tenía que haber seguido, pero a mi hijo no le ayudaron como se merecía».

Katy López, madre de Víctor García ‘El Víctor’

Más introvertida y vergonzosa se muestra Katy, la madre de ‘El Víctor’. Una mirada azul purísima se vuelve penetrante al recordar los inicios de su hijo como torero: «Lo recuerdo con resignación; hubiera preferido que se dedicara a otra cosa, pero aquella ilusión por torear era enorme, enfermiza».

Katy, reconvertida ahora en madre de uno de los mejores banderilleros del escalafón, recuerda con cierta pena aquel paso del oro a la plata: «Fue un paso difícil para él. Mi hijo sintió que las oportunidades eran muy escasas, pero quería vivir del toro y la única forma era ésta. Mi marido y yo lo apoyamos. Creo que fue una decisión acertada. Él es feliz y se ha convertido en un excelente torero de plata. Me siento muy orgullosa de él».

Charo Hernández, madre de Diego Urdiales

Una verónica de clasicismo sepia, aunque impresa en blanco y negro, preside el sencillo salón de los Urdiales Hernández. También la fotografía del último paseíllo trenzado en La Manzanera y numerosos trofeos y galardones que observo mientras Charo me cuenta cómo Diego se hizo torero: «Fue en un cumpleaños de mi madre; le mandamos a comprar unas cosas y, cuando volvió, nos dijo que había estado en la plaza de toros viendo torear y que se iba a torear. Algo me dijo aquel mismo día que mi hijo se había hecho torero».

Problemas de espalda le impiden a Charo seguir yendo a los toros: «Las tardes que torea Diego preparo una capilla, enciendo una velita y me quedo rezando o me voy a una finca con unas amigas a esperar que me llame mi marido». Ramiro es el encargado de avisar a Charo de lo sucedido en cada toro: «Luego ya me llama Diego antes de ducharse y yo le felicito o intento animarle».

Se detiene ahora Charo en aquel triunfo de Sevilla: «Estaba allí con una amiga tomando un helado, me llamaron y fui a verle salir a hombros. Me pusieron una silla porque no podía estar mucho tiempo de pie. Cuando me vio Diego, se bajó de los hombros y me abrazó y me besó. Fue una ilusión tremenda. Tengo la cara de felicidad de mi hijo grabada en el corazón». En realidad, Charo me cuenta que ella reeditó aquel pasaje bíblico de la Verónica (¡ay, la verónica!), pero esta vez en la senda del camino que conduce a la gloria del toreo.

«Pero se sufre mucho. Estos días, otra vez a empezar. Sevilla, Madrid… imagínate. Bueno, y si no es la temporada, anda toreando en el campo para prepararse». Parece henchirse al definir a Diego como un «encanto con la misma personalidad para el toreo que para todo el mundo. No se le sube nada a la cabeza y siempre está igual. Al día siguiente de torear siempre viene a casa y me besa, me abraza y se pone a torear aquí en el salón con una revista o con lo que sea… Ya sabes que a Curro lo tiene loquito, ¿verdad? ¡Qué orgullo tan grande, hijo!».

Susana López, madre de Fabio Jiménez

Un extenso WhatsApp sacudió a Susana López en el momento de embarcar en un avión: «Mamá, quiero ser torero; ya sé que no lo vas a entender, pero es la ilusión de mi vida…». Su paso por el yoga ayudó a Susana a aceptar aquello, que empezaba a alejarse de su control. «El toreo no entraba en los planes que yo me había hecho para mi hijo, pero no me quedó más remedio que ilusionarme y ayudarle a ser feliz con lo que a Fabio le hace feliz, que es el toreo».

La mirada de Susana refleja la ilusión de unos ojos que ya han visto el nombre de su hijo en los carteles de Madrid y Sevilla. Resulta obligado hablar de una inminente alternativa: «Es como la graduación. Trato de restarle importancia a todo lo que va a venir, aunque siento un vértigo enorme, pero más por cómo está estructurado hoy el mundo de los toros, porque tras la alternativa hay un vacío enorme».

El miedo de la madre se hace presente una vez más: «Tengo miedo a que le pase algo, pero también a que no se aprecie el toreo si es que surge con todo el esfuerzo que hay detrás. Eso me da miedo y rabia». Pese a lo anárquico que puede resultar que un chaval de 16 años se vaya de casa para intentar ser torero, Susana me dibuja el perfil de Fabio hablándome de esfuerzos, de disciplina, de tesón, de constancia y de tenacidad. En definitiva, de la plena confianza que tuvo y sigue teniendo en su hijo, un novillero de gran proyección y empecinado en convertirse en figura del toreo.

Cristina Pardo, madre de Alberto Donaire

Abandonar la ciudad de toda una vida para ayudar a un hijo a alcanzar el sueño de ser torero parece ya de por sí una gran historia. Pero en el caso de Cristina Pardo, madre de Alberto Donaire, es sólo el prólogo de esa historia. La historia de Cristina dio el pasado octubre un giro. O, directamente, entró en una espiral de pánico, miedo y terror. Una fuerte cornada llevó a Alberto a permanecer 30 días en el hospital. «Estábamos preparados para el percance porque forma parte del trayecto, pero fue muy grave. Se perforó el intestino y derivó en una peritonitis. Fue muy doloroso; demasiado. Es muy duro escuchar de tu hijo ‘mamá, ¿me voy a morir?’».

Se hace un silencio y Cristina continúa: «‘No, Alberto, hoy no es tu día. Hoy no es tu día’. Se lo dije casi más para convencerme a mí misma que para otra cosa. Estás sola con tu hijo, tan impotente, tan triste. Sacas una raza que ni sabes que tenías. No sé. Pero ya ha pasado, Alberto está fuerte, está entrenando, se ha recuperado y ya sólo le queda una operación más. Da pena que estas cosas lleguen tan pronto, siendo tan joven, pero hay que ser positivos y pienso que llegará la recompensa a tanto esfuerzo, pero no por haber sufrido el percance, sino porque Alberto se lo ganará en la plaza».

«¡Madre mía, Cristina! ¡Cómo sois las madres de los toreros!»

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